Miércoles 24 de diciembre de 2008
Este martes se ha confirmado el anuncio que se hizo el pasado mes de octubre: la pretensión de Rusia de crear, junto con otros productores como Qatar o Irán, una OPEP del gas, un club de exportadores que, como el cártel del petróleo, les permita controlar el precio del gas por medio del uso de la espita. Esta fuente de energía es, para Rusia, una fuente de ingresos poderosísima pero no sólo eso. Es, también, un instrumento diplomático que considera muy eficaz y cuyo poder se basa en la amenaza del corte de suministro.
Ese es un comportamiento muy propio de un Estado. Sin embargo, no caracteriza en absoluto al mercado que, con sus cálculos abstractos, no entra en disquisiciones políticas. Pero es precisamente al mercado al que Rusia et al quieren sortear por medio de la fórmula del cártel. La OPEG es, en realidad, un acuerdo político, no económico. Primero por su inspiración, que coloca a la economía en un segundo plano. De hecho, los cárteles están condenados al fracaso porque tienen las patas muy cortas. Y éste fracasaría aún con más razones si se guiara exclusivamente por motivaciones económicas.
Para empezar, la producción de gas no gobierna un precio como lo hace cualquier otro bien, sino que depende principalmente de otro: del negro oro. Los precios del gas siguen a los del petróleo con un retraso de medio año como mucho. Rusia, además, ahora se ve con mucha preeminencia porque ha hecho un enorme esfuerzo en infraestructuras con las que explotar su gas, pero otros países, con menos producción, tienen importantes reservas, que en estos momentos están infraexplotadas. Y su peso en la OPEG tendrá que crecer, inevitablemente. Además, la ventaja asociada a su capacidad de extracción y transporte también le resta capacidad de maniobra porque en el interés económico de Rusia está explotar esas instalaciones produciendo más, y no menos gas.
La OPEG tiene menos importancia de la que quepa pensar en un principio. Por supuesto que le facilitaría a Rusia, a corto plazo, el uso político del gas pero ese arma no está tan cargada como cree. Y puede estallarle en sus propias manos si la labor diplomática occidental se toma en serio (como así parece desde los 90’) la amenaza rusa con su abrazo de gas a Europa. Con todo, el asunto tiene la suficiente relevancia como para prestarle cumplida atención.
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