Cultura

Cuando las figuras históricas devuelven la mirada: balance de la exposición 'Des-caradas', de C.S. Leyva

ARTE

Isabel Cantos | Miércoles 27 de mayo de 2026

La pintora, ante su retrato de Isabel la Católica

Concluida el lunes 18 de mayo en el Real Jardín Botánico de Madrid, “Des-caradas”, la exposición de la pintora hiperrealista C. S. Leyva, ha dejado en el visitante la impresión de haber asistido a una de las propuestas pictóricas más singulares de la temporada. Pero la muestra es también algo más: una reflexión densa y sugestiva sobre la representación histórica de la mujer, la memoria y el poder de la mirada. En estrecho diálogo con los textos de Luis Fernández Cifuentes, catedrático emérito de la cátedra Robert S. and Ilse Friend de Lenguas y Literaturas Romances de la Universidad de Harvard, Leyva construye una galería de figuras femeninas que interpelan al espectador y lo obligan a revisar no solo lo que sabe de ellas, sino también su propia manera de contemplarlas.

Durante unos cinco meses el Botánico ha cobijado la mirada de reinas, santas, aristócratas, humanistas y mujeres proscritas, convertidas aquí en presencias activas, incómodas a veces, pero intensamente vivas. Muchas de ellas fueron deformadas por la leyenda; otras, por la historiografía; casi todas quedaron fijadas durante siglos en relatos concebidos desde parámetros inevitablemente masculinos. Leyva las recupera sin voluntad de santificarlas ni de simplificarlas, sino devolviéndoles espesor psicológico, ambigüedad y una sorprendente cercanía.

Buena parte de la fuerza de Des-caradas reside precisamente en la tensión entre el rigor histórico y la reinterpretación contemporánea; entre una pintura de precisión casi obsesiva, emparentada con el gran retrato cortesano europeo, y la incorporación de elementos simbólicos, modernos o abiertamente oníricos, que desplazan cada obra hacia un terreno más complejo. En esa operación, los textos de Fernández Cifuentes no funcionan como meras cartelas explicativas, sino como una segunda narración que acompaña, matiza y ensancha el sentido de los retratos. La propia artista lo considera coautor intelectual del proyecto, y no parece una exageración: la exposición nace del cruce fecundo entre una mirada pictórica y una lectura literaria e histórica de los personajes.

Las mujeres de poder ocupan uno de los ejes esenciales de la muestra. Isabel la Católica comparece con una energía casi impetuosa, muy alejada de la autoridad fatigada y severa del retrato de Juan de Flandes. La corona vegetal que sustituye a la iconografía regia más rígida introduce en ella una imagen primaveral, de vigor orgánico, aunque la cruz que la culmina recuerde la centralidad irrenunciable de la fe en su identidad. Leyva no trata de resolver las contradicciones históricas de la reina, sino de hacerlas visibles en un rostro intenso, dominante, difícil de esquivar. Juana de Castilla prolonga, desde otro lugar, esa reflexión sobre el poder femenino y su anulación. Heredera legítima de los reinos de Castilla y Aragón, reducida durante siglos al tópico de la locura, aparece aquí no como una reliquia sentimental de la historia, sino como una presencia herida y desafiante. La sobriedad de su compostura, la corona diminuta que descansa en su regazo, las rosas que sostiene entre las manos y la cicuta insinuada al fondo condensan con delicadeza la tensión entre dignidad regia, encierro, sensualidad reprimida y violencia política. Catalina de Aragón aparece, por su parte, investida de una autoridad más silenciosa. No hay en ella ni patetismo ni victimismo, pese a la dureza de su destino. Su compostura, la firmeza de su mirada y la serenidad de sus manos bastan para transmitir la dignidad de quien fue niña prometida, viuda adolescente, embajadora, reina, regente militar y, finalmente, esposa repudiada que se negó hasta el final a abdicar de sí misma. María Teresa de Austria introduce una variación más audaz: la antigua pieza de intercambio dinástico, tantas veces fijada por la retratística oficial, emerge aquí emancipada del corsé cortesano, convertida en una presencia que seduce, interpela y parece reclamar una identidad propia más allá de la razón de Estado.

Juana de Castilla

Catalina de Aragón

Infanta María Teresa de Austria

En otro registro, la exposición se detiene en mujeres que la tradición convirtió en materia de leyenda, fascinación o sospecha. La Princesa de Éboli, reducida durante siglos a una imagen de conspiradora seductora y peligrosa, recupera una ambigüedad mucho más humana. Leyva sustituye el célebre parche por los llamados “ojos de amante”, multiplicando visualmente el motivo de la mirada y haciendo de la princesa una figura literalmente vigilante, irónica, escurridiza. Inés de Castro, sobre cuya biografía se han proyectado seis siglos de erotismo, violencia y sentimentalismo, queda liberada de la imaginería fácil de la víctima romántica. La serenidad de su rostro, la calavera coronada que sostiene entre las manos y la blancura leve y transparente de los tules nupciales que enmarcan toda su cabeza transmiten una imagen de trágica delicadeza, en la que el horror de la historia no se exhibe, sino que se insinúa. Cayetana de Silva, XIII duquesa de Alba, finalmente, aparece despojada de la altivez algo distante de los retratos goyescos. La propuesta de Leyva la imbuye de dulzura, libertad y un punto de ligereza mundana, aunque el cisne negro que sostiene en brazos conserve una sombra de misterio y reserve al personaje una última zona indescifrable.

Inés de Castro

Princesa de Éboli

Cayetana de Silva, XIII duquesa de Alba

La rebeldía política, la inteligencia y la espiritualidad aportan al conjunto de la exposición algunos de sus momentos más reveladores. Mariana Pineda no se limita a encarnar el sacrificio liberal convertido en emblema por el siglo XIX; en su retrato hay también sensualidad, insolencia y una vivacidad terrenal que la apartan de la imagen martirial más convencional. Santa Teresa constituye quizá una de las elecciones más inesperadas de la serie: no la santa monumental del éxtasis barroco, sino una adolescente todavía próxima a sus “galas” y “vanidades”, suspendida en el instante previo a la cristalización del mito religioso. Beatriz Galindo, la Latina, aparece envuelta en un silencio especialmente sugerente. Frente a las zonas oscuras y documentalmente menos nítidas de su biografía, Leyva evita fijar una identidad concluyente y la presenta ensimismada, con unos cascos-joya en su cabeza a modo de diadema que la confirman como estudiosa incansable, pero casi retirada en una interioridad que el espectador apenas puede rozar. Beatriz de Bobadilla, en cambio, avanza con extraordinario aplomo desde un pasado saturado de acusaciones, rumores y fábulas: su firmeza compositiva y la leve insinuación de sonrisa no la absuelven ni la condenan, sino que restituyen la complejidad de una figura que la tradición quiso volver sospechosa por su libertad.

Mariana Pineda

Santa Teresa de Jesús

Beatriz Galindo

Beatriz de Bobadilla

Del conjunto pictórico emerge así una exposición en la que el retrato deja de ser una mera recuperación de figuras históricas para convertirse en una forma de interrogación. Leyva no pinta personajes momificados por el paso del tiempo, sino mujeres que regresan desde su propia época para mirarnos de frente. Precisamente por eso, después de recorrer esta galería de presencias restituidas —reinas, santas, humanistas, aristócratas y mujeres convertidas por la leyenda en sospecha o emblema—, resulta obligado ceder la palabra a la propia artista. Su voz permite completar el sentido de un proyecto en el que pintura, literatura e historia se entrelazan, y en el que la mirada se convierte no solo en motivo plástico, sino en principio de lectura.

ENTREVISTA CON LA AUTORA

¿La exposición ha sido un éxito?

Un éxito total. Iba a durar tres meses y, al final, ha permanecido mucho más tiempo. Me ha gustado especialmente porque ha acudido todo tipo de personas y ha sido apreciada por el gran público. Yo no pensaba que fuera a interesar tanto y creo que, en buena parte, se debe a los textos de Cifuentes, a quien considero, junto a mí, coautor de la exposición. La gente ha leído los textos. Visto el éxito que tuvieron, el Botánico los pasó también a formato audio mediante un código QR, para que el público pudiera escucharlos con auriculares.

¿La buena acogida de la muestra se ha traducido también en interés por adquirir obra?

La exposición no está a la venta por el momento; es una muestra itinerante. Está previsto que viaje a Valencia, Sevilla, Granada y Barcelona. También estamos pendientes de noticias del Museo Nacional del Retrato de Washington. Pero, a raíz de la exposición, muchas personas han buscado mi nombre y han contactado conmigo para encargarme trabajos.

¿Le habría gustado incorporar otros lenguajes artísticos?

Sí. Yo habría querido unir pintura, literatura y música, aunque en esta ocasión no ha sido posible integrar la música. En una próxima exposición me gustaría reunir las tres manifestaciones y aumentar también el aspecto teatral de la presentación, con una iluminación apropiada: un ambiente oscuro, íntimo, inquietante y muy personal, porque yo juego siempre con la mirada. Para mí, lo más importante en este trabajo ha sido la mirada.

¿Cabe esperar una nueva oportunidad de ver Des-caradas en Madrid?

Ahora hay que dejar pasar un tiempo, pero no lo descarto en absoluto.

¿A quién se le ocurrió el título de la exposición?

Claramente, a Cifuentes. Yo estoy más centrada en la pintura. Llevaba muchos años con este proyecto en mente. Empecé porque me apetecía hacer un retrato muy personal. Los personajes que he reinventado parecen modernos, tienen una parte más plana y otra muy trabajada, hiperrealista. Para mí lo primero y más importante es estudiar al personaje. No quiero hacer el típico cuadro que se coloca sobre una chimenea, sino uno que podría ponerse en cualquier sitio y con cualquier estilo de decoración.

Sin embargo, su pintura dialoga de forma muy visible con la tradición artística europea y española.

La forma de presentar el retrato es propia del Quattrocento flamenco, aunque, claro, las gorgueras y todo eso recuerdan a la tradición española, por ejemplo, a la obra del Greco. Salvando todas las distancias, porque no me considero ni mucho menos a esa altura, en cuanto a la luz, me fijo mucho en Caravaggio. Aunque la técnica que practico es la del Quattrocento, me inspiro, para el claroscuro, en la obra de este genio italiano del XVI y aspiro a conseguir el mismo contraste de luz.

En sus cuadros hay también una clara voluntad de introspección psicológica y a cada personaje le adjudica símbolos que delatan su vida o su psicología.

Sí. La exposición está plagada de símbolos. Es hiperrealista, simbólica e introspectiva a la vez.

¿Cómo ha afectado la dinámica de la exposición a su día a día como creadora?

La actividad inherente a la exposición me ha distraído mucho de mi trabajo. Yo no encuentro equilibrio en cosas que para otras personas son cotidianas: salir, ir a cócteles, asistir a fiestas… El proceso de creación, para mí, es muy relajante, aunque me cuesta arrancar durante la primera media hora. Luego, el tiempo vuela. No hay ruido ni movimiento; la concentración es absoluta. Un pintor está absorto en su trabajo. Es como meditar. Esta tarde, por fin, ya empiezo de nuevo.

¿En qué proyecto vuelve ahora a concentrarse?

En un retrato de una cliente cuya personalidad ya he captado. Entiendo que, si me ha elegido, es porque respeta mi trabajo.

¿Cuánto tiempo ha requerido la preparación de Des-caradas?

Dos años. Para mí es mucho tiempo, porque vivo exclusivamente de la pintura.

¿Cuál diría que ha sido el motor de su evolución artística?

La vida, especialmente sus momentos malos: el sufrimiento puede estimular mucho la creación.

¿Dónde encuentra hoy sus principales estímulos de inspiración?

Vivo en el centro de Madrid y tengo acceso a todas las exposiciones. Siempre voy sola, porque dedico mucho tiempo cuando algo me gusta. A veces, durante el desayuno, también encuentro ideas en Internet, en determinadas páginas que estimulan mi imaginación.

Además de la pintura, ¿qué papel desempeñan la naturaleza y la luz en su imaginación creadora?

Encuentro mi inspiración en la naturaleza, especialmente en la luz. Un rayo de luz entrando en una iglesia produce unos tonos preciosos. Todo eso se va asimilando sin querer y, al ponerse a trabajar, sale.

¿Le costó mucho pasar de la tinta china, a la que se dedicó durante tantos años, al óleo?

Muchísimo. Con la tinta china no podía mostrar las veladuras, como puede apreciarse, por ejemplo, en los trajes de los personajes pintados por Goya. Yo busco este efecto, aunque con una técnica distinta, a la que antes me he referido. Pero también aplico capas sucesivas y finísimas de pintura, de forma que todo se perciba más envolvente y transparente. Es lo contrario, por ejemplo, del impresionismo, donde todo se pinta a base de manchas. No obstante, en la mancha de los dibujos a carboncillo se utiliza algo parecido a la veladura: no deben verse aristas y todo el dibujo debe quedar muy envuelto.

¿Siente que Des-caradas marca un hito especial en su trayectoria?

Sí, pero para que una exposición sea un hito, hay que esperar el sitio adecuado y el momento adecuado: saber esperar y pensar.

¿Piensa seguir en el estilo de esta exposición?

Sí. Creo que he llegado a un momento de madurez en mi vida y en mi pintura en el que me siento plenamente realizada con este estilo. Es un lenguaje que llevaba muchos años fraguándose en mi mente y que, con esta exposición, ha encontrado por fin su forma más completa. Me reconozco enteramente en él. Por eso pienso que el desarrollo de este estilo propio será ya, probablemente, definitivo en mi trayectoria.