Opinión

Elogio de sir Isaiah Berlin

José Lasaga | Viernes 08 de febrero de 2008
La metáfora del erizo y la zorra es tan poderosa que resulta fácil caer en la tentación de aplicársela a quien la utilizó con tanta brillantez. Desde luego, su biógrafo M. Ignatieff cayó en ella cuando escribió que el "tema de la libertad y de la libertad traicionada" fue para Berlin "la única cosa grande" a la que iba a dedicar el resto de su vida intelectual. Así lo ha juzgado la posteridad en estos diez años transcurridos desde su muerte. Pero no estoy seguro de que el zorro que también había en su yo no le inspirara la escisión de la libertad en negativa y positiva, contribución teórica que se considera el núcleo de su legado y que no está exenta de dificultades.

Escribir su elogio puede ser, aparte de raro, porque en estos tiempos en que es de buen tono criticar, no está bien visto eso de hablar bien de alguien, oportuno en esta coyuntura política en la que nos encontramos los españoles, reclamados a votar dentro de unas semanas, teniendo que elegir dentro de unas semanas entre valores igualmente deseables, libertad e igualdad, justicia y paz, por dar algunos ejemplos, aunque enfrentados, de tal modo que preferir uno implicará no negar pero sí postergar el otro. Al menos esto es lo que enseña el pluralismo político y filosófico de Berlin, quien además nos invita a asumir nuestras responsabilidades como ciudadanos porque cree, precisamente, que el libreto de la historia no está escrito.

Sus análisis y reflexiones han ganado en oportunidad, quizá porque el mundo que él contempló desde el asombroso dominio de varias tradiciones culturales -la modernidad filosófica europea, la literaria y política de la Rusia ortodoxa y eslava, y la tradición judía de la que era heredero por nacimiento (Riga, 1907)- y de sus experiencias políticas como empleado y consejero del Foreign Office y profesor en Oxford, no ha cambiado gran cosa. El fin de la guerra fría con el colapso del sistema soviético parece haber restado legitimidad y sentido al mundo abierto y complejo en que vivimos. La historia que tanto aceleró su marcha en los inicios del siglo XX, en pos de metas tan absolutas como imposibles de ejecutar en la práctica, parece retardarse ahora. Las polémicas son las mismas: liberalismo y socialismo, la conciliación de libertad con la igualdad, los límites de la democracia, un romanticismo difuso, explotado por los medios de comunicación de masas que irrita los sentimientos y la imaginación sin darle un cauce de salida.

Berlin sabía bien que el hombre moderno no sólo vive sobre la tierra sino en el tiempo. Quizá por ello dedicó la mayor parte de sus lecturas a reconstruir escenarios intelectuales para comprender la evolución histórica de las ideas. Es lo que hizo desde que escribió, por encargo, una biografía sobre Marx, cuando recuperó sus experiencias lectoras juveniles de Guerra y paz para redactar El erizo y la zorra, y en sus estudios sobre Maquiavelo, Vico, Herder, los utopistas franceses del XVIII o los irracionalistas románticos como Hamann o Schelling, por citar algunos de sus temas más celebres. Alguien ha dicho que nadie como Berlin fue capaz de dar vida a las ideas, de hacerles parecer casi corpóreas.

Su gran enemiga fue con el platonismo y su tesis de que el filósofo debe gobernar porque es quien conoce las respuestas únicas verdaderas a ciertas preguntas del tipo "¿qué es la justicia?". La historia de la filosofía occidental habría discurrido a la sombra de esta tentación, recuperada en sus momentos de confianza: Spinoza, Hegel o Marx. Berlin luchó contra las posiciones teóricas que defienden la posibilidad de instaurar los ideales que inventa la razón. Creyó -creencia compartida con otros pensadores liberales del XX como los austriacos Popper y Hayek o nuestro Ortega y Gasset-, que la realidad no se vuelve transparente a la razón, que sólo puede, en el mejor de los casos, hacer "conjeturas", imaginar perspectivas sobre las que habrá que volver. "La búsqueda -escribe Berlin- de la perfección me parece una receta para derramar sangre". Y de ahí concluye que no hay -ni habrá- partido o movimiento intelectual o político que pueda edificar el paraíso en la tierra: construyamos sociedades decentes fue su propuesta; seamos conscientes de que los valores, aunque todos deseables, son incompatibles entre sí. No hay elección sin pérdida.

Veo su obra como una interminable conversación -era un excelente conversador, aseguran quienes le conocieron- llena de matices, erudición e ironía sobre el camino a proseguir evitando los dos peligros de los que tenemos suficiente noticia: el dogmatismo de lo absoluto y el absoluto del relativismo. Esa tercera senda existe, aunque no es fácil de recorrer. Para ayudarse, lean, por favor, a Isaiah Berlin.

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