Cultura

José Luis Panero: “Hemos pasado de la sagrada familia a la familia como un soberano estorbo”

ENTREVISTA

Javier Mateo Hidalgo | Domingo 07 de junio de 2026

A lo largo de los últimos años, José Luis Panero ha convertido el cine en un territorio privilegiado para la reflexión sobre algunas de las grandes cuestiones humanas y sociales de nuestro tiempo. Licenciado en Periodismo y en Comunicación Audiovisual, crítico cinematográfico, escritor y miembro de la Academia de las Artes Escénicas de España y de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, ha desarrollado una intensa labor de análisis, investigación y divulgación cultural. Tras la publicación de El mal y la violencia en el cine de Hitchcock (Ondina Ediciones, 2024), regresa ahora a las librerías con Pantallas huérfanas: el cine español y la crisis de la paternidad (Ondina Ediciones, 2026), un ensayo que aborda una realidad tan presente como escasamente estudiada: la progresiva desaparición de la figura paterna en el cine español contemporáneo. A través del análisis de algunas de las películas más significativas de las últimas décadas, Panero propone una reflexión sobre la familia, la identidad y los cambios culturales que han marcado a varias generaciones. La publicación de esta obra constituye el motivo de la presente conversación.

Tras el éxito de tu ensayo cinematográfico El mal y la violencia en el cine de Hitchcock (Ondina, 2024), nos brindas un nuevo título en este mismo sello donde profundizas en otro interesante tema del séptimo arte. En este caso, el objeto de estudio es la figura del padre ausente en distintos filmes de la historia del cine español reciente. ¿Qué fue lo que te llevó a elegir dicho asunto?

​Después de meterme en los abismos de Hitchcock, me di cuenta de que en nuestro cine patrio había un drama doméstico tremendo al que no se le prestaba la atención que merecía. El cine español actual sufre una cobarde desbandada de padres. Me pareció fascinante, y a la vez alarmante, ver cómo las pantallas se han convertido en el espejo de una orfandad real. Al final, explorar este vacío me servía para radiografiar no solo los traumas de una generación, sino la evolución de una sociedad que parece haber olvidado para qué servía la figura del padre; de ahí nace la necesidad de escribir Pantallas huérfanas: el cine español y la crisis de la paternidad.

Como nos demuestras en tu libro, la ausencia del progenitor en el cine hecho en España es una cuestión que ha interesado a muchos realizadores, en parte por los tiempos que nos ha tocado vivir. Progresivamente, la estructura familiar se ha ido descomponiendo con el cambio en los valores de nuestra sociedad. ¿A qué crees que se debe?

​Es el resultado de un cambio de chip cultural bastante radical. Venimos de una época, allá por los años 50, 60 e incluso los 70, donde lo habitual en las salas era encontrarse con un cine comprometido con la familia, edificante y positivo. Pienso en clásicos incontestables como La gran familia (Fernando Palacios, 1962), su secuela La familia y uno más (Fernando Palacios, 1965), o títulos de corte profundamente moral y social como El padre Coplillas (Ramón Comas, 1968) y Sor Citroën (Pedro Lazaga, 1967). Todo aquello se tachó de “carca” y se dejó de lado para dar paso a una modernidad líquida. El problema es que hemos pasado de la sagrada familia a la familia como un soberano estorbo, provocando las tragedias que analizo en el ensayo. Los nuevos creadores abrazaron la ruptura y la estructura familiar se resintió. Por suerte, una buenísima bocanada de aire fresco la ha traído recientemente Santiago Segura con su pentalogía Padre no hay más que uno, demostrando con humor que la figura del padre presente y el cine familiar siguen siendo un éxito rotundo si se tratan con cariño.

Debido a los múltiples ejemplos que podemos encontrar en nuestro cine sobre la temática escogida —la cual sorprende que no se haya abordado antes—, ¿cómo tuvo lugar la elección de títulos?

​No fue fácil porque, aunque parezca mentira que nadie hubiera hincado el diente a este tema antes, ejemplos hay a patadas. Tuve que ponerme exquisito y seleccionar películas donde la ausencia del padre no fuera un simple detalle de fondo, sino el auténtico motor de la historia. Busqué un recorrido que escociera un poco: desde el bofetón de realidad que supuso el documental de El desencanto en plena Transición, pasando por las madres coraje y un tanto desquiciadas de Almodóvar, hasta el cine más actual. Cada título elegido es como un informe clínico de su época que pone en valor cómo la falta de esa brújula paterna deforma por completo la psicología de los personajes.

Una de las películas más importantes sobre la que pones el foco es la controvertida El desencanto, que acabas de mencionar. Realizada en 1976 por Jaime Chávarri, su formato de docudrama se introduce en la historia de la familia Panero, diseccionando la influencia de Leopoldo Panero en su mujer e hijos tras su muerte. Tu apellido te vincula directamente a este mítico clan como primo tercero, si bien hay poca información sobre ello hasta la fecha. ¿Puedes hablarnos sobre ello?

​El apellido Panero en el mundo del periodismo y del cine siempre despierta una fascinación automática hacia esa mítica saga literaria. Para mí es un honor inmenso, pero mi mapa vital y familiar es propio: yo nací en Madrid, pero mis raíces se hunden en Benavente, de donde era mi padre, y en la provincia de León, de donde provenía la línea familiar de mi abuelo y mis tíos abuelos, los hermanos Panero Buceta.

Ellos encarnaron a una generación brillante, con un peso institucional y civil extraordinario en el León de mediados del siglo XX. Mi abuelo, José Panero Buceta, fue un ilustre coronel veterinario que forjó una hoja de servicios impecable. Sus hermanos no se quedaron atrás en relevancia: mi tío abuelo Ricardo alcanzó el rango de general de Brigada de Caballería tras comandar regimientos históricos, y mi tío abuelo Ángel fue un respetadísimo aparejador, pilar del tejido empresarial leonés, cuya labor constructiva en la ciudad fue distinguida con la Medalla al Mérito en el Trabajo en 1968.

A través de este sólido núcleo de los Panero Buceta se traza mi cordón umbilical con Astorga, ya que mi abuelo José y el poeta Leopoldo Panero Torbado eran primos carnales. Si nos atenemos al rigor de las generaciones, mi padre, José Luis Panero Forés, era primo segundo de los hermanos de El desencanto, lo que matemáticamente me convierte a mí en primo tercero de Juan Luis, Leopoldo María y Michi. Internet a veces sufre de cierta imprecisión y me etiqueta directamente como primo segundo saltándose un eslabón, pero la verdad de la genealogía es esta. Un lazo de sangre real, discreto y fascinante que convive de forma natural con mi propia trayectoria en las letras y las pantallas.

​¿De qué forma te ha marcado esa relación familiar con Leopoldo, Michi, Juan Luis o Leopoldo María de cara a tu gusto por la literatura y el cine?

​Compartir este apellido te inocula, quieras o no, una sensibilidad artística un tanto extrema. Llevar el apellido Panero implica asumir que el arte sirve para destrozarse vivos, no para pasar un domingo por la tarde de forma complaciente. Ver cómo mi propia familia utilizó la palabra y la pantalla para diseccionar sus traumas me hizo inmune al arte plano o puramente comercial. Mi necesidad de profundizar en el trasfondo de las películas viene de ahí: de una herencia familiar que, con toda su carga trágica, me enseñó a amar la cultura sin anestesia y que sin duda ha dejado su impronta en las páginas de Pantallas huérfanas: el cine español y la crisis de la paternidad.

Además de la figura del padre, la de la madre es igualmente fundamental como soporte y guía de los adolescentes en el cine. No solo lo vemos en la Felicidad Blanc de El desencanto, sino en los personajes femeninos de los filmes analizados de Pedro Almodóvar Todo sobre mi madre (1999) y Volver (2006). Más allá de lo insustituible de la figura materna, ¿cómo suple a su pareja cuando esta no hace acto de presencia de cara a la educación de los hijos?

​Convirtiéndose en una especie de superheroína cotidiana, con todo el desgaste que eso conlleva. Almodóvar lo retrata muy bien a través de personajes memorables como Manuela (Cecilia Roth) en Todo sobre mi madre o Raimunda (Penélope Cruz) en Volver, auténticas madres coraje que se apoyan en esas “comunidades de mujeres” para arroparse cuando el hombre huye o desaparece. La madre suple el vacío multiplicándose, haciendo de todo. Pero seamos realistas, y ahí entra el juicio crítico de mi investigación: por muy superheroína que sea la madre, el hueco del padre sigue escociendo. Ese vacío se queda ahí, latente en los hijos, como una sombra o una pregunta sin respuesta que ninguna red de solidaridad femenina logra resolver del todo.

¿Qué horizonte le espera a nuestro cine y a nuestra sociedad? ¿Crees que estamos asistiendo a una suerte de renacimiento o nostalgia por la forma de entender los vínculos familiares del pasado, tal como sugieres en el libro?

​Soy optimista y creo que las aguas volverán a su cauce tras esta racha de nihilismo. Como ya denuncié en mi artículo en COPE titulado Prohibido hablar de Dios en el cine. ¡Ah, no, que ahora es rentable!, la progresía nos vendió que Dios no daba dinero, pero resulta que ahora es rentable. ¡Y qué equivocados estaban! El tiempo deja claro que cuando se toca la fibra adecuada se genera un auténtico chispazo cultural, como pasó con el taquillazo de La Pasión (2004) de Mel Gibson y ese Dios Padre tan imponente. Esta desconexión de los creadores actuales es una circunstancia temporal. De hecho, el trasfondo es tan real que no es casualidad que tantos creadores necesiten ahora desnudarse en primera persona para narrar sus particulares dinámicas familiares. Ahí tienes el ejemplo de Carla Simón y su hermosa trilogía Verano 1993 (2017), Alcarràs (2022) y Romería (2025). Los nuevos directores se están dando cuenta de que la eterna adolescencia y el individualismo cansan, y que el cine del futuro tendrá que reconstruir, por pura supervivencia, esos puentes familiares.

Quienes te conocemos sabemos de la importancia que la figura de tu padre ha tenido y tiene en tu vida. ¿De qué modo su presencia te ha acompañado en la escritura de este libro?

​Ha sido mi toma de tierra. Analizar de forma crítica tantas películas sobre deserciones paternas, traumas y familias rotas habría sido un ejercicio de lo más deprimente si no hubiera tenido la suerte de mirar a mi lado y ver a mi propio padre. Su ejemplo de constancia y afecto me dio un suelo firme; por pura comparación, entendía perfectamente el desamparo de los personajes que crecen en completa soledad. Así que, aunque Pantallas huérfanas: el cine español y la crisis de la paternidad hable de ausencias en el fondo este libro es una carta de agradecimiento al mío por haber estado siempre ahí. A fin de cuentas, haber tenido un buen padre es lo que hoy me permite sentarme a escribir sobre los malos.