Opinión

Desmenuzar el fantasma

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 14 de junio de 2026

Uno se pone en la situación de la narradora. Se nos concede una beca literaria. Asistimos al lugar donde se realizará la misma, una casa en la Costa Brava, de localización envidiable y atmósfera creativa y sugestiva. Comenzamos la labor de investigación, pues la narradora, como puntualiza en uno de los párrafos, es periodista y no escritora, aunque esta división se irá diluyendo a medida que avance la pesquisa. Encontramos alicientes aquí y allá que nos motivan en nuestro propósito, tan literarios como mundanos, pero ligados a lo mismo. No conseguimos algo fuerte, sólido, que nos diga, ah, este es el hilo, de él he de ir tirando hasta que saque de su escondite lo necesario para que esto avance. Uno no avanza. Tantea, da con los famosos palos de ciego, pero, ¿es que acaso puede conseguir algo más? ¿Qué puede hacerse con lo inconcreto, con lo inventado de más sobre algo que sí, por supuesto que sucedió, pero que ha adquirido tal grado de realidad-irreal que es imposible comprobar lo que verdaderamente fue y tuvo lugar?

Es fácil pensar que todos los nombres insignes y excéntricos de la historia de la literatura cuentan con episodios vitales en su haber que darían para embalses de tinta. Pero ninguno escapó tampoco de lo anodino y lo corriente, lo que no levantó vuelo alguno y las frases o estancias que pasaron de largo.

En su excelente crónica La dificultad del fantasma. Truman Capote en la Costa Brava, Leila Guerriero da cuenta de cómo la irrelevancia aprende a darse la mano con la grandiosidad. Durante tres años, desde el verano de 1960 al de 1962, Capote se ausentó de su vida palaciega neoyorquina para centrarse en el objetivo con el que se jugaría la gloria literaria mundial y la cordura: terminar el manuscrito de la novela de no ficción A sangre fría. Entonces, comenta Guerriero, ya se dio el pulso entre realidad y ficción muy vivamente. Capote postergó su finalización, pues esperaba que la realidad virase a su favor, cosa que no sucedió, y el clima de atenciones mantenidas entre sus protagonistas condenados a muerte, Dick y Perry, su editorial, sus amistades, y todo aquel que mantuviera en vilo el desarrollo de su escritura, ahogó al autor en años posteriores de ego mal avenido, incapacidad de remontar, alcohol, pastillas. Genialidad maltratada, en suma. Nunca volvería a ser el escritor que fue. Palamós, en cambio, y la casa de Sanià, siguieron tal y como estaban. Algunos recordarían al norteamericano maricón, bajito, un poco raro, pero muy amable, dejando siempre propinas, pero años después resultaría tan complicado encontrar testimonios fiables como sencillo sería dar con relatos deformados de sus estancias en la costa catalana.

Guerriero despliega sus mejores recursos y se transforma en una escritora más, conmovida por el paisaje que rodea la residencia literaria, por lo entrometidas que resultan sus preguntas a las gentes del pueblo que colaboran, pero más en aumentar el anecdotario que en posibilitar esclarecimiento alguno. La dificultad del fantasma es un libro que nace de lo exhaustivo a la sombra de creaciones mayores, refiriéndonos a su anterior libro, y en contraposición, entregando una sutileza y conjunto de referencias que hacen las delicias de todo el que desee saber cómo los mitos siguen vivos y se malean a placer, al servicio de todo el que quiera poner la oreja y su imaginación a disposición de enterados y equívocos. Contar y escribir, al fin y al cabo, no suelen ser sinónimos de lo fidedigno y lo real. Uno siente que por las páginas de este libro se escurre una presencia que no va a dejarse atrapar, porque su principio y su final son idénticos, polvo y literatura que se marchan al compás de las olas y las noches.