Cultura

Lo que la noche esconde, de María Jesús Mingot: una fábula de niños (y animales) para adultos

RESEÑA

Javier Mateo Hidalgo | Jueves 25 de junio de 2026

En la literatura contemporánea resulta muy difícil encontrar novelas que, desde un lenguaje actual, nos hablen con la sabiduría del pasado. Son muchos los títulos clásicos que, desde el género del cuento o de la fábula, trasladan al lector un mundo de fantasía capaz de albergar un significado profundo y humano: de la sátira política y humana que supone Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, pasando por la metáfora del paso de la infancia a la adolescencia presente en Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, los valores que anidan en nosotros desde El mago de Oz de Lyman Frank Baum, la necesidad de aceptar el paso el tiempo y asumir nuestras responsabilidades con Peter Pan de James Matthew Barrie, la profunda crítica a la vida adulta y la existencia observada filosóficamente que ofrece El principito de Antoine de Saint-Exupéry o el rechazo a la deshumanización de la sociedad que observa el Momo de Michael Ende. Todas estas obras pueden ser leídas en la infancia e interpretadas posteriormente a través de sus distintas capas de significado. Son clásicos y universales porque no pasan de moda, su concepto continúa vivo y sigue siendo válido para posteriores generaciones.

Quien esto escribe tiene la certeza de que Lo que esconde la noche acabará también convirtiéndose en un libro clásico. O, al menos, debería si la sociedad actual continúa manteniendo la lógica y el sentido común de las que la han precedido. No debemos ser pesimistas, por más que el cielo se muestre moteado de nubarrones. A buen seguro que la autora de esta novela, la madrileña María Jesús Mingot (1959), se ha leído cada uno de los títulos expuestos y, por ello, sabe escribir de esa manera tan aparentemente sencilla aunque compleja, como sólo son capaces las buenas escritoras. Resulta imposible no pensar en otras autoras españolas como Carmen Martín Gaite o Ana María Matute, que tan certeramente concibieron historias atemporales y legendarias.

Publicada por R. E. Editorial, esta cuarta novela de su autora —después de El vértigo de las cuatro y media, Un mundo en una caja y Los zapatos más feos del mundo— nos traslada a una ciudad de provincias donde viven la pequeña Iria y su padre Mateo. Huérfana de madre, la niña admira de su padre su amor por la pintura, a la que dedica parte de su tiempo libre en un espacio de la casa que tiene como estudio —y que la pequeña considera el más bonito del piso por la mencionada función que tiene—. Los problemas se originan a raíz de unas pesadillas que Iria comienza a padecer, trastornando su horario del sueño y provocando que empiece a quedarse dormida en las clases que recibe en el colegio. La preocupación que esto provoca tanto en su su tutora Adelaida como en su padre es evidente: mientras éste ha comenzado a dejar de dormir bien también al tener que velar sin éxito por el buen sueño de su hija —llegándole a afectar en su propio trabajo como vendedor de libros técnicos—, aquella aumenta en su alarma al comprobar que en el mismo aula el resto del alumnado ha ido progresivamente corriendo la misma suerte, como si se tratase de un contagio onírico. El síndrome de los niños dormidos se acaba propagando fuera del edificio, afectando al barrio —convertido en motivo de noticia en la televisión— y a la ciudad, amenazando con llegar al mundo entero. En sus pesadillas —que solo afectan a los infantes cuando duermen en horario nocturno y no durante la mañana—, Iria se verá siempre perseguida por animales monstruosos en un bosque oscuro, debiendo huir para salvar su vida.

Mingot va hilando una historia cada vez más sorprendente, en la cual las personas de la vida real asisten con incredulidad a unos sucesos que no saben cómo contener y que se oponen a toda lógica. Algo que pudiendo resultar como propio de la ciencia ficción acaba trascendiendo en una segunda parte al ámbito del cuento. Es entonces cuando los animales pueblan el relato y dejan de ser amenazantes para convertirse en aliados, empezando por un pájaro multicolor que ilumina la noche pesadillesca de Iria, representando su talismán. Su existencia parece tomar forma a partir de una pequeña escultura tallada en madera que la madre de la protagonista le dejó como legado y que ella conserva como el más valioso de los tesoros. También hay un gato, un cuervo, una liebre y un erizo con los que nuestra protagonista buscará huir de su pesadilla. Y, por encima de todo, la oscuridad personificada en una bruja de cuento, la cual conocemos en la tercera parte y que, lejos de ser esa “tejedora de sueños” a la que refería Bueeo Vallejo, representa la hilandera de un reino de sombras al que parece condenar a la infancia, despojándola de lo más valioso: soñar con historias felices que la conduzcan a una adolescencia y edad adulta ideal.

Lo que la noche esconde nos permite creer de nuevo en una literatura hermosa y pura, dentro de lo inquietante de su relato. Su mensaje es tan poderoso como el que iluminó a las mejores historias y, por ello, resplandece en su propia noche. Y, sobre todo, nos recuerda la importancia de respetar la niñez, su autenticidad y carácter sincero frente a la opacidad adulta. Porque no son siempre los niños quienes deben aprender de los adultos, sino al revés.

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