Opinión

Cobardes y valientes: periodistas y otros gremios

TRIBUNA

Núñez Ladevéze | Miércoles 17 de junio de 2026

Recibí, entre otros, un comentario a un artículo que publiqué en estas páginas titulado La supremacía inmoral de la izquierda. Un firmante me agradeció ser “muy certero y valiente”. El artículo que escribí podrá ser una opinión más o menos “certera”, pero que la tildara de “valiente” me desconcertó. Comprendí que el destinatario del elogio no era yo. Como tantos ciudadanos, no arriesgo nada por decir en alta voz lo que pienso. Alguien me incluía entre los valientes por cultivar el periodismo, pues hay muchos actualmente que arriesgan a diario su nombre por mostrar la impostura de quienes acechan a los informadores y a otros servidores públicos por investigar la corrupción. Son profesionales que se juegan el sueldo, su carrera y su prestigio: periodistas, policías, guardias civiles, jueces y fiscales. No se pliegan al poder ejecutivo al informar o dictaminar sobre la podredumbre que destila el poder. El solar patrio está lleno de valientes comprometidos que protegen la verdad sin comulgar con ruedas de molino. Leales a su profesión y a la democracia, su aliciente es cumplir las reglas deontológicas a las que obedece su oficio.

También hay profesionales que se prestan, a cambio de ser muy bien recompensados, a aceptar una responsabilidad que no es suya. La empresa los abandona para que asuman el coste de la corruptela si se descubre. Así quedan entre la espada y la pared. Ocurre en grandes corporaciones de los sectores tecnológico, energético o de infraestructuras que todos conocemos, que consiguen camuflarse al haber transferido la responsabilidad al directivo pillado. Las instituciones corruptas no les tienen miedo porque hablan un lenguaje común a las mafias, el cual asegura poder linchar al que haga falta para ocultarse. Los han pagado bien, triunfan socialmente y, si llega la hora de la verdad, quedan abandonados a su suerte. Son lcobardes.

En otro artículo anterior, también publicado en estas páginas, No cuentan con la dignidad profesional, me pregunté: “¿Cómo explicar a los corruptos abanderados por Sánchez, a la mayoría de ministros y, entre ellos especialmente Marlaska, que la dignidad profesional de la mayoría de los funcionarios no está en venta?”. Los mafiosos no pueden entender que, a pesar de sus magros honorarios y de los riesgos que abordan para hacer honor a sus principios —entre otros, la atrofia de su carrera profesional o el acoso de la Hacienda—, sean insobornables. Contra un sentido de la dignidad incomprensible para ellos, tropiezan los corruptos. Para los que encauzan sin escrúpulos la sociedad a la degradación, son ininteligibles tantos profesionales dispuestos a anteponer la autenticidad con uno mismo y las normas de su deontología, sin dejarse ensuciar por premios y prebendas destinados a fomentar la putrefacción de la democracia. El corrupto no saborea la auctoritas que los demás reconocen cuando comprueba la integridad de otra persona.

Vuelvo al principio. Son valientes los perseguidos por mantenerse fieles a la dignidad de la profesión que ejercen. Cobardes, los que no se atreven a exponerse al juicio de la calle, como el fugitivo de Paiporta, que no puede pasear por la Castellana sin ser abucheado. Como la mayoría de los ciudadanos no arriesgamos ni siquiera ante el inspector de Hacienda porque nos hacen la declaración, no somos valientes ni cobardes. Al reflexionar sobre que alguien podría creer en mi valentía sin tener que demostrarla, entendí que debo sentirme orgulloso de una profesión cuyo valor contribuye a la seguridad colectiva de la democracia.

Arriesgan y son valientes el director y la plantilla de este periódico por dejarme publicar sin cortapisas. Arriesgan tantas otras cabeceras en papel o en digital que se exponen a la pérdida de publicidad y de ingresos, a las sanciones fiscales, a las invectivas de la ciénaga y a las amenazantes querellas que nunca acaban de llegar, pues nada pueden demostrar. Son valientes los jueces y los fiscales que se exponen a ser maltratados cuando ven premiados a los cómplices de la delincuencia por su complicidad. Lo son los policías y guardias civiles que, por un escaso sueldo, mantienen su honor cumpliendo su deber. Quienes temen que será difícil para nuestro país emerger del estiércol no son justos con tantos valientes que dan más motivos de esperanza que de desaliento.

Mi dedicación al periodismo alienta la propensión al optimismo. En los últimos años se vaticinaba que las redes, las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial diluirían el periodismo profesional que antepone la verdad informativa y la consistencia de la opinión como norma deontológica. La experiencia de esta confrontación que se produce hoy entre la ciénaga, la verificación de la noticia y la carga de la prueba policial en la administración de justicia, muestra que los valores deontológicos comprometidos por el servicio a la verdad siguen siendo irrenunciables en las nuevas promociones. Son jóvenes de dos o tres generaciones anteriores a la mía, formados en las facultades y actualizados en la digitalización, que están levantando el periodismo contra todas las malas predicciones. La lista de nombres que se conocen en la calle es muy larga. Están en tertulias radiofónicas y televisivas, escriben en digitales y subsisten en cabeceras de papel. No son sicarios de las redes: las dominan y las usan para lo que sirven. Si esta era la crisis que algunos habían pronosticado, la valentía de estas nuevas generaciones sale de ella renovada.

Aconsejaría que se integraran en las asociaciones de la prensa como órgano de autodefensa de sus principios y valores, y que actuaran en la sociedad civil si hace falta ejercer esa fuerza colectivamente, como parece necesario en los tiempos que corren. Lamento el silencio de estas instituciones en situaciones de acoso político y de deformación informativa en Televisión Española y en medios que se dejan llevar más por el dogmatismo ideológico que por la independencia profesional.

Concluyo: es estimulante seguir participando en una actividad profesional cuyo principal valor, hoy como ayer, es ser un contrapoder para mantener la democracia. El periodismo no ha acabado, como tampoco los jueces independientes, los policías indomables ni los servidores públicos abnegados. Están dando la cara ante la presión sin ceder a la tentación ni al chantaje. Certifican que es un servicio a la verdad y a la democracia.