Editorial

Pedro Sánchez, acorralado por la corrupción, se va de fiesta en el Falcon

EDITORIAL

EL IMPARCIAL | Lunes 08 de junio de 2026

Poco después de ganar la moción de censura e instalarse en La Moncloa, Pedro Sánchez estrenó el Falcon, el avión oficial del Ejército del Aire, que usan los presidentes del Gobierno en sus viajes oficiales. Pero se embarcó en el lujoso jet para asistir junto a Begoña Gómez a un concierto de rock en Benicasim. Se reunió durante un rato con Ximo Puig, el entonces presidente de la Generalidad valenciana, para justificar “la oficialidad” de su viaje y, por tanto, su derecho a viajar por la cara. Este sábado ha repetido la maniobra. También con su mujer, se ha embarcado en el Falcon para bailar y, quién sabe si cantar, en el Festival Primavera Sound de Barcelona. Y esta vez, Salvador Illa, presidente de la Generalidad, se ha unido a la fiesta para justificar el uso del avión por el jefe del Ejecutivo como si se tratara de un viaje oficial a Cataluña.

Pedro Sánchez sabe el dineral que cuesta el uso del Falcon por las toneladas de queroseno que quema para volar y, por tanto, la venenosa contaminación que esparce por la atmósfera. Pero la austeridad no es una de sus virtudes y el ecologismo, sólo otra de sus muchas patrañas. Se cree con derecho a usar, cuando no poseer, los bienes del Estado.

Sin embargo, por la mañana, cumplió religiosamente con el protocolo al recibir en el aeropuerto al Papa y luego asistió al acto oficial de bienvenida a León XIV presidido por los Reyes en el Palacio Real. En esta ocasión, no recurrió a su laicismo para escurrir el bulto, como hizo en el funeral de las víctimas de la tragedia de Adamuz, al que no asistió, según él, por tratarse de un “acto religioso”·

Y entendió que se había ganado un rato de fiesta, para olvidarse de la corrupción que le acecha, del juicio en el tribunal de Badajoz de su hermano, de la inminente cita de su mujer con el juez Peinado y de las cloacas del PSOE de su amiga Leire Díez por mucho que ahora reniegue de ella. Y no dudó en montarse en el Falcon para disimular por un rato la corrupción que le acecha. Quizás para despedirse de las mieles del poder, pues intuye que la fiesta se acaba. Pero hay que reconocer, que sus años en La Moncloa han sido placenteros para él. Que no para España.

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