Opinión

Del verano hecho pedazos

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 07 de junio de 2026

Puede suceder en cualquiera de los que vivamos, indiferentemente de la edad, las condiciones vacacionales, la orientación sexual. El verano es una sima abierta a nuestro ímpetu, más susceptible de hacernos caer según apretemos el paso. Todo lo que se vive durante su periodo espejea y aumenta hasta la exageración, provocando sumas depresiones cuando desaparece. De igual modo con los famosos amores de su estación. ¿Cuántas páginas y anécdotas y malestares atemporales han consumido la posibilidad, el intento, de explicar el porqué de su caladura? Y es que no dejaremos de hablar de ellos ni de sentirlos inesperadamente cuanto más baja sea la guardia. Tienen sus defensores y detractores, claro, pero el común que los hermana es el desasimiento de nosotros mismos y la falta de argumentos cuando estos se van.

La novela de Manuel Avís, Tiemblas en el verano, tiene por latido dicha sensación comentada, más recrudecida, incluso, por describir lo que quedó de un amor truncado. Se repite varias veces la voz protagonista que ese debía haber sido el verano más feliz de su vida, pero el hecho de que acuse continuamente a ese pasado de ser tal cosa y de haberle arrebatado su enamoramiento, acaba dando la razón a quienes tienden a desconfiar de esta suerte de encuentros.

He dicho novela, pero Avís nos presenta un cruce particular entre novela-ensayo-diario; una narración que se va construyendo por los añadidos del romance con H., intenso y desaforado por haberse interrumpido bruscamente cuando una de las partes estaba más involucrada. Una herida persistente en cualquier existencia, no tiene mejor explicación. Hacia el final, uno se extraña de la insistencia de Avís en seguir sus variaciones sobre esos meses y ondas dejadas. Se puede pensar que un ahorro de las mismas podría haber hecho ganar potencia a su discurso, pero no desentona que lo lleve hasta la última palabra, dudando si aceptar que lo ha olvidado, que tiene que hacerlo por resguardarse un mínimo de cordura, o si tiene que enfrentarse al daño cometido y negarse a que se diluya. El temblor de aquellos meses, desde la distancia de Madrid y en las visitas a Florencia, donde por primera vez se conocieron y besaron, y a Lausana, donde vive H., no será calmado. Unas flores, unas viejas fotografías saliendo disparadas de un ejemplar, impedirán la dejadez de la memoria.

El seguimiento que hacemos del protagonista nos permite el privilegio de conocer más sobre los autores que han marcado su vida y su experiencia con H. Tiemblas en el verano es el agradecimiento a las obras vitales y literarias de Marcel Proust, Colette, Marguerite Yourcenar, Federico García Lorca, Ana María Matute y Annie Ernaux, y con esta última manteniendo una reciente correspondencia, pero con el conjunto demostrando la fortuna de saberse inmerso en sus libros y sus trayectorias, no dejando que se escape un enlace personal con otro que ya fuera puesto negro sobre blanco. Hay en esas disertaciones, de corte indudablemente afrancesado, algo que no puede borrarse. No por la asimilación de su eternidad, sino por lo práctico que resultan aun siendo cuestiones hechas de fogonazos, más tendentes a deshacerse que a ser referidas como un verdadero e impagable amor, que es en lo que Avís se esfuerza y consigue.

‘Este libro desordena mi vida. Hace que el tiempo se repliegue’, escribe al inicio de un párrafo. Este libro existe como vindicación a los que no pueden permitirse ignorar esas venidas ocasionales de lo que hemos hecho, de quienes hemos sido y a los que hemos tratado. Se confunden sus nombres con los de los escritores que supieron antes definir ese entramado de malentendidos y confesiones, mezcladas con sexo y promesas. Pero el lazo se acaba volviendo más fuerte. Su valor significa que, inevitablemente, tenía que ser así.