El Estadio de Gran Canaria y los espacios aledaños se han transformado este jueves en una gran iglesia al aire libre, con 41.000 personas para seguir la misa presidida por el Papa León XIV, en una tarde de sol, cantos y fervor religioso que la isla ha vivido como un acontecimiento histórico.
Donde habitualmente ruge la afición de la UD Las Palmas, una gran plataforma se ha elevado sobre el césped como escenario litúrgico, presidida por las imágenes de la Virgen del Pino y del Cristo de Telde, trasladadas expresamente para la ocasión.
El estadio ha lucido irreconocible. A la izquierda del escenario los coros y la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria han repasado los últimos acordes, mientras las pantallas gigantes mostraban a los artistas locales que en el escenario habilitado en la gran explanada anexa, junto al Gran Canaria Arena, han amenizado las horas previas a la celebración.
Una hora antes del inicio de la misa apenas quedaban asientos libres en las gradas, los pocos que había era donde el sol apretaba con más fuerza. Muchos feligreses llegados de parroquias y comunidades de todas las islas se han acomodado entre mochilas, gorras, abanicos y botellas de agua, con la sensación de estar viviendo una jornada histórica.
Las banderas amarillas y blancas del Vaticano se han mezclado con las enseñas canarias y españolas, las camisetas fluorescentes de los voluntarios y pancartas con mensajes de bienvenida al pontífice.
Cuando el Papamóvil ha asomado por uno de los fondos, el murmullo se ha transformado en clamor y el estadio ha brindado una gran ovación a León XIV, que ha recorrido lentamente el campo durante más de siete minutos, saludando a los fieles y bendiciendo a una decena de niños -la mayoría bebés- que el equipo de seguridad ha acercado hasta el vehículo, mientras la orquesta interpretaba el himno de Canarias y el creado para el viaje apostólico.
El estadio, acostumbrado a los gritos de gol, se ha ido amoldando a otro ritmo mientras el Papa se ha preparado en la sacristía para la liturgia, que ha arrancado con la procesión de ingreso hacia el altar.
Bajo la mirada del Cristo de Telde y de la Virgen del Pino, el Papa ha presidido una misa que ha buscado entrelazar la identidad local con el mensaje universal de la Iglesia, arropado por obispos de las diócesis canarias y delegaciones llegadas de distintos puntos de España.
Entre las autoridades presentes en el estadio se encontraban el ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, y la ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones y portavoz del Gobierno, Elma Saiz.
Las lecturas, los salmos, las peticiones y el Evangelio han corrido a cargo de representantes de distintas parroquias de toda la diócesis de Canarias (Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote y La Graciosa), así como personas de la vida consagrada.
Todo alternado con cantos interpretados por los Coros y Orquesta Filarmónica de Gran Canaria -bajo la batuta de sus directores Adrián Leaper y Marcela Garrón Velarde, respectivamente- y acompañado del organista de la Catedral.
La comunión ha sido la escena más lenta y humana de la tarde. Cuatrocientos ministros extraordinarios se han desplegado por el estadio para repartir las formas consagradas mientras en las pantallas se alternaban primeros planos del altar y panorámicas del mar de fieles.
Las Hermanas de Claraval, una comunidad peruana de vida contemplativa que ocupa el Antiguo Convento de Las Carmelitas Descalzas de Telde, han distribuido la comunión a los asistentes que han seguido la misa desde el césped del estadio.
Con la caída de la tarde ha llegado la despedida. El obispo de Canarias, José Mazuelos, ha dedicado unas palabras al Papa y le ha confesado que en España son "muy de cánticos" para expresarle el agradecimiento de los canarios: "Papa León, te queremos un montón".
La frase ha sido la chispa que ha puesto en pie al estadio entero, que ha dedicado al Papa una ovación que se ha prolongado durante casi tres minutos, mientras en las gradas miles de brazos han comenzado a corear el ya clásico 'pío, pío' canario.
León XIV, visiblemente divertido y conmovido, ha dado las gracias con varios gestos con la mano y, solo cuando el ruido ha empezado a bajar, ha alzado la voz para impartir la bendición final sobre un estadio que por un momento ha parecido no querer dejarle marchar.
Para muchos, el recuerdo que quedará será el de una isla entera respirando al mismo tiempo, por unas horas, bajo la mirada de la Virgen del Pino y del Cristo de Telde y la bendición final de León XIV