Traducción de Fernando Álvarez Rodríguez. Satori. Gijón. 357 páginas. 28 €.
Por José Pazó Espinosa
Si por algo es conocido Japón en el mundo, es por la figura de la geisha, ese ser enigmático, a medio camino entre la cortesana y la prostituta, idealizado por el romanticismo europeo y, de alguna manera, velado por la propia sociedad japonesa. Lo cierto es que la geisha (gei arte y sha persona), dentro del mundo galante y disoluto nipón, es una figura relativamente reciente en la historia, su aparición se suele datar en el siglo XVIII, como sustitutas de los taikomochi o “tamborileros”, que eran una suerte de entretenedores masculinos que en ocasiones también comerciaban con sus favores sexuales. Pero la historia de la prostitución en Japón es mucho más antigua que las geishas o los taikomochi, y tiene, por otro lado, unas peculiaridades, como muchas otras cosas japonesas, propias y diferentes.
Joseph Ernest de Becker (1863-1929) fue un jurista británico que trabajó como asesor legal en el Japón Meiji. Murió en Kobe, después de más de 30 años en tierras niponas. Durante ese tiempo, escribió varios libros sobre Japón, algunos centrados en aspectos legales. Sin embargo, el primero que publicó en 1899 fue este que nos ocupa, La Ciudad sin Noche. Este es el apodo que Becker otorga a Yoshiwara, el barrio de placer de Tokio, una ciudad dentro de otra ciudad, esplendorosa, luminosa, hiperregulada, bella como un jardín lleno de flores, en la que casi nadie dormía porque ocupaba la noche en otras artes que el sueño.
Tras dos prefacios de corte ligeramente moralista, el libro comienza con la siguiente frase: “Hasta que el gobierno Tokugawa se estableció en la ciudad de Edo, no se regularon las casas de lenocinio, y no fue hasta la era de Keichô (1596-1614) que se restringió la actividad de burdeles y mancebías a una zona específica. Así que los prostíbulos de Edo estaban diseminados en grupos por toda la ciudad”.
El libro va a relatar cómo esos prostíbulos se fueron concentrando en un barrio, Yoshiwara, casi una ciudad en otra, y a la vez describirá en siete capítulos sus elementos constitutivos: los oficios relacionados con el placer, las rutinas y costumbres, el arte y los festejos, los incendios (elemento siempre amenazador para las ciudades antiguas) y personajes célebres asociados con el barrio, fundamentalmente cortesanas. El libro se completa con textos legales como la regulación de la época relativa a los burdeles, aspectos médicos y un pequeño capítulo sobre la prostitución masculina.
Además, la edición de Satori tiene abundantes ilustraciones, de las clases de peinado o de vestido de las prostitutas, así como una enorme información lingüística sobre términos relacionados con la profesión y su práctica. Y multitud de detalles interesantes y curiosos. La lectura es fácil y amena, a pesar de la prolijidad de algunas partes, y el tono es en general objetivo, excepto en algunas partes en las que asoma la moral victoriana del autor, y entonces el texto se trufa de juicios morales. Pero ocurre poco, lo que se agradece.
Por otro lado, la lectura del libro produce sentimientos encontrados, pero lo hace de una forma mesurada y casi diría que reflexiva: por un lado, se percibe la miseria de muchas mujeres y hombres encadenados a condiciones a veces de real esclavitud, y obligados a comerciar con su cuerpo y sus dotes galantes. Por otro, para el conocedor de lo japonés, se percibe en el libro ese mundo que es también submundo y que todavía existe, el de la diversión nipona ligada al sake, al juego, al sexo, a una disolución viciosa pero casi trascendente de la existencia.
Ese Japón que asoma en El Imperio de los sentidos de Oshima, por ejemplo, en los relatos de Saikaku, en la prosa elegante de Kawabata. El Japón de la desesperación de las novelas de Osamu Dazai o de las películas de Takeshi Kitano, en época contemporánea. Es un Japón festivo y amargo, disoluto y trascendente, en el que también vive la disolución del yo, esa sabiduría sorda y ciega del zen. Por eso, tanto para los amantes de lo japonés como para cualquier atento observador del espíritu humano, este libro, bellamente publicado por Satori, es una pieza muy recomendable. Si es que hay algo que merezca tal consideración en nuestra vida.