Opinión

Defensa de las librerías y otros poemas

TRIBUNA

Gastón Segura | Domingo 21 de junio de 2026

Tarde —es decir, el último día— se cumplió la tradición y se desplomó sobre la feria del libro de Madrid el chaparrón cuando el cuarto toro irrumpió en Las Ventas. Los libreros y editores, maldiciendo, echaron el portón blanco sobre las casetas mientras el público escapaba por las arboledas y los arriates para dejar insigne y solitario a don Arsenio Martínez Campos, con el capote alzado y sobre el corcel sacudiendo el pestorejo, tal cómo quiso plasmarlo Mariano Benlliure. Y tarde también llego yo para recomendarles algunos poemarios que tenía previstos para la ocasión; bien porque fueran de amigos, bien por ofrecerles unos cuantos títulos ajenos a esa zarabanda de nombres que van de boca en boca y que muchos consideran que deben comprar, para mantener su simulación de estar al día del ajetreo literario del país.

Ya supondrán que me resulta indiferente ese zureo, incluso la misma feria; prefiero la visita a las librerías, sean silenciosas, recoletas, casi abaciales, o sean de aquellas que concitan una improvisada tertulia, como Sin Tarima, de mi amigo Santiago Palacios, porque descubro rondando por sus estanterías o entre sus mesas, mientras intervengo al desgaire en la discusión, ejemplares insospechados sin ser empujado por ese torrente transeúnte y charlatán que inunda el Paseo de Coches durante la feria. Los madrileños, por lo visto, no son de la misma opinión, y acuden al Retiro en populosa romería, husmeando aquí y allá las cubiertas en cada caseta, sacando los tomos de su lugar como si fueran a sopesarlos, en tanto esperan, secretamente, a que el dependiente tenga el detalle de explayarse sobre ese título. Naturalmente; cuando esto sucede, lo escuchan con rendida atención, vuelven a dejar el libro en su hueco y prosiguen con el ritual en la caseta siguiente. No obstante; en ocasiones, adquieren ese ejemplar o quizás otro distinto —qué más da—, y el librero o su acólito sonríen satisfechos, les meten un endomingado marcapáginas entre las hojas, les cobran y se despiden casi reverenciosamente.

Así va transcurriendo la feria y así las librerías van salvando, venta a venta, la temporada, pues, en la actualidad, entre series televisivas y retransmisiones futbolísticas las pasan canutas; ya no les digo desde que YouTube se impuso como el inagotable manantial de conocimientos y el remedio de toda soledad; en fin, que escasamente alguien pisa una librería, y en consecuencia, no hay forma de vender ni un socorrido recetario de cocina. De modo que la feria es un mirífico auxilio que procura lo suficiente para mantener, otro año más, un centón de librerías abiertas; al menos, en Madrid.

Pues bien, como les decía antes, reservaba para el artículo de la feria la recomendación de cuatro poemarios de amigos, solo que se cruzó la gesta de Antonio Ferrera y retrasé este homenaje —más que reseña— porque los triunfos taurinos no admiten espera, pero ya ha llegado su momento. Comenzaré con Sendas de invierno (2025), de Fulgencio Martínez; una recolección bienal de poemas; serena, escueta, diría que hasta mística, pero de ese misticismo terrenal pregonado por los genuinos románticos germanos, tan auscultadores del paisaje como respuesta para el vivir. Algo imposible, pues los parajes, de sobra lo saben, no hablan; en cualquier caso, suscitan lacónicas meditaciones como las de este repertorio. Caso radicalmente opuesto por agitado, febril y hasta intempestivo es Que no acabe este blues (2025), de Carlos Aganzo. Poemas o más bien estampas articuladas, que merecen ser leídas con la música que Aganzo recomienda para cada título. A mí, tal complemento, se me antoja un exceso; sin embargo, no lo es porque las veinticuatro composiciones constituyen, en realidad, retazos pasajeros de una constelación llamada jazz. Claro es que si ni conocen ni les gusta tal género musical y su mundo de trompetistas errabundos, es ocioso que prosiga con su cuenta de calamidades y destellos, pues ambos se entrecruzan en su prosa rota que oculta siempre un verso. De condición distinta es Las Paleovoces (2026), del desbordante José María Antolín. Propone una larga y abrumadora indagación taumatúrgica en busca de ese primer momento cuando se produjo, previa a cualquier voz, la más remota epifanía. Antolín pretende alcanzarla extenuando furiosamente la palabra, mientras sospecho que ahora, cientos de siglos después, ni siquiera descendiendo al más hermético silencio seríamos capaces de vislumbrarla; pero, ¿cómo restarle originalidad, entre tanta repetición manoseada, a su arcaico y esforzado empeño? Y por último una memorable recuperación: De rerum natura (I a.C.), de Lucrecio, en una edición bilingüe y versificada por los profesores Prieto de Paula y Bonmatí. Un bello y consolador trabajo para devolver la musicalidad, hurtada siempre por la traducción, a ese enorme poema didáctico sobre lo provechoso de la existencia.

Y a todas estas, ese último domingo de la feria, regresaba de mi pueblo de presentar la antología del desaparecido poeta local, Evaristo Bañón. Todos los lugares tuvieron el suyo para satinar de lánguida y modesta belleza los rudos afanes de aquella España de resecas solanas y sabañones invernales, de enlutadas rogativas y guardias civiles a caballo. Y aunque todas estas voces de mesa camilla y ocasos sobre la alameda merezcan su sentido y comunal recuerdo, este resultó excepcionalmente emocionante, no solo por la afectuosa concurrencia de los vecinos, sino por el bordón febril y espectral que puso la bailarina Davinia Fillol, zapateando asombrosamente una pavana. ¡Qué prodigios provoca la poesía!… Quizá porque su virtud sea la misma del hechizo.