Opinión

En torno a Europa y su futuro

TRIBUNA

Luis Felipe Fernández de la Peña | Martes 09 de junio de 2026

La estatura internacional de Europa no deja de menguar. Protagonista hasta el siglo XX, actor secundario en las primeras décadas del XXI, corre el riesgo de convertirse en extra. Parece haber perdido, o peor aún equivocado, su rumbo internacional.

George Orwell advertía que quien controla el pasado controla el futuro y quien controla el presente controla el pasado. Para poder corregir el rumbo y preparar su futuro en el nuevo orden global, Europa debería reaprender algunas lecciones olvidadas de su pasado.

El equilibrio de poder. Alcanzó su mejor expresión en el Concierto Europeo, que amparó la estabilidad del continente desde las guerras napoleónicas hasta la primera guerra mundial. El principio de equilibrio es la ley universal que gobierna los ecosistemas o la relación de poderes dentro de los Estados. El orden multipolar, como sinónimo de contención y moderación, es su mejor traducción internacional. Europa estaría llamada por vocación a construir su propio polo, un pivote estabilizador en el mundo. Pero tiene que proponérselo.

La neutralidad ideológica. Inaugurada en Europa con la paz de Westfalia, hija del espíritu humanista, que acertó a secularizar las relaciones entre los Estados, a separar política y confesión, poniendo fin a las guerras de religión. La Europa confesional daba paso así a la Europa secular. En el siglo XX, las ideologías desempeñarían en las relaciones internacionales el papel de las religiones tradicionales. En la pugna entre capitalismo y comunismo, Europa recayó en un nuevo período confesional que se ha querido prolongar en nuestros días con la división del mundo en democracias y autocracias. Si Westfalia representó el “momento Maquiavelo I”, se necesita ahora un “momento Maquiavelo II” que restituya a Europa su condición de actor estratégico capaz de secularizar sus relaciones internacionales.

El pecado de la exclusión. Europa ha conocido sistemas inclusivos, que incorporaban a la potencia vencida a la gestión colectiva del nuevo orden, y sistemas excluyentes, que marginaban al país vencido. Los inclusivos han superado ampliamente a los excluyentes en la tarea de mantener la paz. La paz de Westfalia se alargó 150 años, la del Concierto Europeo 100 años. Entre los órdenes excluyentes, la paz de Versalles de 1919 resistió 20 años, y la paz con Rusia en 1991 23 años (anexión de Crimea), en ausencia de un arreglo inclusivo al término de la guerra fría.

La crisis es una condición genética de la construcción europea. Jean Monnet avisaba que Europa sería precisamente la suma de las soluciones que sepa aportar a las crisis. A diferencia de las crisis funcionales previas, la actual es orgánica, o más propiamente multiorgánica, ya que auna al tiempo una crisis de modelo y una crisis geopolítica. La crisis del modelo neoliberal no es objeto de este artículo.

La crisis geopolítica refleja el desajuste entre la dogmática internacional de Europa y la realidad de un mundo en cambio. El origen del desencaje se remonta a algunas causas profundas del desasosiego europeo:

El sentimiento de desposesión. Europa ha sido destronada dos veces, territorialmente la primera (de controlar el 80 por ciento del planeta ha pasado al 7 por ciento), y espiritualmente ahora, al cuestionarse su condición histórica de árbitro moral del mundo. El sentimiento de decadencia suscita nostalgia y ansiedad narcisista. Para salir de su laberinto emocional, Europa tendrá que asumir sobria, pero también esperanzadamente, su nuevo lugar en el mundo.

La segunda metamorfosis. Europa había sufrido una primera metamorfosis al acabar la segunda guerra mundial. El sentimiento colectivo de culpa impulsó un proceso de arrepentimiento y contrición que le llevaría a repudiar la política de poder y todos sus atavíos. Comenzó entonces a sublimar los valores y a minusvalorar los intereses. Abandonó el realismo, su enseña clásica, y se refugió en el idealismo.

En su primera metamorfosis, Europa se autoexilió de la geopolítica, que había inventado y practicado durante siglos. Se infantilizó geopolíticamente y se cobijó en el seno protector de Estados Unidos. La delegación de responsabilidades no sólo fue material sino también ideacional. Dejó de pensar estratégicamente por sí misma porque Estados Unidos pensaba por ella, e interiorizó la visión del mundo y el repertorio de amenazas de Washington.

Para reconciliarse con el principio de realidad, Europa necesitará rescatar su trasfondo histórico de pragmatismo y aprender a compaginar responsablemente el apostolado de los valores con la defensa de los intereses.

Para construir autonomía estratégica, Europa tendrá que reconstruir una visión propia del mundo y de su lugar en él, con una perspectiva más ilustrada y menos hobesiana, la visión de una Europa apacible, ni pacifista ni pazguata. En menos palabras, tendrá que emanciparse y reeuropeizarse.

La difícil convivencia con el pluralismo constitutivo del mundo. Hija de su universalismo monista (valores europeos para todo el mundo), ajeno al universalismo pluralista inherente al planeta. El orden internacional será fruto de la síntesis o no será pacífico. Para readaptarse al mundo real, Europa tendrá que colgar sus hábitos de misionero y el salacot de explorador y recuperar el espíritu de Westfalia y su habilidad para llegar a acuerdos ideológicamente neutrales. Lo que supo hacer hacia adentro en 1648, deberá hacerlo ahora hacia afuera en su relación con el resto de las naciones.

Los viejos Estados europeos se habían fundado en la guerra, germen de la hacienda y la burocracia. La Unión Europea se fundó en la paz. La cuestión vital que se le plantea ahora es cómo conciliar el reencuentro con la geopolítica con el proyecto de paz.

Se respiran hoy en Europa aires militaristas. Más entre las élites que entre la sociedad civil. El viejo continente se debate entre el sentimiento de orfandad por el desvío de Estados Unidos, la pérdida de confianza en sí misma y una creciente hipocondría en la percepción de las amenazas. Se necesita una visión estratégica más serena y conciliadora de Europa. En 1950, el rearme alemán (exigido también entonces por Estados Unidos) impulsó el proyecto fallido de la Comunidad Europea de Defensa. Es crítico que el rearme actual de Berlín se inscriba en un marco europeo. No vaya a ser que, para tratar de resolver el problema ruso, manejable, acabemos resucitando el problema alemán.