Opinión

El noble propósito de la paz

TRIBUNA

Gabriel Alonso-Carro | Martes 09 de junio de 2026

Recibimos estos días la visita de un mensajero de la paz, León XIV. Independientemente de las creencias que se profesen no cabe duda de su liderazgo moral, asumible por muchos, en cuanto a la aspiración de un mundo más pacífico. Hoy en día faltan estas voces que llamen a la cordura y a frenar las tensiones belicistas. Si uno examina los liderazgos más destacados en el mundo, apenas el Secretario General de la ONU -y cada vez más en segunda fila- alcanza junto al Papa a representar un altavoz contra la guerra o la carrera armamentística -la disuasión militar-como solución de conflictos. Y, por desgracia, son figuras en general apreciadas pero muy poco escuchadas.

Habría que preguntarse el porqué. Para muchos la guerra es el estado natural de la Humanidad, para otros el idealismo acaba, como las buenas intenciones en el célebre dicho, empedrando el infierno y, por fin, para la mayoría el egoísmo y los intereses individuales y colectivos son más poderosos que el anhelo de convivencia pacífica. El escepticismo se mueve entre el "Si quieres la paz, prepara la guerra" y el "Hombre es un lobo para el hombre". Dos máximas que han presidido muchos siglos la regulación del orden mundial.

Lo que sorprende es que en el siglo XXI sigamos regidos por los mismos o parecidos parámetros. Como afirmó la Escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer, Habermas...) la Modernidad ha desarrollado un enorme desequilibrio entre la razón técnica y la razón moral. Somos capaces de pensar ya en instalar una estación espacial en la Luna con vistas a viajar a Marte, pero las sociedades opulentas se consumen entre la soledad, el hastío, la violencia y el conflicto. Hemos mejorado muy sustancialmente el mundo de lo material pero en el ámbito de lo específicamente humano hemos avanzado muchísimo menos.

Y, sin embargo, hay pistas que seguir y caminos iniciados que recorrer. Estas dos figuras emblemáticas así nos lo muestran: el Santo Padre y el Secretario General de NN.UU. No está de más recordarlo, por poco eco que pueda suscitar. Las religiones, por una parte, ya no son el factor de conflictividad que pudieron suponer en el pasado, excepto contadas excepciones. La gran mayoría de la población mundial es creyente de algún tipo de confesión religiosa y únicamente minorías radicalizadas suponen la excepción que confirma la regla.

El Concilio Vaticano II (1965), la reunión interreligiosa de Asís promovida por Juan Pablo II (1986), el Parlamento de las Religiones de Chicago (1993), el "Documento sobre la Fraternidad Humana por la Paz Mundial y la Convivencia Común" católico-musulmán (Abu Dabi, 2021), la encíclica del papa Francisco "Frattelli Tutti" sobre la fraternidad y la amistad social (2020) y otros hitos más son bien significativos en el camino recorrido. León XIV es heredero de esta renovada mentalidad y un convencido impulsor del diálogo interreligioso (así lo demostró hace bien poco respecto al progresivo acercamiento judeo-católico), así como un defensor a ultranza de la paz.

La Santa Sede ha jugado un papel discreto pero eficaz entre bambalinas en pro de la solución de tensiones y enfrentamientos. Allá por principios de año, medió en una posible salida digna de Maduro de Venezuela exiliándose a Rusia, solución que el mandatario no aceptó. En el conflicto ruso-ucraniano el Papa Francisco intentó moderar el apoyo cesaropapista del Patriarca de Moscú en favor de Putin, así como llamó a frenar la revancha ucraniana contra la iglesia Ortodoxa ucraniana aún fiel a Moscú. Cuestión aparte de los intentos de mediación y ofrecimientos reiterados de ser vía de interlocución.

León XIV continúa en esta estela. De hecho, tanto el vicepresidente USA Vance como el Secretario de Estado Marco le han visitado varias veces para entrevistarse con él. Previamente se habían producido conversaciones y acercamiento de posturas entre la administración Trump y la nunciatura en Washington. Como Papa norteamericano y peruano, tiene un ascendiente especial como moderador de su país de origen. Así lo hizo con respecto a los malos tratos a los inmigrantes. Reciente está aún su pronunciamiento solemne sobre la problemática de la Inteligencia Artificial en su reciente encíclica "Magnifica Humanitas".

De modo que el camino emprendido por la Iglesia Católica, junto con el de otros religiones, es alentador de un mundo más pacífico. Así lo comprendieron los cuatro católicos fundadores de la actual UE allá por los cincuenta del siglo pasado: Schuman, De Gaspieri, Adenauer y Monnet. Con el proyecto europeo también pusieron en marcha un laboratorio más que exitoso en aras de la paz y la prosperidad. Y lo hicieron tanto para lograr pacificar la Europa secularmente enfrentada y contrapesar con los valores occidentales la expansión soviética. Robert Prevost, obispo de Roma, nos trae toda esta herencia a sus espaldas para ofrecernos aliento y estímulo para la propia polarización interna que vive el país, exacerbada estos últimos años.

Hablaba de dos figuras emblemáticas que podían ser un referente y estímulo. La otra, independientemente de quien ocupe el cargo, es el Secretario General de la ONU. Con indiscutibles fracasos también ha contribuido desde su fundación con irrefutables éxitos. No es cuestión de enumerarlos ahora pero hay un consenso mayoritario en que si no existiera habría que inventarla. Lo que no es óbice para abordar las muy necesarias reformas, actualizaciones y corregir sus no pocas derivas y errores. Sin duda, la Historia reciente, desde la II Guerra Mundial, hubiera sido mucho más conflictiva y turbulenta sin duda concurso.

Así pues, contamos con dos faros que alumbran un camino esperanzador, ni fácil ni evidente, pero que ya han abierto un horizonte cierto y confirmado de posibilidades, orientado hacia un orden global más pacífico -a pesar de las coyunturas y los giros geopolíticos- que si no es total, al menos puede lograrse parcialmente (tanto temporal como geográficamente). No alcanzar el ideal ni la aspiración máxima no puede conducirnos al cinismo. Si ha sido posible en el pasado es real y factible en nuestro presente y futuro. Y en este sentido León XIV y su visita es un recordatorio del noble propósito de la paz: para España y en el mundo. Con la frase bíblica concluyo: "Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz".