Editorial

El gran cacique o el desprecio de Sánchez a la soberanía popular y a la propia democracia

EDITORIAL

EL IMPARCIAL | Miércoles 17 de junio de 2026

El Congreso de los Diputados se ha convertido en un campo de minas para el Gobierno. Su minoría parlamentaria arroja un balance desolador: una cuarentena de votaciones perdidas en iniciativas legislativas debatidas en sesión plenaria, una decena de decretos ley rechazados, otros dos proyectos de ley que no prosperaron, siete proposiciones de ley impulsadas por el PSOE que cayeron en la primera votación así como seis iniciativas legislativas que también cayeron. Y, naturalmente, los Presupuestos Generales del Estado que, a pesar de estar obligado por la Constitución, el Gobierno ni siquiera ha presentado en toda la legislatura a sabiendas de que serían rechazados por el Hemiciclo.

Pedro Sánchez, a pesar de perder las elecciones generales en 2023, fue investido presidente gracias a la soberanía popular representada en el Hemiciclo, su gran argumento para justificar la legitimidad de su Presidencia. Y así era por entonces. Ya no. Ahora, se enroca en el poder a pesar de haber perdido los apoyos que le llevaron a La Moncloa. Y para seguir adelante, se agarra al clavo ardiendo de tener en exclusiva la prerrogativa de disolver las Cortes y convocar elecciones.

Y después de perderla, el presidente ya ni menciona la soberanía popular. Ahora no es más que un lastre. Un desprecio a la democracia le ha llevado a vetar las enmiendas presentadas en el Congreso por Junts y el PP que instaban al jefe del Ejecutivo a "proponer la disolución de las Cortes Generales y convocar elecciones, de conformidad con la prerrogativa que le confiere la legislación vigente”. Pero en su última cacicada como presidenta de la Cámara, Francina Armengol, ha prohibido la votación de las enmiendas gracias a la mayoría que ostenta en la Mesa del Congreso con el apoyo de Sumar.

Para Pedro Sánchez y Francina Armengol, la soberanía popular sólo cuenta cuando apoya al Gobierno. En caso contrario, se oculta o se aplasta desde la Mesa del Congreso. Y si el presidente del Gobierno quiere mantenerse en el poder hasta 2027 y más allá no permite ni que se rechiste (o vote) tal decisión.

El Congreso de los Diputados es un páramo, un escenario que sólo sirve para que Pedro Sánchez y Núñez Feijóo se crucen insultos los miércoles, mientras el resto del Hemiciclo asiste al vodevil entre bostezos y pataleos. El Gobierno, eso sí, ha logrado que no importe lo que ocurre en el Hemiciclo. Le basta el Consejo de Ministros para endilgar decretazos y aprobar cualquier ocurrencia que nunca sería apoyada en el Parlamento. Ni soberanía popular, ni democracia. En España manda el “One” por las buenas o por las malas. Sobre todo, por las malas. Y, así hasta 2027. Hay que esperar que nunca más allá.

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