Opinión

Actualización de Engels en el problema de la vivienda

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 19 de junio de 2026

Antes de la llegada de la gran industria la burguesía necesitaba que el obrero tuviera una casita y hasta un pequeño huerto ( “cottage” ), en donde poder hacer en aquélla la manufactura correspondiente ( v. gr. poner los botones a las camisas, planchar, empaquetar, etc. ), además de guarecerse de la noche, y con éste poder engañar un poco el hambre, dado el bajísimo salario que el burgués entregaba al obrero, relacionado con la cantidad de producción llevada a cabo. Y hay quienes añoran hoy aquella casita y aquel huertecillo recordándonos, sin duda, aquella leyenda bíblica que dice que durante la huida de los hebreos del cautiverio egipcio los pusilánimes que había entre ellos, bajo la influencia de las dificultades del camino y del hambre, empezaron a recordar con nostalgia los días de la cautividad, cuando, por lo menos, paliaban un poco el hambre. Mas con la llegada de la gran industria y el desarrollo imparable del Capital desapareció este sistema de producción y con él la casita y el huerto.

La actual penuria de la vivienda da tanto que hablar porque no afecta sólo a la clase obrera, sino también a la clase media y a la pequeña burguesía. En el centro de las grandes ciudades se derriban casas de vecinos para construir centros comerciales de grandes marcas, bancos, fundaciones opacas, carísimos hoteles exclusivos, agencias de viaje, seguros, edificios públicos y hasta McDonalds donde va a engordar el proletariado urbano. La cosa es ya muy antigua. Por intermedio de Hausmann el bonapartismo explotó extremadamente esta tendencia de convertir el centro de la ciudad en un parque temático, con anchas avenidas en donde poder cañonear a placer cualquier levantamiento obrero que camine hacia los centros de poder, para la estafa y el enriquecimiento privado. Pero el espíritu urbanista de Hausmann se paseó y se sigue paseando no sólo por París, sino también por Londres, Berlín, Viena o nuestro querido Madrid. Los vecinos han ido siendo desplazados en estos ciento cincuenta últimos años del centro a la periferia. Las viviendas para la clase media son cada vez más escasas y más caras, y la industria de la construcción está más interesada en construir apartamentos de alquiler elevado que en venderlos como propiedad. El alquiler constituye un campo de especulación con mucho futuro, sobre todo porque la posesión de una casa propia se hace imposible. El nuevo capitalismo elimina propietarios y produce inquilinos. Desgraciadamente, los efectos prácticos de las leyes económicas que rigen la sociedad hieren de un modo evidente todo sentimiento de derecho. Pero, claro, como decía Engels en su Contribución al problema de la vivienda, “si los sapos tuviesen cola, no serían sapos”. En las grandes ciudades de Europa casi el 90% de la población no disponen de un lugar que puedan llamar suyo. Para entender el precio de la vivienda de alquiler tenemos que tener en cuenta al menos tres criterios:

  • La renta del suelo ( IBI ) y todos los demás impuestos gubernamentales, autonómicos y municipales.
  • La amortización en no más de treinta años ( la mitad de la vida de una casa ) del gasto por la compra de la misma, 360 meses.
  • Gastos por reparaciones y seguros.
  • Y debería resultar evidente que si no se cumplen estos criterios el mismo propietario sería el primero en querer vender, pues, de lo contrario, su casa no tendría ninguna utilidad y el capital que hubiera invertido en ella quedaría simplemente improductivo. Por otro lado, la casa del trabajador propietario no será jamás capital hasta que la alquile a un tercero y se apropie, así, en forma de alquiler, de una parte del producto del trabajo de este tercero. Por el hecho de habitarla él mismo, impide precisamente que la casa se convierta en capital, por lo mismo que el traje deja de ser capital desde el instante en que uno lo compra en la sastrería y se lo pone.

    El proceso de expulsión de los vecinos del centro de Madrid se ha acelerado por el blanqueamiento de inmensas cantidades de dinero negro. En efecto, la inversión de dinero negro, originado en su mayor parte por el narcotráfico y otras actividades criminales, en la compra masiva y construcción de pisos en Madrid ha contribuido decisivamente en elevar los precios de las cuevas del hombre contemporáneo. Si conviene airear al que le toca la lotería su suerte, porque casi con toda seguridad, alguien le comprará el billete por el doble de su valor, imaginémonos qué ocurrirá con los promotores y la compraventa de casas.

    El desarrollo tecnológico y digital del trabajo lleva, además, a que el trabajador tenga que ejercer su actividad asalariada desde “su” propia casa, con lo cual la necesidad de tener casa ya no es sólo para protegerse de las inclemencias del tiempo y formar una familia, sino que también se hace necesaria como taller en donde trabajar el propio productor, circunstancia ésta que Engels llamaba “el encadenamiento del obrero a su propio hogar”, y que nos retrotrae a los “felices” tiempos precapitalistas. La producción está siendo ya transferida otra vez de las fábricas al taller familiar. Los vecinos, atados a sus casas por hipotecas estratosféricas que acabarán por pagar los nietos, deben aceptar todas las condiciones de trabajo que les ofrezcan.

    El marxismo afirmaba que la supresión “futura” del contraste entre la ciudad y el campo abarataría de modo radical la vivienda, y en el ínterin las expropiaciones y las requisas de grandes viviendas de los centros de las ciudades aliviaría la penuria habitacional. Querer resolver la cuestión de la vivienda manteniendo las enormes ciudades modernas es un contrasentido.

    Ninguna persona honrada puede aplaudir la ocupación de casas, verdaderos asaltos a la propiedad más querida y entrañable, que todo Gobierno debe impedir con las fuerzas del Estado, pero del mismo modo el Gobierno debe garantizar también el cumplimiento de las leyes por parte del sector inmobiliario, y limpiarlo de delincuentes y criminales. El gobierno no lo hace; le es más fácil promulgar decretos contra el interés del capital. Pero ello es ridículo; pese a todos los decretos, el tipo del interés continuará siendo regulado por las leyes económicas a las cuales se halla hoy sometido. Los sueños de Yolanda Díaz, en el supuesto de no ser hijos del cinismo o de hipocresías filantrópicas, son irreales. En su día las “leyes contra la usura” no tenían otra finalidad que limitar el tipo de interés, y están ya en todas partes abrogadas, pues, en la práctica, han sido siempre eludidas o infringidas, y el estado hubo de reconocer su impotencia ante las leyes de la producción social.

    La penuria de la vivienda no es en modo alguno producto del azar; es una institución necesaria que no podrá desaparecer más que cuando el orden social sea incompatible con la especulación. Queridísimo Padre León XIV: el evangelio de la armonía entre el capital y el trabajo lleva ya predicándose cerca de doscientos años, y nada.