Opinión

El deseo del verano

NOCHES DEL SACROMONTE

Ricardo Franco | Sábado 13 de junio de 2026

"¿No habéis querido volver

a lo que no habéis perdido?

¿No habéis cerrado los ojos

fugándoos del instante,

pensando que está marchito?" —Evasión. José Hierro—

Nunca somos demasiado viejos para haber olvidado aquellos primeros días del oceánico verano, las tardes de playa, las caminatas sin prisa por la comisura azul de la gran boca marina, devoradora de miradas y de anhelos. Éramos niños; niños sin la triste experiencia del decadente agosto en la capital y el inevitable advenimiento del horario férreo y los madrugones. Éramos niños. Y en nuestra natura inconsciente encendíase una pasión desbocada e incansable por vivir a lo grande, a lo ancho, a lo largo del extenso tiempo vacacional: promesa temporal de lo eterno.

Éramos niños. Nadie nos obligaba a distraernos; nadie nos obligaba a la cordura moral, a la rectitud del horario y la madurez, debidamente planchada. Éramos niños, y el aburrimiento no degeneraba en traumático trastorno, sino en incentivo para la aventura, la imaginación, el juego, la trama y la buena vida de quien desconoce el reloj y carece de problemas para pensar en todas esas utopías adultas; las del hombre maduro, serio, estratega amargado y entregado a la idolatría del éxito y del deber; el maduro interesante disfrazado de regresión adolescente, con muchas ideas y pocos recursos para la alegría y la convivencia.

Por eso, entre el niño sin otro ideal que el de vivir, "el niño de luz (que) se irá quemando... ", como describiera Lorca al viejo Adán y el hombre hecho a sí mismo, a su propio escepticismo, encontramos un deseo inconmensurable e insatisfecho: el del corazón mismo llamado a la plenitud. Un deseo sin horma, sin límite ni interpretación posible. Un deseo sin taras ni trazas de la decadencia que, después, después de cincuenta o sesenta veranos, muere en la asfixia del adulto, obcecado en la reducción del misterio a normas, reglas, honor, luchas de poder y medallas de oro con la queja grabada del "yo tengo razon".

Si en algún momento pudiéramos volver a aquellos días nuevos; días sin sombra de lo caduco y de las responsabilidades más absurdas, quizà comprendiéramos el valor de un alma sin fondo, cuya única finalidad fue la de crecer sin matar al infante, a la princesa y al bendito anhelo que albergaban en su pecho: "el almario" de Manuel Alcántara, el "castillo interior" de Teresa de Cepeda, el latido supremo, mágico, primordial, sorpresivo, en la barriga de una nobel matriarca, entelerida de asombro y temor.

Pero —ay—, y cómo volver; cómo retornar a aquella ligereza infantil, a aquella despreocupada manera de ser en el Ser materno, en los brazos paternos, si apenas ya nada nos sorprende, nada nos atrae, nada nos despierta de nuestro esquemático sueño monetario e ideológico y, además, tampoco creemos en los milagros ni en la sorpresa de ser liberados del mareante eterno retorno a la esclavitud existencial de la renta per cápita.

"Si no os hacéis como niños... ", dijo el nazareno a tecnócratas y gestores del fracaso. No habló de moral, de rectitud, de honorabilidad ni de ninguna de esas cosas a las que aspira el entristecido señor de la madurez y sus negocios. Como niños, no como sombras ausentes del mundo, o como dictadores de moqueta, que luego vienen y van por las grises aceras capitalinas y cuyo único anhelo es esconderse detrás de una pantalla, fugarse, dormitar en un túnel de Metro donde el frío ha engullido aquellos días felices sin turnos, sin prisas, sin sumisiones, y sin la dolorosa acechanza mortal de otra jornada en la que parece todo roto. Que falta una pieza en el lugar donde queda un vacío. Que falta un descanso. Y que falta, sobre todo, el amor.