Cultura

La ciudad como escenario de la ficción narrativa: Valencia en el espejo de la literatura, de Francisco López Porcal

RESEÑA

Javier Mateo Hidalgo | Miércoles 17 de junio de 2026

En ocasiones, la importancia que presentan determinados escenarios en el desarrollo de una trama novelesca los convierten en un personaje más de la historia. En la historia de la literatura española, como sucede en otras partes del mundo, las ciudades de su geografía se vuelven relevantes a raíz de la expansión de las metrópolis industriales, a mediados del s. XIX. Tal es así que toman “vida propia”, influyendo en la vida de sus ciudadanos. Se puede hablar incluso de la urbe como un “estado de ánimo” donde el individuo “proyecta sus sentimientos en el paisaje y éste le replica condicionado por su comportamiento”. La ciudad acaba reinventándose hasta no poderse distinguir dónde empieza la ficción y termina la realidad. Para quien la habita, se genera un espacio imaginario dentro del real fruto de las numerosas lecturas que han tratado dicho enclave, en constante reescritura.

Si bien determinadas ciudades como Madrid y Barcelona poseen un incontestable fondo literario —de Benito Pérez Galdós a Eduardo Mendoza—, otras como Valencia han tenido quien la escriba —como diría Gabriel García Márquez—, aunque su conjunto literario permanece aún un tanto difuso. “El imaginario de la ciudad de Valencia es tan amplio como desconocido”, asegura Francisco López Porcal (Valencia, 1957), licenciado en Filología Hispánica y DEA (Diploma Estudios Avanzados), Doctor por la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia, colaborador en prensa y radio y novelista. Él es uno de los actuales impulsores de la recuperación histórica y literaria de Valencia como espacio narrativo, pues no solo defendió en su Tesis los imaginarios en el espacio ciudadano y sus conexiones con el discurso ficcional de la novela, sino que a través de sus artículos en periódicos, revistas y plataformas académicas, opiniones vertidas en medios como 99.9 Valencia Radio, ensayos como La Valencia literaria desde el espacio narrativo (UNED Valencia, 2018) o novelas como Atrapados en el umbral (Sargantana, 2019) y La ciudad de las vanidades (Sargantana, 2022) ha buscado subrayar la importancia de esta cuestión a fin de enmendar dicho problema.

Prosiguiendo con su labor, ha logrado un nuevo e importante hito: la publicación del ensayo Valencia en el espejo de la literatura. Un caleidoscopio de imágenes plurales y destellos fragmentados (Editorial Sargantana y Ajuntament de València, 2026). Dicho volumen “reúne una selección de quince obras literarias escritas tanto en castellano como en valenciano”, publicadas en distintas épocas y que demuestran que la ciudad del Turia está a la altura de otras de nuestro país en importancia literaria. Un trabajo bien valioso el de Porcal, radicando su importancia en constituir “el germen del proyecto de la ruta de esculturas de personajes literarios que lleva a cabo la Concejalía de Acción Cultural, Patrimonio y Recursos Culturales del Ayuntamiento de Valencia”. Dicha iniciativa busca “acercar al gran público aquellas figuras de ficción más destacadas del imaginario de la ciudad”. Es de elogiar tal iniciativa puesta en marcha por el autor y la institución, que situará en el mapa cultural con mayor visibilidad si cabe a esta región mediterránea tan crucial en términos históricos y artísticos.

El título de Valencia en el espejo de la literatura tiene una explicación literaria, pues la superficie pulida mencionada en él tiene un sentido de ejemplaridad en obras como L’Espill o Llibre de les dones de Jaume Roig (ca. 1460) —primera en ser estudiada en el presente volumen—. De este modo, se efectúa una juego doble: por un lado, situando a la ciudad como espacio representado por distintos e importantes autores en diferentes épocas, reivindicando su trascendencia; por otro, señalándola como ejemplo a imitar por sus virtudes. La heterogénea lista de obras escogidas se ordena por fecha de publicación, respondiendo a un criterio de selección que destaca por “la garra y solidez de unos personajes en detrimento de otros”. Éstos se describen minuciosamente en “rasgos”, “esencia psicológica”, “código de actuación”, “orientación alegórica” y “trayectoria vital”, “aspecto físico” e “indumentaria”. También se incluye una “cartografía espacial” valorando el “espacio urbano”. Cada obra se explica “su sinopsis y contextualización respecto a los movimientos literarios a los que pertenecen”.

De la citada de Roig resalta su naturaleza versificada, más en la tradición morisca que trovadoresca. Su carácter de “falsa autobiografía” se enclava dentro de la tradición literaria de la picaresca, siendo anterior a la anónima Lazarillo de Tormes (1554). La obra supone —no sin polémica— una “implacable y cruda crítica hacia las mujeres, en la línea de la misoginia preponderante de la Edad Media”. Respecto a las localizaciones espaciales presentes en la obra y reconocibles para el lector, destacan el Hospital d’En Clapers, la Plaza de la Compañía, los baños del Almirante o la plaza del Mercado.

Los locos de Valencia (1620) fue escrita por Félix Lope de Vega y Carpio (1562-1635) en la Valencia de 1588, tras el destierro provocado por el despecho hacia Elena Osorio. Allí recoge la influencia del teatro italiano, concibiendo un conjunto de obras que incluyen la presente o La viuda valenciana. Los locos de Valencia supone una comedia de enredo y diversión, teniendo como tema “el amoroso, en una locura fingida o verdadera”. El escenario escogido es el antiguo Hospital de los Pobres Inocentes, creado gracias al religioso mercedario fray Gilabert Jofré. Floriano será el protagonista indiscutible de la obra, refugiándose en el hospital haciéndose pasar por loco. Erífila es la otra gran protagonista, también interna en el lugar como falsa loca, surgiendo el amor entre ambos.

La campana de la unión (1866), novela romántica escrita por Vicente Boix, nos traslada a una Valencia medieval donde tienen lugar enfrentamientos civiles entre los reinos de Valencia y Aragón. La razón: la decisión del rey Pedro IV de Aragón de imponer a su hija Constanza como heredera al trono de la Corona de Aragón, en contra de los derechos dinásticos del infante Jaime, hermano del rey. El líder de esta revuelta será el joven maese Marsal, quien finalmente será ajusticiado. Su carácter heroico le lleva a aceptar su destino enfrentándose con su verdugo: el rey. También el amor que siente por Estrella, la otra protagonista, será propio de la literatura decimonónica, junto con el exotismo y el carácter histórico. La campana de la Unión que da título al libro es el símbolo de los insurrectos, fundida por orden del rey y dada a beber como líquido hirviendo a los insurrectos como castigo. Entre los espacios descritos destacan el Consejo de la ciudad, la Seo, la calle mayor de San Nicolás —actual Caballeros—, la plaza del Mercado y del palacio del Real, la plazuela de San Jorge —hoy Rodrigo Botet— o la calle de la Sharea.

A continuación, llegan cuatro novelas fundamentales de Vicente Blasco Ibáñez. La primera, Arroz y tartana (1894), es tal vez aquella en la que su autor mejor describe “la vida de la ciudad en las postrimerías del siglo XIX en su tránsito al XX”, retratando “la vida de los estratos populares, las clases medias y la burguesía”. Con su mirada naturalista relata la historia de una arrogante familia encabezada por doña Manuela, “que lucha por aparentar una vida de lujo y derroche”. Frente a esa visión de las cosas, su hermano Juan Fora destaca por la austeridad y sentido común. También esa visión urbana y burguesa de la protagonista se confronta con la de otro personaje: la tía Quica, rural y huertana. Así, el título opone el “arroz” como el recurso básico de las familias humildes con la “tartana”, carruaje tirado por caballos que simboliza el estatus, lujo y apariencia. En el lugar donde la novela establece la tienda que fue propiedad de doña Manuela —entre las calles de San Fernando y de las Mantas—, Las Tres Rosas, López Porcal sugiere que se coloque una placa como recordatorio, aportando su posible inscripción. Otros importantes lugares referidos en la narración son la plaza del Mercado —donde se dispone el mar de toldos de los puestos al aire libre—, la Lonja, la iglesia de los Santos Juanes, el paseo de la Alameda —“enclave urbano por excelencia, alegoría de la felicidad y el bienestar donde todo el mundo se saludaba” y que distinguía las clases sociales a través de “los que marchaban a pie y los que iban montados en sus carruajes”.

En Flor de mayo (1895) es el mar el protagonista, pues los personajes que la habitan viven de él en el barrio del Cabanyal. De un lado, los hombres que pescan; de otro, las mujeres que venden el fruto del mar y dependen de los maridos. Entre ellas destaca la tía Picores, “anciana que adquiere una posición de liderazgo por su genio y arrojo”. De su boca saldrá la frase “¡Aún dicen que el pescado es caro!”, homenaje al lienzo de Joaquín Sorolla, amigo de Blasco. El título de la obra hace alusión al nombre de la barca del tío Pascualo, quien busca vengarse de Tonet al haberle engañado con su esposa, haciéndole faenar en un día de temporal. El argumento envuelve a los personajes en una “atmósfera fatalista” recalcando las dramáticas condiciones de vida de los jornaleros del mar.

La tercera de las novelas incluidas de Blasco, La barraca (1898), narra nuevamente la dura vida de los trabajadores, en este caso de la tierra —que constituye con el agua “una dualidad inseparable” vinculada a la cultura valenciana—. El paisaje idílico de la huerta contrasta con “la sombría psicología de sus habitantes; una idiosincrasia encarnada en sus rasgos de venganza y en la brutalidad de sus bajos instintos”. Entre sus personajes está el tío Barret, anciano labrador desahuciado de su barraca por la justicia; también Batiste, quien con su familia se instala en dicha barraca, provocando la animadversión de los campesinos, solidarios con Barret y capitaneados por Pimentó. Si bien la acción se desarrolla mayormente en el medio rural del término municipal de Valencia, hay también escenarios urbanos como la peluquería de los labradores, frente a las torres de Serranos.

Con Cañas y barro (1902) culmina el “ciclo novelístico valenciano” de Blasco, siendo la Albufera como paisaje y protagonista de la trama. De este modo se muestra la vida miserable del “personaje colectivo” que son sus gentes, condenados a vivir de los “escasos recursos heredados de sus ancestros”: la pesca, el cultivo de arroz y la caza. El libro narra “la decadencia de la saga de los Paloma”, llegando al “último eslabón”: Tonet, “hijo de Tono y nieto de tío Paloma”. Éste es holgazán y vividor, representando “la deshonra del linaje”. Por su parte, la personalidad obediente y respetuosa de Tono se revuelve contra la voluntad de su padre, el abuelo Paloma, cuando “decide desecar una parte del lago” a fin de ganarse “una vida más rentable con la siembra del arroz”. La literatura de Blasco, cuyo naturalismo y carácter realista emparenta en anteriores casos con la del francés Émile Zola, se asemeja más en este caso con la de su discípulo Guy de Maupassant por su combinación de lo sombrío y lo compasivo —según López Porcal—.

La novela de María Beneyto El río viene crecido (Premio Valencia de Literatura-Novela de 1959) supone un ejemplo de realismo social descarnado, dentro de la llamada “generación en marcha”. Éste narra los avatares de un grupo de personas que habita el “submundo de chabolas adosadas al pretil del río, en la desembocadura del Turia, junto a Nazaret”. Dividido en dos partes, el libro se ambienta en las dos riadas sufridas en Valencia en 1949 —llamada “la riada de las chabolas”— y 1957. Los personajes principales de este relato coral son Paquiro —hombre holgazán y “maestro de ceremonias” para los recién llegados al barrio chabolista— y su mujer Rosa —quien con sus hijos saca adelante la familia—, además de Jaime, el Condesito —que subsiste recogiendo desperdicios mientras aspira a escalar socialmente— y Amparín —a quien Jaime engatusa con mentiras al encontrarse mejor situada que él y con la que acaba casándose, convirtiéndola en la cantante Marta Romero—. Además del lugar mencionado, figuran otros espacios de Valencia como el paseo de la Pechina o las calles San Vicente, Ribera y Ruzafa.

Els treballs perduts (1989) inicia la lista de obras en valenciano escogidas por López Porcal. Ésta obra forma parte de la trilogía novelesca ideada por Joan F. Mira que representa a “la ciudad como estado de ánimo”. Así, “se origina un diálogo entre los personajes y un entorno que consideran hostil y en el que proyectan todo su conflicto interior”. El protagonista, el bibliotecario Jesús Oliver, abandona su vida presente —familia y trabajo— para recluirse en el viejo palacio familiar enclavado en el centro de Valencia, defendiéndolo de la especulación inmobiliaria y con ello, personificando la tradición contra el progreso destructor. Entre los emplazamientos de la historia destacan las doce antiguas parroquias fundacionales de la ciudad situadas —barrios del Carmen o el Mercado—, así como el edificio donde se aloja Oliver, en la plaza del Correo Viejo.

En la novela Gràcies per la propina (1994), Ferran Torrent cuenta la historia de los hermanos Ferran y Pepín Torres, que simbolizan el desafío “libertario, contestatario y hasta irreverente” rural, periférico o campesino hacia el mundo urbano o burgués del franquismo —el cual “oculta, en muchos casos, una doble moral”—. Como lugares transitados por los protagonistas en sus andanzas destacan los destinados al “mundo del espectáculo y de los bares”: el barrio chino, la avenida del Oeste, la calle Pelayo o la plaza del Ayuntamiento.

La célebre Tranvía a la Malvarrosa (1997) de Manuel Vicent supone un relato autobiográfico “trenzado de recuerdos” del autor “de su época de estudiante de Derecho en Valencia”. La ciudad de los años cincuenta “se abre ante los ojos de un joven provinciano como una especie de paraíso”. El vehículo mencionado en su título refiere a aquel en el que Manuel descubre a su primer amor: Marisa. Así, “la ciudad y el convoy se convierten en cómplices de una idealización amorosa, deslizada e inalcanzable sobre los raíles urbanos”. Los lugares de la ciudad descritos serán los del trayecto que efectúe el protagonista todas las mañanas: calle Alboraya, puente de la Trinidad, calle del Salvador, plaza Rodrigo Botet, jardines de la Glorieta, la piscina de Las Arenas, el balneario, el chalé de Blasco Ibáñez o la playa de la Malvarrosa —la cual se erige como “mágico edén donde, por fin” el protagonista “se encontrará a sí mismo”, rompiendo con los remordimientos de una “educación rígida de la España de la posguerra” y alcanzando su libertad—.

Bajo la lluvia de Miguel Herráez (2000) narra la vida de juventud de un grupo clandestino izquierdista en la Valencia de las postrimerías del franquismo. Con su activismo subversivo, los personajes de Germán y Luis buscan dar sentido como sus camaradas a una vida desnortada. Así, se sienten perseguidos por la policía sin estarlo, entrando en una preocupante espiral obsesiva. En la cartografía de la novela despuntan lugares como el barrio del Carmen o la calle Luis Santángel.

Con Les ales de Mercuri (Finalista del Premi València de Narrativa Alfons el Magnànim, 2001), su autor Mariano Casas nos lleva a la Valencia del s. XVIII. Narrada por el padre Casar en valenciano, la novela traza la historia de Marco Galea, forastero llegado a Valencia para encontrar materiales con los que poner en funcionamiento imprentas, a través de las cuales “combatir las nuevas ideas infernales procedentes de la Francia revolucionaria”. El título del libro refiere a la “divinidad pagana del comercio”, siendo este ámbito fundamental en la trama, pues el estamento de la burguesía “experimentó un notable crecimiento gracias a la incorporación de miembros de origen francés, genovés y maltés”. También el mercurio como mineral interesa a Galea, con el que practica el contrabando. La cartografía espacial de la obra es bien variada, yendo de la calle Caballeros —allí se encuentran las mansiones y palacios de las clases acomodadas— a la “zona próxima al mercado, entre los conventos de la Merced y las Magdalenas” —donde viven los malteses, incluido Galea, quien se aloja en la calle de la Purísima—, así como el palacio del Marqués de Dos Aguas.

Al inicio del análisis de El Mut de la Campana (2003) de Josep Lozano, López Porcal enclava la obra dentro de ese auge de publicaciones en valenciano surgido a finales de los años ochenta dentro del género de novela negra e histórica: “En gran parte de esta novelística se observa una preocupación por el estudio de la sociedad urbana y un interés en la recuperación de la memoria histórica de la ciudad”. La presente obra se enclava en “la Valencia barroca y turbulenta de la primera mitad del siglo XVII, que asiste en masa al delirante espectáculo de los autos de fe de la Santa Inquisición, celebraciones atroces que dejan en el niño Bernat Crestalbo una huella imborrable que perdurará durante toda su vida”. Éste será el narrador-protagonista de la historia, convertido en dominico, pues sus padres buscaron para él una vida eclesiástica con la que huir de la miseria en que se encontraban. Para fortalecer en él la religiosidad, su madre le lleva a presenciar dichos ajusticiamientos. “Fraile predicador dotado de excelente oratoria”, Bernat acaba sintiendo debilidad por Constança, “actriz casada con un viejo militar”. El título del libro proviene de un personaje secundario aunque simbólico que carece de lengua y hace agitar su campana, señal de algún presagio funesto. Novela “muy espacial” dados los “variados espacios urbanos de la Valencia antigua por donde se desenvuelven los personajes de la obra”, destacan los de la vieja muralla cristiana, las calles del Mar, Avellanas, Trinquete de Caballeros o Trinitarios, la plaza de Crespins o del Mercado, o el derribado Teatro de la Olivera —donde Bernat conoce a Constança—.

En la novela de Marta García-Lliberós Babas de caracol (2006) la trama se estructura en dos tiempos paralelos, pues el escritor Pedro Ribera recibe el encargo de la fallecida Berta Astomi Ferrán de escribir una novela inspirada en su biografía. Así, asistimos desde el presente a la escritura de un relato originado en los tiempos previos a la Segunda República, donde Berta contrae matrimonio con Juan Nogales, un crápula que se aprovecha de la buena situación social y económica de su esposa para cometer todo tipo de correrías amorosas. Además de contagiar a Berta la sífilis, la llegada de la dictadura anula el divorcio que ésta había logrado, lo que la vuelve a hacer dependiente de él a su pesar. La manipulación a la que somete Juan a sus hijos logra ponerles de su lado, si bien la lectura de la novela escrita por Ribera sobre su madre logra que uno de ellos se reconcilie con su progenitora. Los espacios escogidos para la trama serán la plaza del Poeta Llorente —donde se ubica la residencia de la familia Astomi Ferrán—, la calle Conde Montornés —en la que se sitúa el domicilio del matrimonio Nogales-Astomi—, la calle Caballeros —emplazamiento del hogar de Zita, abuela de Berta, contraria al matrimonio de la nieta con Juan— y la plaza de San Nicolás —lugar de residencia de la familia Nogales—.

Como podemos apreciar, las obras contenidas dentro de Valencia en el espejo de la literatura poseen la cualidad de describir espacios reales de la ciudad que contribuyen a la cohesión de los relatos e influyen en la conducta de los personajes que los habitan, “originando situaciones de alto valor simbólico”. Se trata por tanto de un “espacio social”, que ubica al individuo en un “enclave geográfico”, mostrando su “organización colectiva” y “articulación en el tejido ciudadano”. López Porcal nos lo demuestra con esa sabia elección de obras literarias y en su acertado análisis, que permite ubicarlas en los parámetros analizados del presente estudio. Todo ello evidencia el potencial inspirador de Valencia, cuya constante transformación sigue dando lugar a nuevas narrativas.