Antes de abrir la puerta, llegaron cabizbajos buscando las entradas en sus móviles. Lo hacían a la vez porque seguramente uno de los dos, él, era el que solía tomar la iniciativa, pero era ella quien terminaba enseñando los códigos QR. Una vez picadas las entradas, se mirarían sonrientes para pedirse disculpas, pero sin agravios, más bien divertidos de saber que iba a ser siempre así, pues llevaba sucediendo desde la primera vez que organizaron ese plan de cita.
Es difícil juzgar e inventarse las historias ajenas, aquellas que se ve que tienen una planta sólida sobre la que ir planificando una vida opulenta si la apariencia no es más que una postal desvaída en comparación con la que podemos otorgarles. Afortunadamente, esa tarde en la que la primavera era un recuerdo apenas frente al verano inevitable, pasaban muchas y de variada índole. La larga sucesión se extendía por la estrechez de las aceras. Subían y bajaban mientras nosotros permanecíamos sentados. La marquesa de S. me había pedido que no nos fuésemos muy lejos. El día anterior había estado de cumpleaños en un restaurante cerca del hipódromo, donde también estuvieron apostando un par de carreras con las amigas. No pregunté la edad de la protagonista de la celebración porque era de imaginar que sería hacer una datación arqueológica. Encontramos la última mesa libre dentro de una fila de ocho y nos aposentamos para pasar el rato, que es lo mejor que se puede hacer cuando lo disipado es lema y consecuencia ineludible de cómo entiende y se conduce uno en la vida.
Mira a esos dos. Vaya camisa, le comenté. ¿Pero no te parecen tiernos? Sí, diría que él ha tenido mucha suerte encontrándole, porque vamos. Ah, no seas tan cínico, que hace una tarde maravillosa. Esos dos mencionados —el otro era más bajo que el de la camisa— se abrazaban y besaban contra la persiana metálica de una cafetería que, pocos minutos antes, las trabajadoras se afanaban en limpiar el cristal y el jabón dibujaba los mismos motivos orientales con su blancura y pompas escurridas que las que podían verse en las coberturas de merengue y nata de las tartas expuestas, faltando varios triángulos, explicando su éxito a los dudosos de pedirlas. Esos dos no tuvieron tiempo de mirarlas porque estaban en la fase de no tener tiempo más que de mirarse. El furor entrando por los ojos de forma abigarrada, pero sin que nada se escuchase. Quedaba reservado para su entendimiento.
¿No te gustaría estar como ellos? Volvimos a mirarlos. La marquesa de S. parecía insistente en que uno se fuera enamorando ya para que cogiese el verano por los cuernos. Cuando estás todavía ahí, le respondí, es bonito, naturalmente, pero da qué pensar el hecho de que estés tan abstraído. Ellos, todos los que estamos viendo, se han olvidado voluntariamente de lo que es el principio y el final de lo que ahora intentan. No hay que impedirse nada, lo contrario sería como permitir la pestilencia dentro de uno, la frustración. Pero es peligroso alzarse tan rápido y dejar de estar pendiente de lo parecidas que son siempre todas esas situaciones, y lo son porque nosotros lo somos. Cambiamos apenas, por no decir nada.
Me parece que tenemos que tomarnos una última, sentenció la marquesa, descontenta con mi reflexión, pero un punto atribulada al querer recoger la correa caída de su galgo y recordar al segundo que es verdad, lo habíamos dejado en casa.
Y de la tarde, ¿qué me dices? Un tono anaranjado en guerra contra las nubes. Sombras en los tejados. Poco más puede añadirse.