Opinión

El discurso de León XIV

TRIBUNA

Núñez Ladevéze | Viernes 12 de junio de 2026

El viaje de León XIV a España es una de las pocas ocasiones en que un Papa se presenta en una Cámara legislativa. En el recuerdo, el discurso de Juan Pablo II en el Parlamento Europeo, donde los eurodiputados verdes aplaudieron con entusiasmo sus referencias al cuidado de la tierra; el de Benedicto XVI en el Parlamento británico y dos del Papa Francisco, que habló al Congreso norteamericano y a la Cámara Europea.

El acto más relevante de las tres etapas de la visita del Pontífice a España es, por la irradiación internacional de su mensaje, el discurso ante las Cortes. Su resonancia histórica trasciende al reducto congresual al que habla, ya que interpela a todo el entorno americano: al Ibérico, donde el Papa aprendió a hablar el español durante cuatro decenios de estancia en Perú; y, por su origen natal y posterior destino, el norteamericano. El Papa se dirige a una nación cuyo papel histórico fue incorporar a la Modernidad los pueblos encontrados en el entonces desconocido continente americano. Una aventura que comenzó significativamente en Canarias, que tuvo continuidad en un proceso de siglos de hispanización, cristianización, posibilitan que hoy se pueda hablar en nombre de la doctrina cristiana a más de mil millones de americanos. Las islas fueron el punto de arranque de la hispanización de los virreinatos españoles y las islas, abnegadas por la inmigración, son el fin del viaje papal donde hablará precisamente de inmigración.

El significado del viaje es tema de debate. No es que lo parezca, es que tanto el gobierno como la oposición tratan de arrimar el ascua a su sardina. Las intenciones de apropiación gubernamentales comenzaron antes de la visita. El proyecto inicial previó que el Papa fuese directamente a Barcelona sin pasar por Madrid. Después se intentó que el Papa fuera recibido por el jefe del Gobierno en la Moncloa, sin tener en cuenta que la visita de un Jefe de Estado ha de ser protocolariamente acogida por un jefe de Estado. El Jefe del Gobierno pasa a ser uno más de los atendidos en un viaje apostólico, lo cual devalúa su protagonismo al diluirse entre tantos a los que el Papa ha de reconocer o saludar. El Rey, como anfitrión, encarna la unidad nacional, representada por las Cortes en su conjunto a las que habló León XIV.

Se comprende que hasta los periódicos hayan rivalizado en comentarios sobre quién es el más beneficiario del discurso. El Papa dijo a Monseñor Camino que quería agradecer a España su aportación histórica. El principal beneficiario del discurso es el respaldo que encuentra la presencia española en América en días en que se discute arteramente su actividad civilizadora, la polémica abierta por López Obrador y mantenida por Shinbaum exigiendo perdón al Rey por el Virreinato de México. Como no es lugar para entrar en esta cuestión me remito al reciente libro de Alberto G. Ibáñez, titulado Hispanoterapia, donde en la excelente Parte II se pueden encontrar abundantes datos sobre las adulteraciones de falsos herederos indigenistas de la empresa del imperio español.

La interpretación con más pretensiones de ecuanimidad, puedo ser la publicada en El País al día siguiente, 8 de junio. Para dejar claro el afán de imparcialidad, el exégeta reproduce el texto original y subraya en amarillo, para que el lector pueda contrastarlos, varios pasajes que merecen su atención. El más significativo se refiere a la presencia española en América. El comentario interpreta como “una clara alusión a la conquista española”, un párrafo del Papa que es una contundente alabanza de una presencia que no pretende ser una conquista sino una actividad civilizadora y evangelizadora que reconoce ab initio la igualdad en dignidad del indígena como miembro de una comunidad universal de seres humanos. El Papa no solo no critica, sino que alaba el esfuerzo del no citado Carlos V, que remite a la Escuela de Salamanca, cinco siglos antes de que el Papa se pronuncie, las dudas del arzobispo del virreinato, Juan de Zumárraga, sobre los excesos que cometían los regidores y comerciantes en Nueva España. Tras examinar la Política de Aristóteles, Francisco de Vitoria responde que la polis aristotélica y la Republica platónica engloban a un grupo cultural humano, no a la universalidad de los seres humanos como predica el cristianismo. Entonces concibió un ius gentium común a todos los hombres, fueran indios, españoles o europeos. Esta primera traslación del concepto cristiano de una comunidad humana universal al plano jurídico, un correlato realista de la Utopía de Moro, concibió totus orbis, qui aliquo modo est una republica. No se propuso perfeccionar la comunidad humana. Utopía era una broma, una crítica a la depravación de la cristiana Inglaterra. Vitoria ealboró un instrumento jurídico para resolver los conflictos que pudieran derivarse de la diversidad cultural y social para establecer los mismos principios de justicia a todas las gentes en un mundo que incubaba ser una universalidad de interdependencias mutuas. No fue lo que hicieron los colonizadores europeos. Clérigos y monjes españoles censuraron los excesos y reclamaron justicia igualando jurídicamente las crueldades indígenas a los atropellos castellanos. Como dice San Agustín, citado por Banderas, “decís vosotros que los tiempos son malos. Sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores". Si el comentarista aspira a mejorar comience asumiendo la aportación de Salamanca como lo que es: un anticipo de la democracia, no como lo que no es, una crítica de León XIV por “no estar a la altura” España cinco siglos antes. Siempre es posible estar más alto en un imperio que hizo del Virreinato un territorio salpicado de intrigas y conflictos de los que los actuales no desmerecen. El derecho tiene por función dirimirlos. Lo importante es que la justicia no ampare las cloacas. Lo sabido es que nunca acabará con los excesos.

Completemos, observando que no discute el Papa si la tecnología es neutral, dice que lo no neutral es su diseño y su uso. No da a entender que sea preferible el control del diseño por el Estado que por la industria privada.