Ya figura el Teatro Albéniz en el inventario triste de los recuerdos. Se cerró sin más ceremonia que la protagonizada por unos cuantos titiriteros bailando al compás de las dádivas que reciben. Nada que ver con la fiesta inaugural, en plena crisis económica de 1945, cuando se estrenó “Aquella noche azul”; una revista musical de Antonio Paso, con música del maestro Francisco Alonso. Nació el Albéniz en años económicamente difíciles, en un Madrid con pocos habitantes, casi todos convencidos de que el día de mañana sería mejor que el presente.
Los esperanzados madrileños trabajaban duro y muchos encontraban su solaz en el teatro; sobre todo en la revista musical. Fue esa la causa de que un empresario privado, Maximiliano Moro, invirtiera catorce millones de aquellas pesetas (un dólar se adquiría por once) en construir un ambicioso y feo recinto que, sordo como era (se dice que un teatro es sordo, cuando los parlamentos de los actores no llegan nítidos a todo el público) solo servía para espectáculos musicales. Esa razón y el deseo de su propietario de ofrecer grandes espectáculos (para la inauguración eligió al mejor libretista del momento y a uno de los grandes músicos de zarzuela) le llevaron a contratar una producción cuyo costo superó la enorme cantidad de doscientas mil pesetas. La función inaugural, de gran gala en el patio de butacas, auguraba una trayectoria que, pronto se vio truncada por una de las periódicas crisis teatrales y, como tantos otros, el Albéniz cedió al empuje del cine y bajó su telón para colgar sobre este una pantalla de proyección; nadie protestó entonces.
Pocos años más tarde, en 1957, ante una oferta interesante de la compañía cinematográfica que presentaba el nuevo sistema “Cinerama”, el propietario descansó de problemas al arrendar el recinto a la cinematográfica CINESA. El telón bajado hubo de permanecer humillado bajo la presión de la gigantesca pantalla y la proyección simultánea de tres proyectores, a veces descoordinados, hasta que, en 1985 la Comunidad de Madrid, presidida por Joaquín Leguina, decidió alquilar el teatro por 20 años y el escenario volvió a llenarse de teatro.
Por la construcción que ocupe el recuerdo del Abéniz, sea cual fuere su destino, se pasearán por siempre las sombras de Gómez Bur, Monique Thibaut, Pepe Bárcenas, Riquelme, Terol, Leonís, Merlo, Ortega… Igual que ocurre en la trasera de El Corte Inglés de Preciados (justo donde Cortilandia) en el lugar que ocupara el Teatro Cómico. Pepe Alfayate y Rafaela Rodríguez, Amparo Martí y Paco Pierrá, Prado y Chicote, no abandonarán nunca “su” teatro, demolido en 1968 sin protestas de los cómicos.
Es triste el cierre de un teatro. Casi siempre por la misma causa: la economía o la especulación. Pero nunca nadie protestó –ni ayudó a impedir- la desaparición de más de cuarenta teatros que se eclipsaron en Madrid. Casualidad, todos eran privados, el Albéniz también. ¿Por qué no centrar gritos y pancartas ante la fachada del Teatro de la Comedia, cerrado hace años por la desidia del Ministerio de Cultura?
Recaudación estimada de teatros, durante la semana