Hace no muchas fechas se celebró, en las Cortes de Aragón, y en presencia del Presidente de la Comunidad Autónoma, un homenaje al letrado José Tudela, como el lector sabe Secretario General de la Fundación Giménez Abad. Transcribo los términos de mi intervención en tal acto. Reitero así en las páginas de este Cuaderno, aunque de modo más completo, mi reconocimiento más sincero a su memoria.
Cuando hace unas pocas fechas intervine en la presentación del último libro de José Tudela, no podía imaginar que ya nunca volvería a elogiarlo en su presencia. Pepe era nieto de aquel José Tudela al que José Ortega y Gasset inmortalizó en un recuadro de El Espectador («Pepe Tudela vuelve a la Mesta»), presentándolo como ejemplo de esos españoles de provincias que actuaban como adelantados en la reconstrucción de España y agentes de su modernización. El discípulo de Ortega al que el maestro visita en su excursión a Soria era, como nuestro Pepe Tudela, una muestra de esas élites provinciales en las que Ortega confiaba para revitalizar la patria.
Pepe Tudela, al frente de la Fundación Manuel Giménez Abad, desde Zaragoza, pero con proyección para toda España, llevó a cabo una ingente labor en el estudio de nuestro parlamentarismo y de la descentralización territorial. La suya fue, en efecto, una obra bien hecha: una aportación absolutamente relevante, desarrollada con independencia y con una elevada exigencia académica. Basta consultar sus archivos videográficos para constatar la trascendencia de la empresa intelectual creada por el letrado José Tudela. No hay cuestión relevante de nuestro derecho público ni problema significativo de la vida política española que no haya sido tratado —sin discriminación ni sesgo ideológico alguno— en los seminarios, conferencias o publicaciones de la Fundación Giménez Abad. No en vano fue una aventura auspiciada en sus comienzos por Eduardo García de Enterría y Francisco Rubio Llorente, y en la que desde entonces han participado nuestros mejores especialistas.
Tuve la fortuna de acompañar a José Tudela en múltiples ocasiones, comenzando por el seminario que impartí sobre pensamiento federal español, con atención a las figuras de Azaola, Solé Tura y Trujillo. En otra ocasión debatí con Eliseo Aja acerca de nuestras respectivas visiones del Estado autonómico. Y fueron muchas las veces en que coincidí allí con Luis Ortega Álvarez, también con Francisco Balaguer, Ana Carmona, Paloma Biglino, Javier García Roca o Roberto Blanco, por no hablar de mis comparecencias junto al propio Rubio Llorente, Manuel Aragón Reyes, Santiago Muñoz Machado o Francesc de Carreras. La Fundación acogió desde sus orígenes nuestro seminario sobre el Estado autonómico de los veranos de La Cristalera, en Miraflores de la Sierra, y no puedo olvidar tampoco su patrocinio de un curso sobre pensamiento político de posguerra que dirigimos Joseba Arregi y yo en un ya lejano verano donostiarra. Acompañé siempre a Pepe Tudela, participando incluso en el jurado de los premios de la Fundación sobre el Estado autonómico. Recuerdo con nostalgia aquellas reuniones en el restaurante navarro de la calle Fortuny, a las que nunca faltaban ni Lorenzo Martín-Retortillo ni Luis Ortega. Nada detenía al incansable José Tudela. Ni siquiera la covid interrumpió su actividad. Tampoco se detuvo la labor editorial, primero en la propia Fundación y después a través de la excelente colección publicada con Marcial Pons, cuyas monografías constituyen hoy un testimonio imprescindible del constitucionalismo español contemporáneo, nutrido en buena parte por una generación joven que ha respondido a la convocatoria de Tudela.
Pero la figura del letrado y profesor José Tudela no quedará ligada únicamente a su labor en la Fundación, sino también a su propia contribución académica, en la que conjugaba admirablemente el rigor y el detalle del análisis con el intento de penetrar en el significado profundo de aquello que estudiaba. Afrontaba los problemas atendiendo a su desarrollo concreto, a sus diferentes facetas o rostros, en un sentido que cabría llamar arendtiano. Pero Tudela tampoco rechazaba la tentación unamuniana de pensar que, ante los problemas profundos, lo verdaderamente importante es atender a sus causas estructurales: fijarse, decía don Miguel, «en los ojos de la esfinge» y no en «las cerdas».
La personalidad de Tudela era realmente poliédrica. Fue un excelente conocedor de la realidad iberoamericana, cuyos parlamentos —en su condición de letrado— recibieron con frecuencia su apreciada labor de asesoramiento. Su biografía debe destacar también su condición de viajero impenitente, siempre con Pilar, experiencia que reflejó en libros posteriores dedicados a paisajes y culturas a menudo exóticas. Era asimismo un apasionado coleccionista de libros, especialmente de autores españoles exiliados. Guardo como una joya el ejemplar de “El abrazo de los muertos” de José de Arteche que adquirió para mí en alguna librería de viejo. Yo evocaría la descripción del escritor guipuzcoano de los páramos turolenses en un acto de homenaje en esta sede hace muchos años a la memoria del letrado Manuel Giménez Abad asesinado por ETA.
Creo que su último libro, En defensa del Estado de derecho, corona su obra dedicada al estudio del Estado autonómico y del sistema parlamentario español, enriquecida además por una dilatada experiencia profesional, pues fue durante varios años letrado mayor de las Cortes de Aragón. Resulta muy difícil no compartir sus preocupaciones por la salud institucional de nuestro sistema político: la sobreactuación de la idea de democracia en detrimento del Estado de derecho y la creciente presidencialización de nuestra forma política, en perjuicio del régimen parlamentario por el que opta la Constitución. Tudela somete nuestro sistema parlamentario a un escrutinio implacable y critica lo que denomina «democracia confrontativa».
Y, en lo que respecta a nuestro sistema autonómico —del que era uno de sus expertos indiscutibles—, Tudela advertía, con espíritu conciliador, del riesgo que entrañaban determinadas concesiones del Gobierno a los independentistas, aunque al mismo tiempo apreciaba la aparición de una nueva situación más cauterizadora y esperanzadora.
En el libro resuenan, además, argumentos difíciles de refutar. Así, la defensa del derecho del Estado a defenderse frente al desafío del procés. No se trató, como acertadamente sostiene Tudela, de una actuación politizada, de lawfare o de una intromisión judicial en la esfera política, sino de una reacción inevitable y proporcionada de autodefensa del Estado, ejecutada con prudencia y escrupulosidad por el Tribunal Supremo.
Tudela rechazaba igualmente el argumento de la autodeterminación, tanto desde el punto de vista jurídico —por entender que constituye una torpe traslación de la idea de que la democracia está por encima de la Constitución— como desde el político.
Por último, la reflexión de José Tudela insistía en la necesidad de que una eventual reforma constitucional reforzase el significado integrador de la Norma Fundamental. Reconozcamos —venía a concluir el profesor Tudela—, la pluralidad nacional existente, y hagamos sitio a Cataluña dentro de ella.
Maravilla, esta es la verdad, que la labor de Tudela la pudiese realizar un hombre solo, aunque eso sí secundado por un equipo, capaz y constante en la Fundación. Mucho puede explicarse por los rasgos de su personalidad: su bonhomía y su afabilidad eran proverbiales.