Opinión

La inmoralidad como instrumento del progreso

TRIBUNA

Pedro Gago | Jueves 04 de junio de 2026

En España, las simpatías que tanta gente tiene a los corruptos y a la delincuencia política organizada, obliga a pensar que carecen de moral o poseen una concepción especial sobre la ética y la moral.

Aunque teóricamente se admita la relatividad de los valores, toda sociedad necesita un éthos común, esté o no basado en categorías universales, una comunidad de ideas, sin las cuales “no podría existir una sociedad” (Lord P. Devlin). En España, grosso modo, hay dos mentalidades opuestas sobre la moral, por lo que se acrecientan las dificultades para mantener la unidad política.

Hay que enfocar el problema a partir del ejercicio ideológico sobre la sociedad. Para el colectivismo imponer algunos contenidos clave de la inmoralidad es el conducto adecuado para destruir lo creado por el hombre a lo largo de la historia. La revolución colectivista exige hacer lo contrario de la moral tradicional y desprenderse de todos los falsos principios que han dominado la vida humana. El colectivismo prefiere que el individuo apoye las conductas degradantes y esté en expectativa permanente para obedecer a lo que le que dicte una “ideología de salvación” (R. Aron), la infalibilidad de la “ciencia” dogmática. Las apreciaciones del progresismo –una amalgama nihilista de humanitarismo, marxismos, ecologismo, freudismo, universalismo, pacifismo, guerra civilismo, etc.-- son propias de una imaginación interesada, válidas para justificar una estrategia futurista y para sacar réditos personales a las situaciones. Defender la inmoralidad para conducirse por la vida no forma parte de la razón ni de la lógica clásica. Esta es la causa de que en las valoraciones progresistas esté ausente el razonamiento, el desprecio a las pruebas indubitables, a la realidad de la cosa y en radical oposición al imperativo moral, aunque beneficie a la colectividad. Acogerse a la inmoralidad supone aceptar la maldad como orientación para la conducta, deduciéndose que toda acción, entre más pervertida sea, en mayor medida se acercará al fin soñado del progreso igualitario. Será la mejor ósmosis entre la ideología y la inmoralidad.

La percepción ilógica e irracional no es subjetiva. Consiste en que el poder político adapte la realidad a la estrategia o a la táctica predeterminada, respondiendo a unos parámetros generales establecidos por el ideologismo al objeto de que sea extendida por todo el conjunto social. El corrupto (ideologizado) es consciente de que está haciendo el mal –el bien para sí mismo--, justificándose por ser lo que más rápidamente facilita el camino del progreso. No hay pues subjetividad, sino deformación ideológica utilitaria. El progreso, radica, pues, en ir del mal hacia el mal, prescindiendo del bien moral, individual o social, por haber traído a la humanidad explotación y desdicha. Entonces, la felicidad de las colectividades estará en hacer lo contrario que ordena la moral tradicional para el comportamiento humano, siendo conveniente preparar a la gente para que sufra las consecuencias con servidumbre placentera. De modo que para justificar la conducta malévola servirá todo, el cinismo, la hipocresía… incluso muchos ven conveniente traspasar la línea de sangre.

Pero el progresismo no se desprende de la moral. Acepta los valores tradicionales para utilizarlos como un medio destructivo para enjuiciar y condenar al enemigo, excluyendo a sus seguidores de esta consideración, porque cualquier acto inmoral que se realice para imponer el igualitarismo, será un acto purificador que beneficiará a la humanidad –los lazos imperceptibles de la humanidad--. Hay que entender que para el progresista hacer el mal es un acto desalienante –y el crimen ideológico muy honorable (P. Jonhson)--, porque hacer el bien, fundamento último del obrar, sirve para mantener el sistema injusto. Para el progresismo la moral individual supone la explotación de la conciencia por el sistema, ya que es absurdo buscar la perfección individual de la persona. De hecho un progresista desenajenado podrá ser el que rechace supeditarse a un valor o principio moral, exigiendo ser excluido de cualquier condena legal, salvo por la justicia colectivista --¿proletaria?--. Puesto que los actos del sujeto podrían ser ilegales, a la luz de la legislación del sistema injusto, sin embargo, en cuanto se acoja a un pouvoir espirituel ideológico deberá estar por encima del Derecho, por lo que nunca debería ser imputado y menos aún castigado, dado que casi siempre la responsabilidad será del sistema que le habría obligado a llevar a cabo actos que en una sociedad justa jamás hacía, ya que su conciencia, plena de amor a la humanidad, no lo consentiría. De modo que ningún progresista deberá ser criticado, juzgado ni condenado, porque habrá de estar por encima del Derecho y de la moral. Según la legalidad, los actos del delincuente progresista son hechos delictivos y para la moral actos inmorales. En cambio, para la ideología no lo son, que siempre estarán justificados al formar parte de la lucha contra la explotación. En la apreciación ideológica no cabe que exista la acción delincuencial del progresista, sino de quien así lo juzga. Lo justo será desviar la condena hacia quien denuncie todo acto ilegal por no abstenerse de emitir semejante juicio.

Un ejemplo. Todo progresista que se dedique a “traspasar” propiedades a los que carezcan de ellas o hacia cualquier sujeto progresista, estará actuando con verdadera justicia, porque a los propietarios se les debe desprender de lo que no deben tener (I. Belarra, M. Bergerot). Ahora bien, a la inversa, si alguien hiciera lo mismo con un propietario progresista, se consideraría un robo y recibiría un castigo extremo, al ser una propiedad intocable, abierta a la universalidad del mundo futuro.