Opinión

¿Y si me da un infarto por afrontar ese miedo superior a mis fuerzas?

TRIBUNA

Carlos Díaz | Lunes 25 de mayo de 2026

Escribe Ovidio en su Tristitia: quocumque auspicio nihil est nisi mortis imago, allí donde miro sólo veo imagen de muerte. Pero eso era porque la muerte no solamente viene de fuera, sino del interior de quien está premuerto de uno o de mil miedos. En el entierro de Cortázar, alguien dijo como si no hubiera pasado un solo día que “habría que hacer una manifestación contra la muerte”, algo en lo que se había anticipado Unamuno: “obra de modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas morir”.

Sin embargo, tenemos que morir, moriri habemus. Moriri, del verbo morior, tiene voz pasiva y significación activa, por aquello de que más vale morir con honra que vivir con vilipendio. Desde luego, si a este pobrecito escritor que soy, como dijera Larra de sí mismo con más injusticia, le dieran a elegir entre existir como animal bruto, o morir como quien sabe que va a vivir sufriendo tensiones, me inclinaría a elegir esto último, no como aquel cartujo pelao que, conforme a las exigencias de la Regla, respondía al final de la jornada: fratres moriri habemus con el ya lo sabemos, scimus, pero refunfuñando por lo bajo añadía: “¡morirme, sí, pero déjeme en paz, que ahora estoy leyendo, con los pies metidos en el agua, y comiéndome una manzana!”.

Algunos se creen el pezón de la teta del mundo, el continens Paradisi, piensan que deben ser enterrados en la tumba de Tutankamón. Figaro qua, Figaro là, sonno il factotum della città, aunque su epitafio debió ser: “mereció brillar, lo evitó obstinadamente”. Algunos se han puesto a orinar junto a las cataratas del Niágara esperando superarlas. Otros prefieren la nada del ser antes que el morir, o se declaran ateos por temor a un Dios que denunciase sus trampas ¡que revienten este mundo y sus leyes eternas! Cuando la fatiga nos hace vivir sin saber las fuerzas que aún nos quedan, solemos hacer acopio de la última capacidad de afirmación, pero con carácter implosivo: ¡que se vaya todo a la mierda, la mía incluida! El desapego progresivo de todo lo que se nos apaga con una mirada melancólica es un anticipo de semejante reacción. La sensación de la muerte, su inmanencia, sólo aparece cuando la vida se trastorna en sus profundidades.

Tú también necesitas aceptar (no sólo verbalmente) que puedes equivocarte en tu toma de decisiones, no vaya a ser que el temor a rectificar sea la causa de tu miedo, mucho más que el miedo mismo. Es el miedo al miedo lo que tememos, más que el miedo a la realidad, por mucho que ésta a veces dé miedo: ¿y si me da un infarto por afrontar ese miedo superior a mis fuerzas? Esta recidivante pregunta genera otra y ésta a su vez otras. La verdadera cuestión es: ¿conozco bien mis fuerzas y mis límites, o los deformo por exceso y por defecto? Reflexionar sobre lo que harías si no tuvieses miedo a tus límites supuestos es imprescindible. Resulta útil reflexionar sobre las hipotéticas consecuencias de lo que tememos para preguntarnos: “¿qué sería lo más grave que me podría suceder? El temor a lo hipotético es mayor que las consecuencias de lo real. Estas “variaciones eidéticas” (Husserl), o “dinámicas del como si” (Vaihinger), posibilitan con su aparente evadirse de lo real el regreso a lo real mismo. Sólo quienes conocen su infirmitas son capaces de apechugar con sus alifafes sin candidez ni voluptuosa inconsciencia.

El heroísmo de la resistencia y de la conquista propio de toda enfermedad se manifiesta a través de la voluntad de mantenerse en las posiciones supuestamente perdidas de la vida. La depresión es la ausencia de fortaleza tanto para resistir como para contrarrestar, un encarcelamiento en coordenadas incorrectas respecto de las correctas, aunque a veces lo estadística o históricamente correcto no lo sea ontológicamente. Resulta casi inevitable y muy normal que el individuo sienta estupor ante la muerte y que las piernas nos tiemblen, pero que nos tiemblen donde nos tengan que temblar es lo valioso, y hacerlo sin renunciar a los ideales trabajando por ellos es heroicidad. Sin ese aferrarse a una esperanza o a una realidad salvadora, a veces uno se hunde en el vacío del ser que habita el ser sin serlo, y las categorías abstractas aparecen ante la muerte como insignificantes, pero sus pretensiones de universalidad se vuelven ilusorias frente al proceso de aniquilación irremediable.

Mejor dedicar nuestros minutos a agradecer la vida, que a poner una vela al final de cada jornada como requiem. La vida no se merece únicamente un simple requiescat in pace, un mecánico descanse en paz, no robemos a los muertos el amor con que acompañamos a los vivos antes de enterrarlos. Tenemos la obligación de ser mejores que nuestros muertos y de vivificarlos dando vida a los vivos. Las personas sanas no viven diabólicamente; día/bólico es lo que separa, antítesis por tanto de lo simbólico que une., sin embargo, colocan la carreta de su pesimismo metafísico delante de los bueyes entorpecidos obligándolos a caminar derecho con surcos torcidos. “A la libertad de muchos por el encarcelamiento de pocos” se dijo durante la Edad Media castigando con grilletes permanentes en la stultifera navis o nave de los necios a quienes ponían en riesgo la seguridad de los ciudadanos considerados sanos, pretextando que otorgar al loco la posibilidad de purificarse sin amarrarle era demasiado generoso. Ahora bien, ¿tendrán que amarrarnos para ser liberados?, ¿es natural destruir el Planeta?, ¿dónde queda el instinto de conservación de la humanidad casi indiferente al humanicidio?, ¿por qué hay tantos pobres y tan pocos ricos, acaso estos últimos esperan que aquéllos se resignen a morir de hambre y de frío sin asaltar los cuarteles de inverno de los primeros?, ¿a quién beneficia el consumo de drogas?, ¿no sería su no ingesta la solución automática del problema hoy irresoluble?, ¿por qué nos comportamos como pirañas consumiendo todo lo que nos encontramos a nuestro paso, incluso las despensas que habrían de reservarse para el futuro?, ¿qué nos está impidiendo que este planeta no da más de sí, y que hemos de dar un cambio de marcha hacia el eco/desarrollo sostenible?, ¿ no nos ha enseñado nada, ni siquiera qué errores deben de ser corregidos para siempre?, ¿de qué sirven la historia, la experiencia y la memoria?, ¿cómo sido posible la interminable carrera de armamentos y de guerras interminables que devastan todo dejando además secuelas en el alma humana?, ¿qué clase de inmanencia voraz deviene odio feroz contra la Trascendencia y en rabia contra los valores de humanidad en ella contenidos?, ¿tan poco valoramos la vida, el amor, la sabiduría, la amistad, el apoyo mutuo, en cuyo lugar nos atrapa la insolidaridad?, ¿no es todo esto una locura insuperable, a la que sin embargo nos entregamos jubilosos, pese a aquella pintada en una pared parisina en Mayo del 68, “Dios ha muerto, el hombre ha muerto, y yo no me encuentro nada bien”? Pero esas personas están ahí tras generación, con el color de las hormigas, para ellas las cosas son como son, lo mismo les da estar que ser, sin grimorios por descifrar ni galimatías incómodos: complicaciones las justas: no ofrecen apenas interés por lo real, hacen huelga de brazos caídos e incluso se enfadan cuando se les invita a aprender para mejorar, parecen no haber nacido para ello bajo la impelencia de la infoxicación o intoxicación informativa. La cuestión no es a veces por qué los humanos nos volvemos locos, sino por qué no. La mente humana es cazadora, y cuando deja de serlo envejece. Lo malo de hacerse viejos es que nos coge ya muy mayores, de todos modos se es joven mientras se está vivo “no otorgan los dioses por igual sus graciosos presentes a un solo hombre; la hermosura, la elocuencia, el ingenio; pues sucede que alguno a quien no han concedido belleza ha recibido en cambio un hermoso don de palabra, y su habla segura y discreta modestia lo hacen notable en las plazas,/ y como dios le admira el pueblo cuando va por las calles”[1].

[1] Odisea, VIII, 167-173 vv.