Cultura

Ningún instante es más, de Luis Ramos de la Torre: de las distintas impresiones que tallan el alma

RESEÑA

Javier Mateo Hidalgo | Jueves 04 de junio de 2026

Pocas poéticas actuales tienen un afán tan claro de sanación como la del poeta y ensayista zamorano Luis Ramos de la Torre (1956). A su cabal uso sensible y didáctico de la lírica se suma una prolífica producción, digna de todo elogio. Tras distintos poemarios publicados en Baile del Sol —Entre cunetas (2015), Del polen al hielo (2017) y Mientras pueda decir (2021)—, Lastura —Lo lento (2019), La densidad de los números (2023) y Abrir la tierra (2025)— o Búho Búcaro —Trece escalones (2025)—, añade ahora un nuevo volumen más a su producción: Ningún instante es más (Baile del Sol, 2026).

En este último ejemplo del trabajo de Ramos laten nuevamente los componentes tan característicos que definen su obra: los elementos naturales con los que representar los conceptos manejados y bajo cuya filosofía se palpa un sustrato filosófico propio del mundo oriental —como parte de ello está la parte trascendente, casi mística, siempre a pie de terruño—; hay también palabras hermosas y poco conocidas por el público en general, así como una poderosa presencia de la inquietud como parte de la vida y la introducción —en el otro lado de la balanza— de lo que consuela; igualmente está la música, tan cara para el poeta, a través de la cual puede expresarse lo que realmente somos. Se trata todo ello por tanto de un signo de coherencia en el autor, que ha conseguido urdir con distintos mimbres una personalidad inconfundible en el escribir.

¿De qué trata Ningún instante es más? A modo de síntesis, podría decirse que nos habla de los diferentes momentos que definen una vida: desde lo aparentemente más trascendental a lo que se supone más anecdótico. A todos ellos el poeta les confiere la misma importancia, pues suponen marcas que van tallando vitalmente a quien los experimenta. La cita del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, perteneciente a su libro Prosas apátridas (1975) y que preludia el poemario ilustra a la perfección su espíritu: “Cada instante nos hace otros, no sólo porque añade a lo que somos, sino porque determinará lo que seremos”. No hay por tanto un momento más importante que otro, sino que todos ayudan a conformar nuestro presente y nos proyectan hacia el “yo” futuro.

Se inician los poemas del volumen, cuyo título figurará al final de cada uno entre paréntesis y en minúscula; se trata de una característica propia de la poética de Ramos de la Torre —quien haya leído otros títulos previos de su producción lo sabe—. El primero, que remite a la melancolía, nos habla de esos momentos pasados que ya no volverán y cuyo olvido está escrito: “Lo perdido, / la extraña brujería de lo frágil, / el rigor mineral de la materia […] /. Ignorarse, olvidar, / hacer de lo vivido incertidumbre”. También lo que está por llegar que, como lo que ya se ha ido, genera incertidumbre. Por encima de ello, cabe siempre la esperanza: “las dudas de otro claro nuevo al darse. // Aún hay tiempo”. En lo venidero está el amor, que rompe la “extraña deriva” de la “razón” (deriva). Son esos momentos benévolos teñidos por lo afectuoso los que hacen olvidar el olvido, convirtiéndose en su “verdugo”; aquellos que colman nuestra “sed” con la “lluvia salvadora” (impulso).

Alejados de lo racional (“lejos del nombre”), sintiendo desde dentro el “rescoldo” que nos impulsa a mostrarnos como somos, siempre aparece la “verdad” pero también lo que desconocemos. No obstante, en la duda está la cuestión, como diría Sócrates: “ofrecerse y dudar, / siempre dudar”. Nos lo transmite un poema titulado enigmáticamente anónimo, como si se tratase de un dicho popular o de un conocimiento ancestral que se transmitiese de boca en boca. El “canto” se convierte en esa demostración sonora de nuestro espíritu y vitalidad, a través del cual nos sentimos libres y realizados; supone un rito con el que festejamos lo que somos: “y el aire boga libre / yendo y viniendo, / dándose / como el agua y el alba” (celebración).

De nuevo surgen elementos desestabilizadores con los que debemos convivir en nuestra existencia: “la desazón” o “los recelos del miedo”. Ante lo que puede coartar, el poeta anima a “darse, / abrirse con la firme contención / de la espiga que espera y aún no sabe / si es fecunda” (contención). Será precisamente “lo indispensable” aquello que se impulse y aliente “a sí mismo”. En ello es en lo que hay que creer y confiar cuando azuza la tensión. Hay en la “mirada” ese momento de “vértigo” que podrá ser a su vez una bendición. Observar las cosas supone exponerse a ellas, pero también descubrirlas con todo lo prometedor e intenso que ello implica (lo mínimo). “En la maraña del misterio” se abre un claro hospitalario donde sentir el cobijo. Así puede percibirse con cada “mañana”, extraña y que deja “tras de sí” un “espacio que aún no tiene nombre”, pero que resulta esperanzador (extrañeza). Por ello, contra la “habilidad del miedo” debe obviarse “cualquier posible indicio de espejismo” y borrarse los límites para sentir el espacio abierto y diáfano (deslindar). Hay siempre un motivo, por muy pequeño que sea, para creer en la claridad frente a los “ruidos de fondo”; como “esa malva encendida, / abierta y sola / entre las grietas del bordillo”, “verso suelto” pleno de “osadía” y “humildad” (delicadeza).

La “memoria”, al igual que “el polvo”, consigue eternizar los instantes y muestra un matiz de vida” que “requiere a quien mira rastro y sesgo”. Recordar lo que está ausente también produce dolor, sinónimo de lo adverso, de lo vulnerable. Nos sentimos como “la tierra herida” que “tiembla”, precisando la “plegaria” del ”aire”. Sentir con la naturaleza nos brinda instantes amables para el recuerdo: “Apenas bruma, apenas viento, / el venero del sol, su permanencia”. Uno de esos momentos lo disfrutamos con la llegada de cada tarde; en cada una siempre hay un árbol que se da “sin trabas”, bailando “las hojas solas su cadencia” (árbol). Otro de esos tiempos es el de la llegada del nuevo año que, como la mañana, ofrece lo que está por hacer, poderoso y orgulloso incluso: “Enero ignora / que hay mies y enigma, que hay ceniza. […] // Nuevo en su tránsito, / ajeno a su inicio, / entregado a la altura del tiempo, / a nadie pide cobijo ni alabanza” (añada). También hay espera de lo que vendrá con la pesca: “Tiembla la caña lejos del bullicio, / y el anzuelo se alza, vibra en sazón”. En ocasiones hay que disfrutar del tiempo previo de lo que está por llegar, dilatándolo: “demorar el instante, la liturgia del misterio, aguardar” (camino). Todo ello acontece siempre tras la soledad de quien aguarda. El paisaje se torna como un auténtico espectáculo para quien espera su momento decisivo (lo inminente). Es la fuerza de la naturaleza lo que la hace resurgir incluso en tiempos inclementes: “En otro tiempo, / los días fueron grieta, / bruma de la nada, extravío. / Cundió el miedo y su cuantía. / Y a pesar de todo, fueron siembra” (tener lugar). Con avidez el sentir humano se funde con la naturaleza: “Llueve y otro vínculo nuevo se alza en ola. / El alma va a la soledad buscando amparo, / lego el amor la sigue”. Algo similar sucede con entrega, donde surgen las olas con su “vaivén que se aferra en cada entrega”, emulando “lo hospitalario alzándose”.

Pérdida nos demuestra que “no hay pérdida inútil, ni esfuerzo vano. Todo conforma su “cicatriz”, modela, conforma. En fluencia se amplía el mensaje: “Lo que perturba reconstruye […] /. Restañar las heridas, darle curso”. Con cifras la edad se hace consciente en quien la ostenta, asumiéndose aunque alguna palabra venga después. Incluso el silencio “nunca ignora / la exigencia de la voz”, su necesario cuestionamiento hacia lo que nos rodea como “haz salvador” (preguntas). Algunos de esos interrogantes tienen contestación en ajustes, donde sus versos dotan de sentido al título del libro: “Ningún instante es más, / sino distinto, / diverso en su fluir, crucial, / anónimo y tránsito, esencia”. Ante lo “inesperado” o “improbable” —de nuevo lo desazonante—, “bulle tenue un ajuste necesario, una armonía” al “mundo, la verdad” para su equilibrio. En lo anónimo se nos dice que “sorprenderse aún templa los deseos” al permanecer “la materia alerta”, enfocada en lo que todavía no tiene forma. Aquello que por contra “vivifica” está en “el lenguaje de la sangre”, donde sentimos “la avena de lo familiar” o conocido. Allí, “el miedo se asencilla y abandona / su condición de herrumbre” (familiar).

Los elementos naturales toman mayor presencia en la siguiente parte. Por ejemplo, en el “temblor” que podamos sentir, tendremos como aliado al pájaro, el cual “siente / que hay un aire y un baile” y todo lo convierte en la hermosa forma del “canto” (zozobra). Ante la sensación “de lo confuso silente”, se hace “necesario el ser errante del viento, / su presencia, su fértil rebeldía” (ábrego). Urge la luz de la mañana y su azul “crudo” ante esa noche de “lo inexplicable”, donde todo “bulle en lo que aún no es” (incertidumbre). De forma parecida nos brinda su percepción el poema indispensable, donde el poeta percibe “palmo a palmo, hasta lo íntimo”, abrirse el día: “Lo sencillo que llega como de costumbre. // Y el azul de hoy se ofrece sin descuido, lineal y horizonte”. Así mismo, “la materia intuye la ganancia, / el influjo revelador, / que deja el mar tras su oleaje”. La “tierra” se siente completada cuando “asume la marea, / el linaje del agua que se ajusta entre ella” (indispensable).

A pesar de la paz que pueda garantizarnos —o precisamente por ello—, “de lo que nunca asombra ni perturba, / ni es desazón o escanda, / lo mejor es obviarlo”, pues nos mantendrá como muertos vivos: “Yermará, / sin dejar a su paso nada a cambio” (barbecho). Conviene más “andar con dudas, / merodear entre lo desacostumbrado, / aventurar” (órdago). Será lo que nos mantenga con los pies en la tierra, sabedores del paso de las “impenitentes” horas que “siguen a su ritmo marcando el paso”, tan “propias” como “ajenas siempre” (azar). En ellas vivimos muchas veces sintiendo el “azar”, el “instante vivo”, pudiendo afirmar: “¡Cuánta belleza junto a lo improbable!”. Por ello, en este “tránsito” nada hay que aliente “el equilibrio”, pues “todo arde intenso en su fermento”. El mundo “sigue su bruñir urdiendo adentros (riego). No importará el posible “vértigo” y “dolor”, porque finalmente “la vida se alivia, cumple su oficio”. Todo lo sutura con la “aguja” y en la “hebra de su puntada” salva “el miedo” y da “valor” (oficio). El labio se verá humedecido con el beso anhelado (auge).

Una vez más, la manifestación lírica de nuestra voz —expresión de lo sentido desde la experiencia— se alza como consuelo, capaz de restañar cualquier herida: “Que el ojo en gracia sea luz; / la luz, canto, / y el canto exento se alce en la materia” (del canto). Quien lo entona no teme a la “soledad” pues “cobija su secreto / contra el miedo”, “asume el ángel / de un bien inesperado” y su “palabra […] espera y es encuentro” (hospedaje). Ante cualquier incertidumbre queda lo primordial que “se adensa, / se remansa” y es la mirada limpia la que todo lo benéfico propicia. Lo contrario —la mirada “vana”— será “la insolencia del dolor, / la traición, / el precio de un presagio, / la mentira” (generosidad).

Hay una “matemática del sentimiento” donde “nada está escrito”, aunque existan ciertas normas lógicas: “no herir jamás a quien se allega. / Dar calma es abrazar” (amparo). En ocasiones es difícil ver lo que puede resultar evidente (“todo viene a confundirse / como un vaho que a los ojos entibia”), aunque resulte “mucho más difícil / huir de un mal presentimiento / que alejarse de un gesto extraño sin razón” (presentimiento). Puede que el amor sea indistinguible del dolor, como en enigma. La soledad y el abandono generan un ahogo: “Ser náufragos” (aguas abajo); por ello, hay que “desterrar el vacío” y su “liturgia” para “sentir sin él la aurora nueva”. También procurarse abrazos que urgen al cuerpo, “como al aire, / como a lo oscuro fértil, / o al rocío”. La noche previa a éste, no obstante, puede dar lugar a “la voz” y a la “arena del recuerdo” (ajustes). Mejor esas voces nocturnas hablando del pasado que aquellas otras que, en in memoriam, se van marchando en silencio (“en su callar al irse”). Pensar en lo que ya no está genera una melancolía de la que se busca escapar (gestos), por lo que lo mejor será detener el pensamiento y dedicarse a “contemplar”; no buscarse tampoco desde la “nostalgia”, “alejarse de lo que aún se es / y avivar sin rubor la resistencia”. Y es que “lo propicio al olvido es la templanza”.

Ningún instante es más invita al lector a reflexionar sobre esos fragmentos presentes en su día a día que poseen un significado interior, afectando de una manera u otra a quien los siente. Serán éstos los que, de forma muchas veces invisible, vayan definiendo a quien los observa o percibe. Por ello serán tan trascendentales para dicho sujeto, aunque en ocasiones no sea consciente de ellos por su pequeñez o no los considere relevantes. De ahí la importancia de este libro recién llegado donde Luis Ramos de la Torre vuelve a estar tan certero, resultando indispensable como poeta y pensador en la literatura actual.