Opinión

Contraola neoliberal, otra vez; populismos caen como fichas de dominó

WELTPOLITIK

Carlos Ramírez | Miércoles 24 de junio de 2026

Aunque pudieran existir argumentos para fundamentar la tesis de que el presidente Donald Trump está presionando a países con modelos económicos no estadounidenses, habría que introducir un elemento histórico: el péndulo económico que se mueve en los extremos neoliberal y populista y que corresponde al esquema estudiado por Samuel Huntington en 1993 de las olas democratizadoras.

El académico estadounidense creó el modelo analítico de las olas en la identificación de sistemas políticos. De 1973 a finales de los 80 ocurrió una ola democratizadora sobre todo en América Latina pero también en países del Este europeo. Y aunque se refirió concretamente a los términos estrictos de democratizaciones de las dictaduras, en el fondo también se pudieron identificar oscilaciones pendulares entre dos formas de funcionar de la economía: el populismo o gobiernos con enfoques sociales y el neoliberalismo o implementación como forma de gobierno del capital.

No se ha hecho un estudio desde las ciencias sociales para tratar de empatar las oscilaciones político-ideológicas en la economía y la producción. Pero el caso es que muchos gobiernos se definieron en torno a los puntos polares: el mercado en su dinámica privada que determinaría relaciones sociales y de poder y el pueblo como objetivo de la dinámica social que derivó en lo que se conoce como populismos gobierno del pueblo y para el pueblo.

Aquí no se está descubriendo el hilo negro ni el agua tibia. El enfoque bipolar en relaciones políticas y productivas tiene dos referentes históricos muy concretos: en lo político, el enfoque binario de Machiavelli en el primer párrafo de El Príncipe en 1513 al confrontar el modelo tricornio que vino desde la Grecia clásica y duró hasta finales del absolutismo: gobiernos de uno, de pocos o de muchos, pero el pensador florentino fue muy preciso al señalar que sólo existen dos formas de gobierno: las Repúblicas y los Principados.

Y en materia productiva, en 1848 irrumpió el pensamiento de Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista y ahí estableció con claridad que el modelo de producción que define a su vez formas de gobierno se sustenta en la lucha por la riqueza producida sólo entre dos de las grandes fuerzas: la burguesía propietaria de las fábricas a través del capital y el proletariado que a cambio de salario hacía funcionar el sistema capitalista.

El modelo de estructura productiva capitalismo-comunismo quedó determinado a mediados del siglo XX con la guerra fría entre dos modos de producción y aprovechamiento de la riqueza: el capitalismo estadounidense y el comunismo estatista de la Unión Soviética

En este escenario binario que no ha podido ser cambiado de manera científica nacieron escenarios económico-productivos menos estrictos, pero basados en el enfoque menos contundentemente radicales que el lenguaje de la guerra fría: el comunismo fue derivando en un modelo de estatismo con empresa privada que se definió como populismo y el capitalismo encontró el camino del neoliberalismo como funcionamiento dominante del capital y del mercado aunque con objetivos --pruritos que buscaban aplacar conciencias insatisfechas-- de beneficio social para quienes no tenían salarios equiparables con su participación en la producción o para la sociedad no productiva que esperaba algún beneficio de la creación y distribución de la riqueza.

Y en esas nos encontramos. América Latina --por su configuración de desigualdad que vino arrastrando desde los años de la presencia española en el continente desde el siglo XV-- nació a la vida independiente tratando de mezclar el poder del capital con las necesidades de la sociedad no propietaria. El camino fue el de los gobiernos de configuración popular que se hacían cargo a través de las estructuras de los Estados de promover la producción privada, pero al mismo tiempo buscar estrategias fiscales para distribuir la riqueza en sectores no propietarios y muchos de ellos ni siquiera participantes en la producción.

Los populismos nacieron allá por los años veinte del siglo pasado y la Revolución Mexicana fue un ejemplo a la espera de ser analizado a profundidad: una revuelta popular contra el capital aliado al Estado, pero eludiendo el ejemplo del Estado obrerista sin empresa privada de Rusia y luego la Unión Soviética.

En este sentido, los populismos latinoamericanos fueron una especie de placebo de justicia social sin modificar el sistema capitalista y apelando sólo a políticas fiscales de distribución social de la riqueza. La Revolución Cubana emergió desde el marxismo de Fidel Castro y esta semana anunció ya sus honras fúnebres con una reforma económica de sobrevivencia que abre espacios al mercado privado. Pero fuera de Cuba, ningún país latinoamericano quiso instaurar el comunismo férreo, sobre todo porque necesitaban de capital y de la planta industrial estadounidense.

América Latina entró en un vaivén pendular: los capitalismos generaban desigualdades sociales y presiones populares y derivaban en populismos que enfatizaban la igualdad social y la representación popular, pero ninguno de los dos modelos generó autonomía productiva y distributiva. Y la existencia de sistemas democráticos --en diferentes grados-- impidió la aplicación del enfoque del comunismo soviético.

El presidente Reagan en América instauró a comienzos de los ochenta un ciclo neoliberal de mercado que hizo crecer las economías locales, pero con grados de desigualdad que generaron presiones políticas democratizadoras. La ola populista se inició a finales del siglo XX con Hugo Chávez y vendió la ilusión de un sistema capitalista-social, pero fracasó por la democracia y por el aumento de la desigualdad.

La ola rosa –una mixtura de rojo y blanco-- o una especie de socialdemocracia aguada como placebo del modelo comunista mezclado con el modelo popular ha estado en el poder hasta que no ha podido responder a las expectativas de crecimiento y distribución de la riqueza.

Mientras los regímenes no asuman con responsabilidad el peso específico de la democracia con economía de mercado, las sociedades latinoamericanas seguirán columpiándose en el péndulo de economías mixtas, Estados populistas o --como ahora en México-- meras administraciones asistencialistas de dinero regalado pero incapaces de impulsar un crecimiento económico de capitalismo desarrollado que estaría requiriendo estructuras de distribución social de la riqueza menos engañosas que los populares.

Cuba y Colombia mostraron el fin de semana el péndulo político-productivo que sólo justifica grupos de poder y no crea un modelo productivo que sea la síntesis entre democracia y producción o capital y trabajo.