Opinión

Y parece que fue ayer, o el eterno retorno del desencanto

TRIBUNA

Antonio Robles Ortega | Lunes 15 de junio de 2026

Como arrastra la espuma de las olas en la orilla del mar un rostro de arena, hasta que, lenta pero inexorablemente, su silueta se borra y desaparece, así también se desvanecen una y otra vez las ilusiones de cambio de la sociedad española. Como es bien sabido, si ignoramos la historia estamos condenados a repetirla. A que no suceda esto último está dedicando su torrente de publicaciones últimas el magistrado emérito del Tribunal Constitucional, el profesor Andrés Ollero, que presenta en el Ateneo de Madrid el próximo martes dieciséis de junio su último libro, recientemente publicado por Tirant lo Blanch, en el que analiza el agotamiento de las esperanzas de cambio que trajo a nuestro país el socialismo liderado por Felipe González. No es solamente el caso del hermano de Alfonso Guerra, gestionando favores desde su oficina sevillana, sino especialmente la corrupción desatada al calor de los tres grandes acontecimientos de aquella fecha emblemática del 92: La Expo Universal en Sevilla, la inauguración de la Alta Velocidad, la Olimpíada de Barcelona.

La IV y V Legislaturas (1989-1996) reclaman en este libro una atención especial de quien fue durante más de diecisiete años destacado parlamentario en el Congreso de los Diputados, para regalarnos, desde la atalaya de su dilatada experiencia, una lección contada con la estoica ironía sevillana que caracteriza su discurso, y proponer una respuesta a la pregunta que muchos nos seguimos haciendo: ¿para qué sirve un diputado, aparte de apretar el botón que le ordene su partido en cada votación parlamentaria? Enseñar con el ejemplo es lo que hace el autor a lo largo de las más de doscientas páginas del libro, haciendo un guiño satírico a quienes, ejerciendo actualmente de parlamentarios, se animen de verdad “a atarearse”. A mí me encanta este señor. Tal vez porque, como decía mi admirado Edgar Morin, el eminente pensador francés recientemente fallecido a los ciento cuatro años, para hacer la necesaria tarea crítica de una institución u organización es conveniente estar dentro y fuera al mismo tiempo, o sea, ser libre de esa misma organización.

Andrés Ollero lo ha sido siempre, como expongo en otro artículo ya publicado por El Imparcial y titulado “Una vida lograda”. Catedrático universitario de prestigio, sirve a la docencia durante muchos años desde la independencia política. Cuando más tarde se decide a atarearse en el campo de la actividad parlamentaria lo hace con el rigor, la gracia e inteligencia perspicaz de las que dan sobrado testimonio estas páginas. Su paso por el Tribunal Constitucional es igualmente un ejemplo a imitar de independencia partidista, como demuestra la auditoría que ha hecho de su propia labor en este campo en otra de sus publicaciones recientes. En los últimos años el actual Secretario General del Instituto de España, fiel a sus profundas convicciones democráticas, ha emprendido la imponderable labor de auditoría de su propia actividad política, como parlamentario, como magistrado emérito del Constitucional, para así poder hacer propuestas de regeneración y mejora de nuestras instituciones jurídicas y políticas tras haber conocido por dentro sus errores y desviaciones.

No puede ser que la Constitución no tenga prevista la acción a emprender contra un gobierno como el actual que deja pasar tres años sin presentar los presupuestos generales , a lo que le obliga la misma Constitución cada ejercicio anual. Ni se pueda actuar contra la práctica sistemática de evitar la rendición de cuentas del Ejecutivo ante el Legislativo. Si la tentación de colonizar las instituciones y los cuerpos de funcionarios desde el poder, controlar políticamente la actividad de jueces y fiscales ya ocurría en la época que analiza el autor, no se entiende que no se tomen las medidas oportunas para evitar que siga sucediendo y con un grado exponencial verdaderamente alarmante en nuestros días. Ni tampoco puede permitirse una sociedad democrática estar en manos de gobernantes asediados cada día por nuevas imputaciones judiciales por corrupción generalizada y constante, desde el nepotismo más obsceno y vulgar hasta la práctica cleptocrática mucho más compleja y profunda en las más altas instancias del Gobierno. Y aquí no vale la acusación recíproca de los principales partidos que se reprochan mutuamente, intentando legitimar la propia perversión con las maldades pasadas del otro.

La Expo 92 y las constantes evasivas de rendición de cuentas por parte de sus responsables se quedan pequeñas ante el inaceptable manejo torticero de los fondos públicos en la actualidad: partidas millonarias de un capítulo a otro sin autorización del Congreso ni Ley de Presupuestos, fondos europeos destinados a fines ajenos a su objetivo, secretarios generales del PSOE y ministros procesados, pendientes de condena por cobrar comisiones a cambio de adjudicación de contratos, la propia esposa del presidente y su hermano teniendo que rendir cuentas ante los jueces…En fin, el viaje que recorremos con Andrés Ollero nos lleva a la siguiente estación, tras abandonar la Isla de Cartuja y la Exposición Universal de 1992. El próximo tramo del recorrido al que nos invita el autor, así como el siguiente, centrados en el mundo educativo y universitario respectivamente, cortos tal vez si se miden por la extensión de las páginas que les dedica en comparación con el capítulo anterior, son inmensamente largos y profundos cuando, como es mi caso, se ha cabalgado a través de ellos hace treinta años.

Las reformas socialistas en la educación centradas en la polémica LOGSE (Ley de Ordenación General del Sistema Educativo), con su defensa del modelo comprensivo de enseñanza, la desarticulación de los cuerpos docentes de excelencia como el Cuerpo de Catedráticos de Bachillerato, el desmantelamiento de una Inspección Educativa basada en la especialización y en la profesionalidad e independencia de sus miembros para ocuparla desde el poder por personas reclutadas por afinidad política e ideológica, la sustitución de un Cuerpo de Directores por mecanismos titubeantes en su formato pero que permitieran la designación directa o indirecta de los responsables de los centros escolares, son medidas, entre otras, que atacaron frontalmente los principios de mérito y capacidad para sustituirlos por el adocenamiento y la domesticación en un magma de mediocridad.

Fue duro el camino para alquien, como el que escribe estas líneas, que perteneció al extinto Cuerpo de Catedráticos de Bachillerato, fue Director de Instituto, prestó servicios como Inspector de Educación mientras compatibilizaba sus tareas docentes con su dedicación a la Universidad durante casi cuatro décadas, orgulloso de haberse presentado año tras año a su alumnado con la promesa de un único voto: ni castidad ni obediencia , la pobreza va de suyo en la profesión docente, pero con el único juramento por el voto de independencia partidista o política que he mantenido hasta mi jubilación. En este campo he sufrido la endogamia y mediocridad de la que habla Ollero, que propiciaron las reformas socialistas y que aún perdura de manera escandalosa, las contradicciones entre la universidad pública y la privada ante cuya alternativa los pronunciamientos de cada cual se contradicen notoriamente con su práctica personal y familiar. En aquellos debates recuerda con jocosa hilaridad el portavoz en la Comisión de Educación que a los socialistas en general les preocupaba que estos nuevos centros universitarios fueran privados, a los populares en cambio lo que les preocupaba es que fueran verdaderamente universitarios, de calidad científica y docente.

Por eso admiro especialmente el testimonio de alguien, como el parlamentario Ollero, que nos regala en sus páginas cumplida y divertida noticia del tozudo trabajo que exige la tarea de una auténtica oposición parlamentaria, que te obliga, como confiesa un sus párrafos finales, a una insistente machaconería para hacer frente a los continuos intentos de opacidad y omisión de quienes manejan el poder político. Laudeamus igitur, resaltemos una vez más el valor y el ejemplo que nos ofrece en este nuevo trabajo quien se esfuerza en que no olvidemos la historia para no estar condenados a repetirla de nuevo, con el amargo sabor de la tragedia de corrupción que estamos presenciando en el presente. Hagamos honor igualmente a las sabias palabras que hemos oído estos afortunados días de boca del Papa León XIV en favor del humanismo cristiano, y no permitamos que las olas del olvido del pasado, de la servidumbre a los peligros de la inteligencia artificial, así como del enfrentamiento interesado entre los ciudadanos, borren a la persona de la faz de la tierra, como la espuma de las olas un rostro en la arena.