Opinión

El espejismo de la razón y la inteligencia ajena

TRIBUNA

M. Álvarez | Jueves 04 de junio de 2026

La historia del pensamiento humano es la historia de un sueño recurrente: la esperanza de que la razón, con su lógica implacable, su rigor científico y su capacidad para diseñar sistemas, pueda instaurar un orden social libre de conflictos.

Desde los diálogos platónicos hasta las utopías ilustradas, desde el cálculo utilitarista hasta las promesas tecnológicas de la inteligencia artificial, y desde todas las epistemologías filosóficas, el ser humano no ha cesado de buscar una norma objetiva, universal e infalible que garantice tal armonía. Sin embargo, este sueño choca una y otra vez contra la misma realidad ineludible: la razón no gobierna, no lleva el timón del orden y la armonía social, y todo aquello que construye, lleva pareja la amenaza de una total destrucción, pero no gobierna: ¡porque no puede gobernar!

Decir que el mal y el desorden es una limitación inherente a la finitud de lo creado puede ser todo lo irreprochable que se quiera desde un punto de vista metafísico, pero no resuelve nada desde el punto de vista práxico existencial. Ante el mal y el desorden, no hay razón que valga. El único esclarecimiento posible adviene por la vía de la praxis, y no por la de la elucubración teórica.

Las soteriologías laicas solo saben postular y prometer su abolición. Actitud que trivializa el Mal degradándolo a la categoría de “mal”, es decir relativizándolo, cuando el Mal es inobjetable, es decir irrebatible. Está por ver que una respuesta especulativa haya callado alguna vez una pregunta vivencial. Ni que el más entusiasta racionalista materialista dejara de sufrir por la desaparición de un ser querido leyendo la explicación engelsiana de la muerte en términos de necesidad biológica.

Immanuel Kant, en su esfuerzo por encontrar una moral universal, formuló el imperativo categórico: “Obra solo según aquella máxima que puedas querer se convierta en una ley universal.” En apariencia, esto ofrece una guía infalible para la convivencia. Pero, como señala Harari, este principio es tan sólido en la teoría como frágil en la práctica. Porque el verdadero problema no es la norma en sí, sino en quién decide su ámbito de aplicación.

La razón y la lógica puede establecer principios, pero no puede hacerlos obligatorios sin una voluntad que los acepte. Y en la voluntad reside el misterio de la libertad, que está por encima de toda razón, de toda norma y de todo saber para no perder su pretendida libertad.

Por lo que, compartiendo la tesis de Harari, no confío en que las decisiones que tomemos en los próximos años con esa inteligencia ajena, y por tanto artificial, resuelva el problema del desorden social, entre otras cosas, porque esa llamada inteligencia ajena no es nada ajena. En ella nos ocultamos. Por más que progresemos con algoritmos o sin ellos. Por más redes de información equilibradas que creemos para que la mantengan a raya, mi tesis final es la de que: No hay más inteligencia que la Humana.

Pérez Reverte: escritor y académico de la RAE, nos advierte en un pódcast recogido recientemente en medios digitales sobre los riesgos de nuestra dependencia tecnológica, revelando qué opina de este proceso en el que el progreso humano se deja poco a poco pero aceleradamente en manos de una Inteligencia Ajena, afirmando que: "Cuando venga el apocalipsis digital, que va a venir, no tengo la menor duda... Yo no voy a estar, pero va a venir. Y va a ser muy desagradable. Solamente sobrevivirán aquellos que estén preparados para saber diferenciar, para saber quién es el bueno y quien el malo, si eres víctima o verdugo", advertía el escritor en dicho pódcast, refiriéndose no solo al control de la información, también al colapso energético que merodea la tecnología que la soporta, terminando con las siguientes palabras: "Imagínate un apagón de un mes, o de seis meses, o de un año. Entonces, ¿qué vas a hacer? Yo creo que estamos a tiempo de cambiar, pero no vamos a cambiar. El hombre es el animal más estúpido de la creación", aseguró Arturo Pérez-Reverte sobre la pasividad del ser humano ante ciertos riesgos que conllevan dejar en manos ajenas el progreso.

Pérez reverte teme el apagón denunciando la pasividad humana ante dicho riesgo, y ante la pérdida de libertad al dejarla en manos ajenas, pero en mi opinión y haciendo honor a sus propias palabras en las que afirma: “El hombre es el animal más estúpido de la creación", no puedo zanjar el tema esencial en este punto, ya que este hombre, con el debido tiempo, volvería a cometer otra estupidez superior.

El verdadero desafío no es tecnológico sino antropológico. La cuestión decisiva es si el hombre seguirá sabiendo quién es él mismo. Porque detrás de cada algoritmo, detrás de cada red de información y detrás de cada inteligencia ajena/artificial, continúa ocultándose la única inteligencia que existe realmente: la inteligencia humana, con toda su grandeza y toda su miseria.

A estas alturas, he de confesar que: la probabilidad de que pasemos por el “Apocalipsis Zombie” es alta. De todas formas, nada nos librará de ese otro apocalipsis cósmico, ya anunciado desde mucho antes que este del apagón tecnológico.

En esta misma línea, y desde una experiencia existencial distinta, se manifestaba el intelectual francés Edgar Morín, fallecido recientemente a los 104 años de edad. Creador del pensamiento complejo y considerado como un humanista que transformó la sociología y la filosofía moderna.

Desde su tribuna, no paró hasta el último aliento en denunciar los peligros que, a su juicio corre la humanidad, amenazada constantemente por una cadena de crisis: por una crisis de globalización, una crisis ecológica, una crisis de civilización, y más recientemente por una crisis de pensamiento que expone a la sociedad al dominio de la técnica y la informática.

Cuando la razón humana abandona la lógica del “ser”, abraza la lógica del “no ser”, que es: “el absurdo del ser”. Ese es el más profundo de todos los absurdos: olvidar que nada de lo que el ser humano crea podrá sustituir jamás a lo que él es.