Opinión

La nueva (a)teología

TRIBUNA

Carlos Díaz | Jueves 11 de junio de 2026

Bajo el poder imperial de los nuevos Poncios Pilatos del God bless America y del In God we trust, barras y estrellas son el sacramento de las infinitas iglesias y sectas norteamericanas de New York. Son el pueblo elegido, escatológico asistido por la divina Providencia frente a los inacabables demonios exteriores. Lo bueno para la General Motors es bueno para los americanos, y esto a su vez óptimo para la humanidad. Blanco, americano y protestante, la unitrinidad wasp. Un norteamericano preso en otro país se canjea por mil del país enemigo. Para los supremacistas ningún Dios tan divino como el Tío Sam, nada más honroso que un marine repatriado en un furgón con honores a la bandera imperial. Semejante Dios menor quiere ser universal, pero sólo es un diosúnculo incensado en los altares y en las alturas. Dólar Mamona, el sacramento entre Dios y el pueblo. La nueva Roma diviniza al emperador, centro de su religiosidad civil. Dios es USA, el más intocable brahmín, cuyo sánscrito ensalza la justicia infinita, eterno new begining tras cada interminable bautismo de fuego en cualquier país del mundo al que haya que robar algo. ¿Es peor para todos que uno saque los ojos a otro, matarlo y enterrarlo, o que de pronto caiga aquí como un rayo su religión de Satán, y tengamos millones de entierros?

Iglesias vacías, estadios llenos de espiritualidad, en el silencioso proceso de desinstitucionalización del hecho religioso ha ido creciendo la levadura de los encuentros de espiritualidad, un movimiento de cansados del tedio religioso que buscan en el panteísmo difuso de su areópago al Dios desconocido. Ya que el Dios de antes no muestra su rostro, cada cual piensa encontrarlo en el Dios aún más desconocido de todos, desesperación teológica que da palos de ciego en la oscuridad de las luces de neón. Las masas se reúnen en multitudinarios escenarios; en provincias españolas pequeñas, como La Rioja, cada año se congregan en el Palacio de Congresos ochocientas personas de variada conscripción, religiosas, sacerdotes, ateos, agnósticos budistas y del Real Madrid. Lo que no logra Dios, tal vez lo logre la gregariedad, cuyo nuevo perfil resulta muy borroso, pues todo vale con tal que se dispare por elevación. Se trata de un sentir inestable, emocional, y sanado de quienes tienen una sed de ultimidad, pero sin imagen divina ni humana concreta, donde los gurús de trivialidades apocalípticas y del “tú puedes” promocionan con moderno márquetin su mesianismo barato. Que las gentes de buena voluntad se reúnan es un deber de humanidad, desde luego; pero que se reúnan no solo para calentar motores subjetivistas de felicidad individual pragmática y funcionalista elevando los ojos al cielo y enlazando las manitas. En cualquier caso, el fenómeno responde a un escapismo egocéntrico y multitudinario con olor a rebaño.

La teología, el estudio de la relación fe-razón se ha desplomado en esta emergencia vacía. Aunque las grandes religiones siguen vigentes con pérdidas, se observa una fatiga institucional que tiende a ser sustituida por movimientos religiosos más desestructurados, ignorando que las religiones no se dan sin sus correspondientes místicas. A la desmistificación secularizadora sigue la desinstitucionalización. a la que a su vez sigue la desmitificación de lo antiguo para meta/desmitificar más. La progresiva disolución de la religiosidad organizada va cediendo su lugar a otra esotérica individualista; el pensamiento mágico vende omnisciencia y omnipotencia capaces de alterar la realidad sin medios causales. A los aprendices de brujo les lavan el cerebro sus venerandos con una mistagogía poseedora de poderes ocultos, cuyos remotos arcanos empoderan: lo normal deviene paranormal y lo paranormal normal. La superstición domina el destino de personas y comunidades, hasta considerar loco a quien queda fuera del círculo de supersticiones, y eso se extiende entre las sociedades primomundistas: el 90% de los franceses consulta en el país de Descartes su horóscopo, y el 21% busca brujos. No en vano escribió Margarette de Yourcenar en sus Memorias de Adriano que los dioses politeístas parecen vigentes sin que el cristianismo se haya instaurado aún.

Esta reducción sodomito/gomorrína de la religión a magia es resultado del auge del subjetivismo, donde lo que cuenta son las propias creencias. El pensamiento mágico genera la convicción de que pensamientos, palabras o actos causarán o evitarán un hecho concreto desafiando las leyes de causa y efecto. Esta distorsión cognitiva se traduce en todo tipo de predicciones y supercherías delirantes contagiosas.

¿Puede el científico estar poseído también por un pensamiento mágico? Ni siquiera falta entre aquellos materialistas supuestamente científicos que, con el atributo de la inerrancia absoluta, atribuyen a la experiencia observacional la única fuente de conocimiento tomando su propia práctica alquímica como una soteriología en toda regla al modo de un animismo materialista. Nada más ideológico que el consenso científico, cuyos paradigmas caen uno tras otro con el tiempo, porque la ciencia también es limitada y sus prejuicios producen distorsiones cognitivas interminables. En casi todos los ámbitos, en fin, se desacredita la religión, como se puede ver en la siguiente lamentable entrada de Wikipedia sobre la capacidad mental del creyente clásico: “existe una correlación negativa entre Coeficiente Intelectual y Religiosidad. ​ En otras palabras: si el CI de una persona es bajo, es más probable que ella sea religiosa. Por eso el pensamiento analítico, deductivo y racional tiende a disminuir las creencias religiosas. Los países más pobres tienden a ser más religiosos. Las religiones juegan un papel sociocultural y moral más activo en estos países. ​ Las religiones en países más ricos se utilizan para aspectos más específicos y espirituales”. Es la misma posición que defendía a capa y espada hace un par de siglos el fundador del positivismo, Auguste Comte.

El pensamiento mágico postpositivista destruye a las personalidades que se protegen contra la supuesta debilidad religiosa y procuran empoderarse con eso que denominan empoderamiento, más de lo mismo. Las personas con pensamiento mágico poseen sin embargo un alto grado de creatividad o lateralidad, y una mayor velocidad neurolingüística a la hora de asociar y relacionar rituales estereotipados de forma obsesivo-compulsiva para librarse de ideas obsesivas que les asaltan de forma repetitiva e insistente. Es la gnosis. Cabe mística con o sin gnosis, con o sin ética, ética con gnosis o mística, ética pragmática de andar por casa, sin que las convergencias ocasionales de unos y otros elementos estén excluidas. Según ello, habría que oponerse a la ideología de la pertenencia, de la identidad, de las verdades absolutas. Frente a la moral de la convicción se contrapone la moral en constante tensión para refutar sus propios postulados y por verificar los del vecino. Paralelamente, a la moral cuyos criterios de valoración son la coherencia, la autenticidad, la autonomía y la realización se opone la moral de la heteronomía, la incoherencia, la prodigalidad, la disolución personal, la instrumentalización, la dilapidación y el despilfarro de sí mismo: bueno no es el acto que se dirige a mi realización, sino el que propicia mi disolución. Contra las ideologías de pertenencia aquí se propone recuperar al individuo de las supuestas garras de la verdad absoluta.

El pensamiento débil piensa modelos desde el escepticismo y la desorientación. Resulta inútil buscar un Sentido unificador de la vida, porque será siempre la extrapolación de un sentido parcial. Pensamiento débil arrastra ética débil, de ahí el crepúsculo del deber y del sacrificio. En el imperio de lo efímero las éticas indoloras están exentas del sentimiento de culpa. Qué felicidad: ya podemos tocar con nuestras manos el paraíso en la tierra.