Opinión

La ventana abierta

TRIBUNA

Gonzalo Laborda | Jueves 18 de junio de 2026

Entre la segunda quincena de mayo y los primeros días de junio suele producirse, al menos en el interior del país, un escenario curioso. No es todavía verano y la primavera, que siempre se ha caracterizado por ser antes una marca tipográfica en una agenda que una realidad observable, parece haber encontrado por fin una forma fugaz y original de expresarse. Son unos días de una suavidad particular: la calma atmosférica nos envuelve como una sábana; una serenidad que tiene un marcado carácter marítimo, como si todo lo que está a nuestro alcance se aplanase mientras bajo esa superficie continuara agitándose un mundo entero.

La primavera tiene esa cualidad de no mostrarse del todo, de dudar de sí misma. Por eso no es de extrañar el esfuerzo de los poetas por cantarnos una imagen concreta de exuberancia y viveza. Porque además su carácter tardío resulta irritante: aparece cuando ya nadie la espera. Tal vez ahí resida su particularidad: no tanto en lo que es, sino en lo que impide fijar con seguridad. No hay una pauta clara.

Esta es la época del año en la que tengo la costumbre de mantener la ventana abierta durante todo el día —es una de las ventajas de la discreción de un apartamento que respira en la sombra—. No entra aún el calor pesado del verano y han desaparecido las últimas incomodidades del frío. La ciudad adquiere entonces una condición distinta. Las calles parecen respirar con mayor sosiego. Los sonidos llegan amortiguados. Se oyen voces dispares, fragmentos de conversación, el ruido intermitente de alguna obra lejana, una radio de un automóvil aparcando. Nada resulta especialmente relevante, pero todo reposa en paz.

La ventana abierta produce un efecto curioso. Sin abandonar el hogar, el espacio físico más íntimo que uno puede habitar, uno participa vagamente de la vida exterior. No como un espectador completamente ajeno, pero tampoco como un actor. La calle se convierte en una suerte de patio interior. Las personas están presentes, pero no del todo. Se percibe su existencia sin necesidad de padecer su compañía.

Se escucha a una muchacha advertir a sus dos amigos que los presionará hasta el límite para que se casen; grupos de niños correteando con frases inconexas; dos mujeres hablando de la venta de un inmueble; otro señor se queja malhumorado por teléfono; una chica comenta que está enfocando su vida en el estudio; un grupo de adolescentes conversa entre gritos, risas y sonidos difíciles de distinguir; o una mujer cuenta por teléfono, enfadada, los problemas que le está dando el padre de sus hijos para organizar el próximo fin de semana. Todo, sin rostro, sin contexto, como si fuesen fragmentos dispersos de una vida misma. Quizá por eso estos días resultan tan agradables, y a la vez tan inquietantes.

Desde fuera, la ciudad parece apacible. Desde dentro, sin embargo, uno percibe una intensa inquietud, la sensación de que todo se mueve sin saber hacia dónde. La calma de la superficie del mar contrasta con la vida violenta y compleja de las profundidades.

Esta posición fija de la ventana abierta no durará mucho. La suavidad de estos días ha permitido que las impresiones se posen sin demasiado esfuerzo. Las tormentas de junio ya nos anuncian el cambio, y aún no sabemos si estas semanas próximas serán el inicio de algo o simplemente un breve resplandor antes de la llegada del calor intenso. La ciudad, poco a poco, volverá a cerrarse sobre sí misma. Hoy, ya en la madrugada, el olor del horno situado unos portales más abajo asciende todavía, persistente, perfumando el tiempo del sueño.