El color lo expresa todo. El rojo se enciende de pasión. El azul se convierte...
Reproducido íntegramente por Google, comentado en las redes sociales, aparecido en el Cultural, revista de referencia de la vida intelectual española, el autor de este articulo es Luis María Anson, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Para conocimiento de los lectores de El Imparcial, lo publicamos a continuación.
El color lo expresa todo. El rojo se enciende de pasión. El azul se convierte en calma y apacibilidad. El amarillo es oscuridad desbordada. El blanco, pensamiento profundo. El negro, profundo pensamiento. El verde se exponga en la naturaleza. El violeta suspira escondido. El gris es el silencio sin esperanza, la inmovilidad desesperada.
Vasili Kandinsky, tras consagrarse en Der Blaue Reiter y brillar en la Bauhaus, escribió Punkt und linie zu Fläche. La música de Arnold Schöenberg se escucha en la línea y el punto sobre el plano. Pablo Picasso criticaba ácidamente a Kandinsky, pero tenía el libro en la biblioteca de su estudio.
En la madrileña Galería de Arte Gaudí, un gran pintor profesional expone media docena de cuadros en los que vibra la idea que del color tenía Kandinsky sobre la expresión abstracta. El pintor trasvasa sus emociones en cada pincelada. La llamada del color envuelve al espectador. Tras él se esconden incontables horas de trabajo, abierta la retina ante la explosión de la naturaleza, taimada la expresión creadora, entre el temor y el temblor que enternece al artista.
Santiago Pedraz es ese artista, el que se esconde, el pintor que alienta el anonimato, el intelectual que se sumerge en el pensamiento liminar, el hombre sabio que se solidariza con los desfavorecidos.
Hace unos años su padre me alertó sobre lo que el pincel de su hijo era capaz de hacer. No se equivocaba. Tal vez en el futuro algún galerista audaz sea capaz de convencer a Santiago Pedraz para que exponga medio centenar de cuadros en una exposición abierta al gran público, que es el que decide y consagra. Pedraz se ha ganado la admiración de la minoría, de esa inmensa minoría que enalteció a poetas como Aleixandre y Juan Ramón. Espadas como labios, ambos poetas se alzaron con el Nobel de Literatura.
Santiago Pedraz no puede ser tan egoísta que pinte solo para su deleite. Los enamorados de la pintura de vanguardia no se merecen semejante desdén. La abstracción mágica de este pintor difiere del Pollock que abruma, del Rothko que se suicidó, de nuestro Tàpies que medita sobre el lienzo. Como Gimferrer, Santiago Pedraz bebe en su copa los cálices del aire, cabalga sobre los corceles encarnados, se estremece ante las ojivas cálidas de la noche, ante la pálida rosa de vivir. Pinta a veces las sílabas del viento, mientras empalidece ante sus ojos la tarde de grana. Brilla entonces la luz magullada y escucha el gemir de los párpados azules. Me viene a la memoria aquel Paco Nieva de Nosferatu y su tembladera virginal porque los pinceles de Pedraz resbalan por cada pétalo entre los gemidos de la piel. Zarandeado por el tiempo pálido y tallado, escucha las voces del marfil y se entristece al contemplar los crepúsculos de celajes temblorosos.
Se me olvida, por cierto, que no sé por qué Santiago Pedraz es también juez. Y juez especialmente independiente y constructivo. El mejor pintor de todos los tiempos le hubiera dicho a Pedraz que su pintura es poesía que se ve y no se oye, así como la poesía de San Juan de la Cruz o de Pablo Neruda es pintura que se oye y no se ve.