Opinión

Yo sin ti...

TRIBUNA

M. Álvarez | Sábado 13 de junio de 2026

Mientras haya un Tú, yo seré

He de confesar: que en mi opinión y en contra de lo que muchos posiblemente opinan, todo artículo de opinión es mucho más que una demostración racional. En ella confluyen todas las potencias del ser – pensamiento, palabra, obra y voluntad -. En ella el ser se arriesga a mostrase para bien y para mal. Es lo más próximo a su esencia, a su autenticidad.

La diversidad de opiniones, paradójicamente evidencia las carencias de la razón, que a su vez tiene sus razones. Todo esto también nos evidencia que el ser humano es una realidad singular: un insumable y un indivisible, como diría Víktor Frankl.

El “yo” esencial del todo ser humano se muestra, no se demuestra. Toda demostración es el resultado de un proceso causal, cuya causa primordial, la propia razón científica no puede alcanzar.

Dicho esto, y expresado en su mayor profundidad, en la opinión el ser se identifica ante los demás, se descubre sin tapujos y muestra su singularidad. Muchos, sin embargo, se refugian tras argumentos científicos o lógicos y, sin advertirlo, terminan separándose de su propia y singular opinión. Por ello, todo verdadero artículo de opinión lleva impreso un sello de identidad personal que la razón positivista tratará de justificar mediante demostraciones racionales, objetivas e impersonales. Pero una opinión auténtica no nace de una demostración: nace de quien la sostiene. Surge del ser antes que de sus argumentos. En cierto modo, el racionalismo intenta trasladarla del ámbito ontológico al ámbito óntico. Del ser al estar, donde toda singularidad se desvanece.

Sírvame esta breve y tosca exposición, para dar entrada a este artículo y que usted, querido lector, se forme y dé su propia y personal opinión, pero ya le aconsejo que no trate de demostrarla. Cometería inconscientemente un pasito atrás.

Hay momentos en la vida en que uno ya no puede decir “yo” sin estremecerse. Porque ha descubierto que ese “yo” no nace de sí mismo. No es un punto de partida, sino una respuesta. Yo soy porque alguien me ha nombrado: “Tú eres”. Y sin ese “Tú”, mi ser pierde su fundamento.

Esto no es una metáfora sentimental. Es una verdad antropológica y ontológica. La existencia es “Don”. No nos hacemos solos. Y cuando se pierde a quien nos dio su rostro, su voz, su mirada, para que nos reflejemos en él, entonces no solo nos duele la pérdida: se nos tambalea la identidad. En ´ti” empieza mi identificación.

Gabriel Marcel lo dijo con estremecedora lucidez: “Si hubiera un Tú que nos amase eternamente, ni tú ni yo moriríamos.” Y en ese “si hubiera”, se abre toda la esperanza y todo el abismo que estremece al “yo”. Porque todo depende de si ese Tú primordial existe. Si ese Amor es real. Si ese Rostro que nos ha llamado y nos sigue llamando desde los rostros concretos —madre, amante, esposa, hijo, amigo...— permanece más allá del tiempo, más allá de la muerte. Yo sin ti… es entonces más que una frase de duelo. Es una búsqueda radical. Porque cuando el tú desaparece, el yo entra en crisis. Y esa crisis puede devenir en un vacío absoluto o puede abrirse a un Infinito trascendente.

Martin Buber lo intuyó: “El hombre se convierte en yo en la medida en que dice tú.” La relación no es un accidente del ser humano: “es su modo primordial de ser”. Fuera de la relación, no hay “tuidad” ni “yoidad”. Y cuando el tú que me nombra se pierde, la relación se recoge en la memoria, pero aún más: se eleva a plegaria.

Yo sin ti…, es en cierto sentido: un yo vuelto oración. Porque no puedo seguir siendo sin ti. Y si tú ya no estás, solo hay una salida: que exista un Tú mayor que te contenga y que me contenga. Un Tú que guarde en sí todos los tú que hemos amado. Un Tú que no sea finito, ni mortal, ni indiferente.

Emmanuel Mounier lo escribió con luminosa sobriedad: “La persona no se posee: se da”. Y tú, que te diste a mí, sigues dándote en tu ausencia. Tu ausencia no es una falta, sino una presencia transformada. Una promesa que ya no depende del tiempo.

Y es entonces cuando me llega una voz que no invento, una voz que quedó plasmada en la historia del ser humano, una voz que resonó en el tiempo, como si me hubiera sido dada desde siempre: “Padre, aquellos que tú me diste, quiero que donde yo esté, estén también conmigo, para que contemplen mi gloria.” (Jn 17,24)

No es una frase para consolar. Es un acto de voluntad. Una decisión que nace del Amor mismo: que donde Tú estés, estemos también nosotros. Y si eso es verdad —si esa voluntad sostiene el mundo— entonces ya no hay separación definitiva. Entonces la muerte no es más fuerte que la promesa.

Yo sin ti... no es solo nostalgia: es espera fundada. Es una esperanza que no depende de probabilidades, sino de fidelidad.

¿Y no es eso lo más profundamente humano? ¿No es la voluntad —más que la razón— lo que nos define? La razón nos dice: "es imposible". Pero la voluntad libre, que ama, que respira y desea, dice: “yo quiero que seas”, y por eso sigues siendo en mí.

Lo vemos cada día: Una madre que perdona lo imperdonable. Un amante que espera sin señales. Un testigo que muere por fidelidad a una promesa. Nada de eso es razonable. Pero es real. Porque la voluntad, cuando ama, trasciende la lógica del cálculo. Ama más allá de la razón. Y en ese “más allá”, comienza ya el Reino. Pues da más fuerza saberse amado que saberse fuerte. Frase atribuida a Goethe y que en buena parte es un resumen de la antropología relacional que posteriormente desarrollarían Marcel, Buber y Mounier.

Levinas lo decía con radicalidad ética: “El rostro del otro me obliga.” Y tiene razón. No me lo explico. No lo razono. Pero me transforma. Porque soy responsable de ti, incluso más allá de tu presencia. Sí, tremenda expresión del Yo transitivo. Del Yo que se liga al destino del Tú primordial. Entrega radical. Acto que reta y vence a la muerte. De ahí que tampoco nunca morimos solos. Toda muerte para ser consumada ha de romper esa promesa de fidelidad relacional primordial de: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos.” (Mt 28,20).