Motor

Premios para una industria al borde de un ataque de nervios

sobre ruedas

Miércoles 24 de diciembre de 2008
El galardón internacional más prestigioso es sin duda el de “Car of the Year” en Europa, cuya primera edición se celebró en 1964 y que este año ha correspondido al Opel Insignia. En España, como réplica a este premio, el diario ABC organizó el “Mejor Coche del Año” para premiar al automóvil más interesante lanzado durante ese periodo de tiempo. Era 1973 y fue el Renault 5, en dura competencia con el Seat 127, el vencedor. Este año, los periodistas miembros del jurado han elegido al Citroën C5.

Estos no son los únicos galardones. La cadena de periódicos Prensa Ibérica tiene también su trofeo, pero en este caso son los lectores los que lo eligen y este año ha correspondido al Seat Ibiza. El Ford Fiesta ha sido también elegido por el público femenino de otra revista… en fin, que no hay publicación o grupo editorial que no organice tu premio, como no hay ciudad que no tenga su certamen literario o cinematográfico. La mayoría de estos premios se otorgan por intereses comerciales, pero, como ocurre con los Oscar, recoger la estatuilla siempre es una garantía de éxito, aunque sea solo mediático.

El Opel Ignis, ya comentamos que es un coche con muchos aspectos interesantes; un coche que va a satisfacer plenamente a sus compradores y que ahora, sustituyendo al Vectra, ha subido un escalón para intentar codearse con los “Premium”. Ocurre exactamente igual con el Citroën C5. Sustituye al anterior C5, que después de algunos problemas electrónicos en su lanzamiento, se configuró como un coche fiable y de excelente relación calidad/precio. Y al igual que el Insignia (aunque en este caso no ha cambiado el nombre), el nuevo C5 sube un escalón para intentar meterse en una pelea en la que compiten las marcas de lujo. Difícil lo tienen las dos marcas generalistas, Opel y Citroën, pero lo cierto es que ambos productos, Insignia y C5 no tienen por qué ruborizarse ante un Audi A4 o un BMW Serie 3 y los premios recibidos lo ponen de manifiesto. Ahora a esperar a ver qué dicen los compradores. Pero ya se sabe que hay mucha gente dispuesta a pagar mucho dinero por una producto de marca reconocida. Estamos en una época “marquista” y contra esta tendencia es dificilísimo luchar.

Y también al finalizar el año se habla siempre del salón del automóvil de Detroit. En el mundo hay tres grandes salones: Ginebra, Tokio y Detroit, que representan cada uno de ellos a las poderosas industrias americana, japonesa y europea. Luego hay otros salones más “locales” como Frankfurt, París, Los Ángeles y Barcelona-Madrid que cada edición tienen más problemas para subsistir y a los que posiblemente esta monumental crisis acabe por echarles el cierre. Pues bien, esta crisis se va a poner de manifiesto en el salón norteamericano que abre sus puertas en los primeros días de enero. Ya se sabe quehabrá un 25 por ciento menos de expositores y de superficie; y que ni Ferrari ni Roll Royce van a acudir. No es determinante, pero si significativo, ya que ambas marces tenían en el mercado USA su principal fuente de negocio. Ahora esa fuente se ha desplazado a China y Oriente Medio.

En Detroit se hablará más de la situación del sector que de los productos nuevos. Con Obama a punto de jurar su cargo, poco va a importar si General Motors lanza un nuevo Buick o Ford una versión renovada de su pick-up; lo que verdaderamente importa es si Chrysler va a sobrevivir o cuáles son las ayudas que el Gobierno Federal va a conceder a General Motors. Son tiempos de tribulaciones y, por tanto, convienen pocas mudanzas.

Si en Europa la crisis es profunda, en USA es un torpedo en la línea de flotación. Hace años, los políticos diseñaron y obligaron a una utilización del automóvil exenta de toda emoción. Convirtieron al automóvil en un utensilio sin otro atractivo que su función. Y ahora lo están pagando: no se puede incitar al consumo de un bien no apetecible. Los americanos cambian su coche cuando toca: cuando se lo dice su empresa de leasing y se lo cambia por un modelo que ni siquiera conocen. Sin emoción; sin deseo. Y si hay crisis, no se cambia; hay otras prioridades más placenteras.

En Europa, la sociedad en general y los dirigentes en particular quieren también una utilización del automóvil exclusivamente funcional. Aun no lo han conseguido. Por eso sobrevive un poco mejor a la crisis. Pero van a tener que emplearse a fondo en emocionar a los compradores. Europa perdió la batalla de la electrónica de consumo, la relojera, la confección y tantas otras. Sobreviven los sectores y las empresas que emocionan a sus compradores, con diseño y con calidad. Las empresas europeas de automoción que funcionan y dan beneficios son Porsche, Mercedes, Audi, Volvo o BMW y las marcas generalistas se esfuerzan en no perder esta batalla que América perdió en los años 70 cuando Ralph Nader les convenció que un automóvil era peligroso a cualquier velocidad. En Detroit han convertido el salón del automóvil en un mausoleo nostálgico del que Europa debería aprender muchas cosas.


Jose María Cernuda (jmcernuda@elimparcial.es)
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