Opinión

Si no eres humano no necesitas perdón en tu Galaxia Ego

TRIBUNA

Carlos Díaz | Sábado 06 de junio de 2026

Muchos y muy diversos mazazos son precisos para derruir los muros, también los tuyos me van derruyendo, pues siempre me pagas una pequeña parte de lo mucho que me adeudas: tu perverso destruam -destruiré- continúa sin su necesaria compensación, la del aedificabo o edificaré. Resulta devastador haber perdido todo contigo luego de tan duras luchas. Lo único que dices que haces es conceder perdón, pero lo único que haces y no dices es no pedir perdón a nadie, ni siquiera a ti mismo, que tanto lo necesitas pese a tu supuesta perfección intachable; me declaro incapaz de ab/solverte, es decir, de separar o disolver nuestras rivalidades y nuestras deficiencias relacionales. La única verdad es que, huyendo activamente uno del otro mientras invocamos pasivamente la paz con lágrimas falsas, jamás hemos procurado de veras una paz profunda y al mismo tiempo activa, aunque con sus inevitables sístoles y diástoles. Nuestros cor/razones inter/esados se han enfriado y casi infartado, apenas laten por no intentar un perdón ejecutivo potente. Por el contrario, si quieres la paz, tráemela a mi muralla mientras te apedreo con andanadas de odio. Sólo cuando hayamos tenido suficientes bajas daremos de alta la paz, pues con sangre entra. Nos queremos tanto, pero tan mal, que nuestro cariño pasa por la muerte del cariño del otro.

No pocos intentos de transferencia han distorsionado nuestros encuentros. Un solo árbol en la carretera y tropezamos con él, como le pasó a Albert Camus. Yo soy ese árbol sin frutos para ti, tú eres ese árbol sin frutos para mí. Doctorados en desiertología, ninguno de nuestros corazones vive en el corazón del otro. Doctorados baratos en teología, ocultamos que Dios está en nuestros corazones, pero nosotros no en el corazón divino ni en los humanos.

Psicológicamente, los peores perdonadores son los que sienten que no tienen que pedir perdón, como si aún morasen en el jardín del Edén antes del pecado original. Luego, convertidos en senadores o diputados, nadie los apeará del Olimpo. Parece que saberse desterrado en la tierra siendo tierra no basta para saberse ni aceptarse mortal. ¿Me pides perdón sin sentirlo para que yo te pida perdón sintiéndolo? Y, si además no sabes, no quieres, no puedes, no esperas, no sientes que no te debes perdón a ti mismo, ¿a dónde vas a ir en busca del ungüento de la madre Celestina? Tus ataraxias y tus nirvanas son pompas de jabón para la estrella Sirio, donde el dolor que es intolerable no mata, y el que dura es tolerable, sin sentir ninguna emoción. Aunque puedas parecer cristiano como el estoico Marco Aurelio en sus Meditaciones en griego afirmando que “es propio del hombre amar incluso a quienes le ofenden”, estás defendiendo el cruel ciclicismo: “debes recordar que, puesto que todo se repite cíclicamente, da lo mismo que vivas cien años o una eternidad. Lo segundo, que tanto pierde el que vive mucho como el que poco, porque lo único que perdemos es el presente, lo único que tenemos. Lo que no tienes no se puede perder”. Me permito discrepar del estoico frío. El arco narrativo se desenvuelve cada día en la totalidad de las estaciones.

Algunos pesimistas, ante el dilema del perdón, afirman que “la perfección consiste en vivir cada día como si fuera el último, es decir, no ser apasionado ni pesimista[1]. La verdad es que Eugen Cioran es un pejigueras de primerísima categoría, pues se detiene a olisquear las meadas de los más pesimistas del salón, que a su vez alzan la pata en cada esquina, y ello con gran profusión, y ahí va el cante: “duramos mientras duran nuestras ficciones. Sobre eso de la honradez voy a decirle algo. Cuando uno emprende un ensayo, comienza por ciertas afirmaciones previas y queda prisionero de ellas. Cierta idea de la honradez le obliga a continuar respetándolas hasta el final sin contradecirse. Sin embargo, según va avanzando el texto le van asaltando otras tentaciones que hay que rechazar, porque apartan del camino trazado. De este modo, uno está encerrado en un círculo tratado por él mismo. Si esto pasa en un ensayo, ¡qué no ocurrirá en un sistema! Este es el drama de todo pensamiento estructurado, el no permitir la contradicción. Así se cae en lo falso, se miente para resguardar la coherencia o de hace honorable. Digo esto, pero también puedo decir lo contrario, basta con que pase página”[2]. ¿Para qué esperar a pasar página, hombre de Dios, si tanto te repites en cada una de ellas?

Memoria de elefante para recordar todo lo infausto y lo nefasto sería elefantiásico, pero no tener ganas de hacer memoria para evitar el mal trago sería renunciar a vivir, pues el futuro pasa a ser pasado apenas comienza el futuro próximo del futuro remoto, y el presente dura menos que un caramelo a la puerta de un colegio. La importancia del pasado no se le oculta a nadie, excepto a los amnésicos totales. Cuando nuestros recuerdos son dolorosos los enterramos, pero ellos, nuestros malos espíritus, se las ingenian para hallar el camino de su reviviscencia. Por la otra parte, cuando nos complacemos demasiado en el pasado gozoso quedamos rehenes de él y con el reloj vital parado: “miré los muros de la patria mía,/ si un tiempo fuertes, hoy desmoronados/ de la carrera de la edad cansados,/ por quien caduca ya su valentía”.

El problema está en cómo perdonar el mal recordado sin caer en el olvido ni en la hipermnesia abriendo al mismo tiempo espacios para todos los tiempos[3]. Si una de las peores pesadillas consiste en cargar con el cadáver del asesinado hasta que sus gusanos entran en mi propio cuerpo, una de las peores frivolidades del mal está en su desmemoriado olvido. Quien no es dueño de su tiempo perdonado es su esclavo, pero quien es avaro de su tiempo enconado con todos los tiempos sueltos y los va acumulando hace de sí un Moloch. El centro del huracán es silencioso, por eso el centro del huracán no parece huracán. Si alguien puede recordar el pasado, pero recordarlo como perdonado, está muy de enhorabuena: “no rindáis culto a la anarquía ni al despotismo, pero no desterréis de la ciudad todo temor, que sin temor no hay hombre justo”[4].

Nuestros antepasados intentaron convivir con la enfermedad y la muerte, pues disponían de una especie de anestesia social, de una aceptación de lo inevitable. Lejos de la perspectiva de la analgia o carencia de dolor, aprender a sufrir formaba parte de la educación ascética para dominar los instintos; en la escuela se enseñaba a aprender con sufrimiento, y no siempre por masoquismo, sino también por humanismo, pues el sufrimiento puede desarrollar la reciedumbre volitiva. Cuando un alexitímico se siente tan mal que ni siquiera sabe por qué sufre, ni es capaz de poner palabras a sus sentimientos, vive la angustia, lausencia de referentes. El dolor sería el megáfono de Dios para hacerse entender por un mundo de sordos[5].

Dis/culpa, me dices. ¿Cómo, es que con una dis/culpa ya basta? Cuando los filósofos parisinos repetían con El pensamiento salvaje de Lévi-Strauss en que “hay que emprender la resolución de lo humano en lo no humano estudiando a los hombres como si fueran hormigas, ya que el fin último de las ciencias humanas no es constituir el hombre, sino disolverlo”, comencé a darme cuenta de que tenía que estudiar psicología para ayudar a los salvajes que piensan como tales. Pero no van por ahí las cosas de momento, pues la couchinología o cochinología para ejecutivos estresados nos vende que lo que pensamos sobre nosotros mismos va a determinar lo que seamos, así que ¡fantástico, yo quiero ser Albert Einstein, ergo lo seré! La inteligencia ha muerto, viva la voluntad, ¿significa eso que también me robarán el yo subconsciente que ni siquiera conozco y que por eso no forma parte de mi yo con plenitud?, ¿expoliará el yo artificial mi razón, mis afectos y mi ethos y los superará computacionalmente con algoritmos matemáticos? ¡Amada libertad, siempre presente por tu ausencia!

El mucho sufrimiento busca las palabras de queja que puedan servir de desahogo. A veces el terapeuta no sabe si empujar hacia adelante la palabra del enfermo o discapacitado o disminuido mental, o si dejarla reposar y enfriar, hasta el punto de que no sería descabellado afirmar que constituye la peor tensión del experto en almas. Uno se excede por tragarse cual faquir el sable silencioso del sufrimiento, pero también por la enloquecida actividad sensomotora de la palabrería, por el no poder parar la locuacidad compulsiva. El terapeuta sabio debe enseñar que hay un tiempo para hablar y un tiempo para callar, y que la confusión entre ambos desbarata el proceso de sanación generando una nueva cicatriz sobre la anterior.

Pecadores damnificadores lo somos todos, y no hace falta ser católico o budista para reconocerlo. A veces algún no creyente contrito me ha pedido ab/solución, lo que como terapeuta sólo puedo hacer simbólicamente. Cuando asistían muchas monjas a mis conferencias, alguna vez por centenares y no exagero, no pocas querían confesarse, pero yo sentía tristeza por no tener unas manos uncidas sacramentalmente por Dios para hacerlo en su nombre: bien que me hubiera gustado perdonar a la humanidad y que la entera humanidad me perdone a mí, pues en cuanto me descuido me cuesta menos acusar que perdonar.

Si no eres humano no necesitas perdón en tu Galaxia Ego, pero si lo eres precisas de un reajuste, una reparación, un recauchutado. Este taller te espera, procura visitarlo antes de que sea demasiado tarde. De todos modos, tampoco quisiera cerrar este prólogo como en los ejercicios espirituales de mi adolescencia, en los cuales una horrrmiguita daba la vuelta a una gigantesca bola de hierro por los siglos de los siglos sin que la horrrmiguita tuviese la más mínima posibilidad de escapar a su tormento cual réproba eternamente condenada. ¿Cuántas horrrmiguitas se habrán sentido y seguirán sintiéndose eternamente condenadas porque ni las perdonó nadie ni ellas pidieron perdón?

[1] Marco Aurelio: Meditaciones. Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1994, Libro VII.

[2] Cioran, E-M: Conversaciones. Ed. Tusquets, Barcelona, 1996, pp. 21 y 62.

[3] “En una época en que más de la mitad de los paisanos de Descartes consultan al mago, he aquí la respuesta a un consultante por parte de un conocidísimo psicomago: “una mujer se ha sentido atraída por un hombre. Se han visto muchas veces sin nunca hacer el amor. Esto ha durado cinco años. Piensa que él, siendo enfermizamente tímido y romántico, si ella le propone que se acuesten, la juzgará como mujer fácil e impúdica y dejará de verla. ¿Qué hacer? Le aconsejo que compre una pequeña turquesa, vaya a verlo, y le diga: ‘he consultado a una médium que me ha dicho que en otra vida formábamos una pareja. Para que recuperemos la memoria debo darte esta piedra, pero únicamente pasándola de mi boca a la tuya’. Si él acepta, ese beso los colocarás en la realidad. Si se niega, debe olvidarlo”. Jorododowsky, A: Manual de psicomagia (consejos para sanar tu vida). Ed. Grijalbo, México, 2009, p. 239.

[4] Esquilo: The Euménides. Every man’s Library, 1906, p.163.

[5] May, R: Love and Will. WW Norton, Nueva York, 1969.