Laila Escartín Hamarinen | Miércoles 24 de diciembre de 2008
En España odian América. América no significa el continente americano, si no los Estados Unidos de América. Dicen que son los culpables de todos los males del mundo; dicen que son los culpables del malvado capitalismo; dicen que no tienen cultura y son unos paletos; dicen que son arrogantes y orgullosos y no quieren aprender otros idiomas. Una larga lista de culpas y faltas. Todo esto es discutible, pero hay una característica muy norteamericana de la cual los europeos no gozamos desgraciadamente, y que hace que yo ame y respete y admire a los estadounidenses.
En América (permitidme usarlo en su acepción vulgar) aman el talento; y las ideas y la creatividad. En América a nadie le importa un pepino quién es tu madre, tu padre, tu abuelo o tu bisabuelo, y tu apellido no significa nada más que un nombre con el que identificarte. La tradición no pesa mortalmente como en España, o en la mayor parte de Europa. Ser de buena familia no es un talento a la hora de ser valorado para un trabajo. Sólo importa el individuo. El individuo talentoso, brillante y sobresaliente no es odiado ni envidiado; es admirado por todos porque tener delante a un individuo brillante significa que Yo también puedo ser brillante; y además, la empresa siempre puede hacer millones gracias al coco de un individuo brillante y talentoso. El capitalismo feroz tiene su lado bueno, es un campo fértil para la creatividad y el talento.
En América aman las ideas novedosas, y sobre todo aman al individuo cuya cabeza bulle con ideas descabelladas, atrevidas, locas, brutales; una vez más, todo ello puede desembocar en riqueza. (No consigo satisfacción.) Así pues, el empresario siempre recibirá con los brazos abiertos y escuchará al Don Nadie que se acerca con una idea nueva, nadie es descartado de entrada, poco importa el apellido, las conexiones, los enchufes. El Don Nadie que sale de las cloacas o la oscuridad o el pueblo de provincias puede ser la encarnación del sueño americano. El brote nunca es cortado de raíz, como suele suceder en la Vieja Europa donde se desconfía del desconocido, y más aún de la idea nueva y sorprendente. Tenemos algo que aprender de Ellos.
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