Opinión

Magnifica humanitas

TRIBUNA

Núñez Ladevéze | Viernes 05 de junio de 2026

Leída por un católico, la Magnifica humanitas de León XIV obliga a creer que todas las personas por ser creadas “a imagen y semejanza de Dios” tienen la misma dignidad desde el momento de la concepción hasta la muerte. Leída antropológicamente, la encíclica desautoriza las actitudes que no reconocen la universalidad de la especie humana, como las que afirman que hay grupos inferiores a otros. El totalitarismo nazi es racista porque excluye de dignidad moral a los judíos; el marxismo soviético es totalitario porque subordinó la dignidad de la persona a su diferencia de clase; la teocracia islámica es excluyente porque supedita la dignidad a la credencial islámica: un musulmán es moralmente superior a un infiel; el animalismo diluye esa dignidad al equiparar la de una persona a la de los animales de un parque zoológico. Si se pregunta a la IA ajustando el escenario al narrado en la Guerra de las galaxias puede que no iguale la dignidad de Java a la de Hans Solo, pero podría igualar la de R2-D2 a la de la princesa Leia.

Desde Adán y Eva hasta el ahorcado Judas, el traidor, toda persona concebida posee, incondicionalmente, una dignidad de la que carecen los demás seres, sean animales o robots. Bajo este principio la Encíclica aborda el problema que plantea el constante progreso técnico por la creciente aceleración del automatismo tecnológico. Por vez primera en la historia, está en manos del hombre seguir siendo hombre o dejar de serlo para pasar a ser no se sabe qué otra cosa: Nietzsche confió el futuro al superhombre moral; las leyes del sí es sí, al servicio de la LGTBi+, pretenden el transformismo; el manifiesto ciborg anunció la robotización. Desde la inseminación artificial y la clonación de la oveja Dolly se abren caminos al transhumanismo. Muchos pregonan la utilidad de seguirlo por una u otra dirección. Karel Capek satirizó la vía robótica en su drama R.U.R y Huxley vaticinó la senda biogenética en su novela Un mundo feliz.

La encíclica asegura que la técnica es consustancial al ser humano, desde el paleolítico hasta la actual aceleración del automatismo tecnológico. Tan técnicos son un hacha de sílex como un rayo láser, una pintura rupestre como una de Picasso, un carro de caballos como un satélite artificial, una cabaña en el bosque como un rascacielos de Sanghai. Muchas sectas, que rechazan la mecanización, como los emis o los testigos de Jehová, puede que, si leen Magnifica humanitas, no entiendan que, como la historia humana no se detiene en el pasado, queda abierto al futuro. La técnica muestra la inventiva humana separándola del instinto animal. Como dijo Ortega y Gasset, sin técnica no hay hombre, hay animal o mecanismo. El asunto principal que preocupa a la doctrina cristiana en la era en que la inteligencia artificial y la robótica anuncian que pueden hacer del hombre un superhombre o un híbrido robótico es preservar la continuidad humana. La IA y la ingeniería robótica quedan bendecidas por ser artefactos humanos que, como cualquier otro, pueden usarse para bien o para mal.

El Papa suscribe el realismo y desecha el idealismo. Dejando claros los principios, no desciende a la práctica. La distinción abstracta entre un “realismo sano” y un “falso realismo” (§188) es difícil de concretar cuando se lee este párrafo: “hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la «guerra justa», invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa entendida en el sentido más estricto” (§192). Aquí se condensa el delicado asunto de trasladar con realismo al terreno de la geopolítica real las sutilezas del párrafo.

San Agustín, primer teórico de la “guerra justa”, escribe al conde Bonifacio, primer general del ejército romano: “la paz debe estar en tu voluntad, la guerra solo en la necesidad, para que de la necesidad nos libre Dios y nos conserve en la paz. No se busca la paz para provocar la guerra, sino que se hace la guerra para conseguir la paz” . Las cartas 185, 189 y 220 condensan su amistad con Bonifacio. Agustín aprobó que luchara contra los herejes para asegurar la unidad de la Iglesia (185); desaprobó que arrasara el norte africano (220). Agustín moría en Hipona, mientras su reprendido amigo Bonifacio la defendía de los bárbaros.

Hay dos asuntos en el párrafo que desbordan la autoridad pontifical. El primero, es ser “invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra”; el segundo, cómo entender “la legítima defensa en el sentido más estricto”. Lejos de mí interpretar un testimonio de Agustín mejor que un Pontífice, prior agustiniano. Personalmente, creo que si la invocación es rigurosa la frecuencia no puede devaluar la “guerra justa” como tampoco detener los ladrones depende de que se los detenga con frecuencia si se prueba que roban.

La Encíclica permite ser utilizada equívocamente por unos o por otros. No da respuesta a preguntas reales que me hago: ¿Aconsejaría León XIV a Zelensky que depusiera las armas? ¿Pediría a Trump que abandonase a Israel a su suerte? ¿Arriesgaría que iraníes chiítas, Hezbolá y secuaces exterminaran a los judíos? ¿Debería la Unión Europea desarmarse ante Putin? ¿Es “falso realismo” rearmar a las naciones bálticas y las colindantes del mar Negro? ¿Tiene que renunciar la OTAN a la autodefensa “entendida en el sentido más estricto” mientras se arma China y amenaza Corea? Quedan en el aire otras muchas. Aceptado que Israel debe parar, la distinción teórica del Papa entre un “realismo crítico” de un “realismo cínico”, queda libre al concretarla.

Cierto resumen de la encíclica resalta que la IA no es mala, pero no es neutral, depende de quien la diseñe, programe o la use: No hay novedad en esta obviedad. Un hacha no es mala, depende de para qué se use. Una enciclopedia no es mala depende de quien la diseñe. ¿La IA es más peligrosa si la diseñan empresarios tecnológicos, o si la diseñan Xi Jinping, Putin o Jamenei? Microsoft y Musk tienen que responder ante el Estado, pero ¿ante quién responden los totalitarios? San Agustín sí responde en la Ciudad de Dios: “sin justicia los reinos no son más que grandes bandas de ladrones”. Pasa en China, Rusia, México, Cuba, Venezuela y España.