Como idioma internacional, el español ocupa destacadamente el segundo lugar del mundo. Cerca de 600 millones de personas lo hablamos en una treintena de países. La decisión de la FIFA de negar preguntas en español durante las ruedas de prensa del Mundial ha provocado una airada reacción encabezada por México. Resulta que México es una de las tres naciones organizadoras del Campeonato y que su idioma oficial es el español. Más de 139 millones de mexicanos se expresan en el idioma de Cervantes y Octavio Paz. Si a esta cifra añadimos los más de 60 millones de estadounidenses cuyo idioma nativo es el español, se comprenderá hasta qué punto las reacciones provocadas por una FIFA, dominada por el francés, ha producido en muy diversas esferas del Mundial.
Para colmo, España es una de las siete naciones vencedoras de un Campeonato del Mundo de fútbol. Y también lo han sido otras dos naciones hispanohablantes: Argentina y Uruguay. La indignación de la Academia Mexicana de la Lengua y de algunos escritores mexicanos como Gonzalo Celorio, último Premio Cervantes, ha explotado en los medios de comunicación de toda América.
Nadie discute la superioridad del inglés como idioma internacional. Pero a muchos irrita que el español haya destronado al francés y esté considerado hoy como el segundo idioma internacional del mundo. El chino mandarín lo hablan más personas que el español, pero no es un idioma internacional.
No hay que convertir lo sucedido en el Mundial en una afrenta de gravedad. Es sencillamente una estupidez. No hay quien pare el desarrollo del idioma de García Lorca y Jorge Luis Borges en el mundo. Se trata de una realidad cultural incuestionable. Y con la debida moderación, con prudencia y equilibrio, conviene mantener la lengua de San Juan de la Cruz y Pablo Neruda en el lugar que le corresponde.