El Teatro de la Zarzuela recibió la pasada noche del miércoles 10 con auténtico entusiasmo el regreso de una de sus obras más queridas e internacionales. Nos estamos refiriendo a El gato montés del maestro valenciano Manuel Penella (1880-1939), quien no solo es el abuelo de las icónicas actrices Emma Penella, Terele Pávez y Elisa Montés, sino que es autor de uno de los pasodobles más memorables de nuestra historia: El gato montés. Precisamente dicha pieza procederá de la ópera que aquí nos convoca —Elisa, de hecho, cambió como sus hermanas el apellido paterno por otro artístico, homenaje en este caso a esta obra de su abuelo, siendo su nombre real Elisa Rosario Ruiz Penella—.
Como hemos mencionado, El gato montés es una ópera, poseyendo una extensión y seriedad que no sólo la hace digna de ser representada en el coso zarzuelístico por excelencia —donde se ha puesto en escena a lo largo de cinco temporadas (1969, 1993, 2012, 2017, 2026)— sino también en el Teatro Real, dado su formato —y donde, sorprendentemente, nunca se ha representado—. El registro sonoro más conocido es el que Deutsche Gramophon llevó a cabo en 1992 bajo la dirección musical de Miguel Roa, contando con las icónicas voces de Plácido Domingo y Teresa Berganza. Dividida en tres actos, esta obra lírica de gran formato tiene la particularidad y el mérito de que el propio Penella se encargó tanto de la partitura como del libreto —como haría con su posterior y reconocida ópera, Don Gil de Alcalá (1932)—. Su argumento nos lleva a los arquetipos del torero, la gitana, el bandolero y la adivina andaluces, tan exitosos ya desde la novela y ópera Carmen de Prosper Mérimée y Georges Bizet. Penella se emplea a fondo en el uso del andaluz y en sus ocurrentes expresiones y terminología para dar distintas pinceladas humorísticas al texto, si bien lo que reluce de la obra es su tono dramático.
Estrenada en el Teatro Principal de Valencia el 22 de febrero de 1917, su excelente acogida le llevó a otros lugares como el Gran Teatro de Madrid en ese mismo año, saltando hasta el Park Theatre de Nueva York —en cuyas representaciones, que tuvieron lugar entre diciembre de 1920 y febrero de 1921, intervinieron figuras como Pastora Imperio o Concha Piquer— donde se consagraría mundialmente. Tal fue su reconocimiento que tuvo dos adaptaciones cinematográficas: la primera, silente y actualmente perdida, fue producida en Hollywood en 1924 por la Paramount titulándose Tiger Love, siendo dirigida por George Melford (responsable de la versión hispana de Drácula) y protagonizada por el madrileño Antonio Moreno, una de nuestras primeras estrellas internacionales. En 1936 tuvo lugar la segunda adaptación al cine, llevando el mismo título que la ópera y siendo dirigida por Rosario Pi, considerándose la primera película sonora dirigida por una directora española. Dicho filme contiene una escena de corte necrofílico —contenido que posee la propia ópera como veremos— que la sitúa a la altura de la posterior Abismos de pasión (1954), joya de la etapa mexicana de Luis Buñuel que adapta de forma bien peculiar la inmortal Cumbres borrascosas de Emily Brontë (1847) —tan de actualidad como sabemos debido a una indigna adaptación fílmica—. Como curiosidad, en 1921 el mítico cineasta alemán Ernst Lubitsch dirige Die Bergkatze (The Wildcat), que aquí se traduce como El gato montés, si bien la historia difiere de la Penella —aún teniendo bandoleros de por medio—.
El título de El gato montés proviene de uno de los protagonistas de la trama, Juanillo, apodado así por su condición de bandolero. Una forma de vida que se ve obligado a tomar tras asesinar a un hombre por defender a la gitana a quien ama y que conoce desde su infancia, Soleá. Pasado el tiempo, ésta ha encontrado su felicidad en Rafael Ruiz, un torero que acaba de triunfar en el ruedo madrileño y que va a estrenarse en la Maestranza sevillana. Durante una celebración en casa de Frasquita, madre de Rafael, una gitana adivina leerá la mano del matador y advertirá un trágico final. Será entonces cuando Juanillo regrese para recuperar a Soleá, enfrentándose a Rafael y amenazándole con acabar con su vida si no lo hacen los toros a los que se enfrentara inminentemente. Rafael morirá finalmente en el ruedo sevillano y Soleá, tras enterarse de la noticia, también fallecerá de la impresión. Esta tragedia se remata con la aparición de Juanillo en el velatorio, que se lleva el cuerpo de la difunta a la guarida en la que se esconde, suicidándose antes de caer en manos de sus perseguidores.
Debido a su poderoso argumento y a su extraordinaria partitura, plena de matices, El gato montés continúa fascinando al público, como hemos podido comprobar en esta producción del Teatro de la Zarzuela. Para su puesta de largo, se ha contado con la dirección de escena de Christof Loy, que ha sacado el máximo partido a la obra haciéndola más dinámica e hipnótica si cabe. Esto es también mérito de Mónica Domínguez, encargada del movimiento escénico y, por supuesto, de Penella, que traza un argumento y una música bien entretenidos, evitando la pérdida de atención del público. Destaca la presencia del grupo de niños en las escenas de los gitanos, siempre difícil de manejar y que en este caso funciona a la perfección, logrando el naturalismo de los intérpretes a pesar de su corta edad. La escenografía, a cargo del diseñador Manuel La Casta, ofrece unos escenarios efectivos, depurados al máximo y que permiten concentrar la atención en los personajes. Destacan los muros de su arquitectura como lienzos, primando el blanco encalado de los cortijos andaluces y los tonos cálidos asociados a la arena del ruedo en los momentos en que la tauromaquia cobra protagonismo. El mencionado fondo blanco servirá a su vez como superficie para la proyección de sombras durante el baile gitano, conformando una atmósfera de sombras chinescas e incluso cinematográficas. El vestuario de Robby Duiveman actualiza a los personajes y a la trama sin hacer rechinar al conjunto, logrando su cometido.
En el aspecto musical destaca la batuta de José Miguel Pérez-Sierra, que hizo brillar la partitura de Penella. En el elenco, destacó el barítono David Oller en su papel de Juanillo, cuya efectiva voz de gran sonoridad impuso el carácter dramático del personaje. La soprano Mané Galoyan dotó de colorido a la escena, mientras que el tenor Rodrigo Garull representó sin duda la voz más notable, profunda y envolvente. De expresarse algún pero, podría mencionarse la duración de la obra, tal vez excesiva y que en la representación se hizo todavía más evidente al sobrepasarse el tiempo estimado de duración. No obstante, ésta demostró que El gato montés sigue siendo una de nuestras óperas más impactantes y esplendorosas. Un “gato” que continúa dando señales de fuerza y grandeza.