Opinión

Palestinos y mesenios

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 26 de junio de 2026

Durante una larga época de seis siglos de mundo clásico los mesenios fueron los palestinos de ese período – tantos unos como otros son de origen indoeuropeo -, y su bandera de reivindicación y justicia fue levantada en solidaridad por las póleis más libres de la Grecia Antigua, como Atenas. El que el estratego ateniense Cimon, hijo de Milcíades y líder de los eugeneîs, aristoí o gnôrimoí, en Atenas, apoyase a los lacedemonios en su guerra genocida contra los mesenios de Ítome, hizo que la Democracia ateniense castigase a la derecha por esta anécdota, que no tuvo siquiera realidad militar, hasta la época de Demóstenes. Incluso, después de ser expulsados los mesenios de su patria, regresaron de nuevo a su tierra gracias a la solidaridad helénica, después de trescientos años de vagabundeo en Cerdeña, Italia, Sicilia, Libia y Zancle, que se convertiría en Mesene ( Mesina ) con Anaxilao, recordando así su antigua patria. Atenienses, arcadios, argivos, jonios, ciudadanos de Sición, eleos, tebanos, rodios, las colonias de Italia, etc. siempre los protegieron con armas y dinero, solidarizándose con su causa. El valiente Aristomenes, que llegó a matar en el campo del honor al rey de los lacedemonios, Teopompo, fue siempre para ellos el héroe nacional por antonomasia, algo así como para los palestinos Yaser Arafat. Durante esos seiscientos años a los mesenios los sostenía la desesperación, el honor, el hambre de justicia y el ánimo de morir por la patria. Siempre prefirieron morir en una patria libre a la esclavitud, aun cuando se les permitiera ser esclavos con felicidad. Más de una vez las mujeres osaron tomar las armas y excitar así el valor de sus hombres heridos y agotados, que veían a sus mujeres prefiriendo morir por la patria a ser llevadas como esclavas a Esparta.

  • Hermanos mesenios, si no triunfamos y morimos, habremos hecho algo digno de ser recordado por la posteridad – decía Aristomenes a sus compatriotas.

Los mesenios que no pudieron huir y fueron apresados, se convirtieron en ilotas, pero emprendieron una sublevación contra los lacedemonios, en la que triunfó Jenofón. Contra esta sublevación tuvo la derecha ateniense la frivolidad criminal de un conato de apoyo a los lacedemonios, sin consecuencias, con Cimón, tal como ya hemos citado.

Siempre conservaron su odio a los lacedemonios, como demostraron sobre todo durante la Guerra del Peloponeso, en la que cedieron Naupacto a Atenas como baluarte contra Esparta, y los espartanos de Esfacteria fueron vencidos con la ayuda de honderos mesenios de Naupacto. Después de que Tebas derrotara a Esparta en Leuctra, donde se vio cabalgando por el cielo con una espada la sombra de Aristomenes, los tebanos, por orden de su líder Epaminondas, enviaron mensajeros a todos los lugares del Mediterráneo en donde había mesenios para que volvieran a su patria. Y así lo hicieron en seguida.

“Y cuando de Esparta la brillante flor perezca, Mesenia volverá a ser poblada por siempre”, decía la profecía délfica. No obstante, los mesenios cometieron el error de no participar en la batalla de Queronea junto a los demás griegos, por amistad de sus líderes con los macedonios. Finalmente, y ya con los romanos, el emperador Augusto sacó las ciudades de Faras y Turia de Mesenia y se las dio a los lacedemonios. Este fue un castigo porque Mesenia cometió el error estratégico de apoyar a Marco Antonio. No eran buenos adivinos. También Palestina ha perdido Ascalón, una ciudad comercial que formaba parte de la pentápolis filistea, cuna de Palestina. Más tarde, el emperador hispano Trajano les concedió la dicha de vivir bajo un gobierno autónomo.

Pausanias, que vivió ya bajo el Imperio Romano, nos informa que las murallas más imponentes que él vio en su vida fueron las mesenias. Damofonte fue el mayor escultor mesenio, del que tenemos considerables fragmentos en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, como las colosales cabezas de Deméter, Perséfone, Artemisa y el titán Ánito.

Los palestinos de hoy, también indoeuropeos, tanto por las mitocondrias como por el gentilicio, deben aprender de los mesenios que un pueblo unido y digno, con fuertes deseos de sobrevivir a lo largo de la historia, cuando sobre todo no han cometido ningún crimen histórico, siempre reaparecerá como héroe colectivo.

Los palestinos de hoy vienen de los antiguos filisteos. El profeta Jeremías llamaba a los filisteos “restos de la isla de Caphtor”. ¿Un grupo más de los pueblos del mar, los pelasgos? ¿Quizás Caphtor era la Creta premicénica? Lingüísticamente, los filisteos pertenecerían, quizás, al grupo anatolio, el del hetita, el luvita, el licio y el lidio. Su territorio abarcaba la llanura marítima de Sephélah, que se extendía desde Ascalón al Norte hasta el desierto de Gaza al Sur, y desde las posesiones de la tribu de Judá al Este hasta el mar Mediterráneo al Oeste, territorio en el que se asentaba la famosa pentápolis filistea: Gaza, Azot, Ascalón, Geth y Accaron. La Biblia los describe como guerreros altos, fuertes y valientes; recuérdese a Goliath. Estos “incircuncisos” deberían pedir hoy a Israel que les reintegrara el asentamiento de Ascalón, como hace sólo ciento cincuenta años la Italia “irredenta” exigía a Austria la ciudad de Trieste.

En realidad, a los judíos les ha pasado lo mismo que les pasó a los mesenios y ahora a los pobres palestinos; su patria sobrevivió durante casi veinte siglos en la unidad de los corazones israelitas, practicando en gran parte una misma cultura, unas mismas oraciones, unas mismas costumbres, un mismo espíritu colectivo y un mismo anhelo de regresar al territorio patrio. La patria, en efecto, amigos palestinos y amigos judíos, no es el suelo, el aire, el sol, los ríos y los montes natales; una patria así la tendrían también los árboles del campo o los musgos de las rocas; el patriotismo en este caso dejaría de ser un sentimiento exclusivamente humano para confundirse con las simples leyes del mundo orgánico. En el hombre, en su naturaleza moral, es donde se deben buscar las razones íntimas de ese hecho universal y hasta ahora indestructible. No nos une un instinto ciego, una fatalidad de especie o una atracción poética de la fantasía al cielo de los campos y de los montes patrios, a la sombra de sus iglesias, sinagogas o mezquitas y de sus castillos, a la lengua de sus habitantes, a las costumbres, a las tradiciones. Todo eso, si es bello para nosotros, es sólo porque representa, como símbolo armonioso, el pensamiento íntimo de nuestro ser, y parece traducirnos el secreto misterioso de nuestra conciencia. La patria, como diría el gran Antero de Quental, no es un accidente de la naturaleza material, sino un hecho de la conciencia humana. Judíos y palestinos siempre tendrán patria. La nacionalidad es sólo una forma pasajera y artificial.

Es curioso que Pausanias, en su Periêgêsis, en el mismo capítulo que habla de los mesenios, nos diga “Y agua roja, sin diferenciarse del color de la sangre, la hay en el país de los hebreos, junto a la ciudad de Joppe, y la fuente está junto al mar, y de ella se cuenta que cuando Perseo mató al monstruo marino al que había sido expuesta la hija de Cefeo, se lavó allí la sangre”…

Martín-Miguel Rubio Esteban