Para una parte destacable de la sociedad española las conductas que hace pocos años eran juzgadas como inmorales, ahora forman parte de una nueva especie de amoralidad social, más precisamente, una antieticidad social ajustable a las necesidades del poder, que está conduciendo al individuo a un factor de sugestión perpetua (A.Ross). El progresismo de este tiempo, portador de una mentalidad procedente de la “caología” y del nihilismo, sostiene que los códigos morales –según Kelsen, defender la existencia de valores imperecederos es tan falso como las mentes de quienes los construyeron--.son un artificio creado por el heteropatriarcado y su sistema explotador, por lo que para la convivencia social se ve innecesario el sacrificio, las conductas desinteresadas, la templanza, la caridad, etc. Estima que son residuos religiosos con el propósito de controlar al individuo y tenerle distraído con varias quimeras. La desmoralización impulsada por las ideologías progresistas más descarnadas, caso del colectivismo y el ultraindividualismo globalista, quieren debilitar a las sociedades extendiendo el enfrentamiento social y la lucha violenta. En realidad, el progresista acepta los principios morales siempre que le favorezcan y pueda utilizarlos contra el enemigo. Por ejemplo, se defiende el derecho a la vida siempre que parta de algunas de las categorías aceptadas por la cultura ideológica y se integren en la sanidad pública dentro de las medidas terapéuticas, caso de la eutanasia, la eugenesia y el aborto.
Para dar curso al hedonismo y al narcisismo, el progresismo tiene su propia ética utilitaria, de “gran tibieza psíquica” (J. Ortega y Gasset), que reduce gravemente la solidaridad y la ayuda necesaria, al exigir sacrificios que el individuo no está dispuesto a afrontar. El colectivista hedonista, que en un ejercicio elevado de ánimo –hipocresía elevada a la máxima expresión--hace creer que está sufriendo constantemente por la humanidad, verdaderamente solo vive para sí mismo, y a nivel social únicamente le importa el pequeño grupo con el que mantiene relaciones predominantemente cosificadas. Diríase que tiene una corteza de cerebro especialmente construido para el abastecimiento propio, con un espacio blindado para el dogma y una parte abierta al guiñol imaginario con el que pueda contrarrestar la realidad.
La parte degradada de la sociedad española se suma mecánicamente a los contenidos morales por una mezcla de interés y apatía. Apenas nada por el afecto o la tendencia amistosa que le lleve al otro. Tampoco por sentirse unido a los demás en un proyecto común, dada la desgana que le produce seguir algo intangible. La nueva eticidad progresista, el humanitarismo, hace creer que con imponer la paz del asentamiento genuflexo al partido del Gobierno y la tolerancia ilimitada, se podría prescindir de todos los componentes del orden moral. Con ella rechaza toda trascendencia y la esperanza de llegar a un lugar sobreceleste, superador de lo material.
La pasión de su vida está puesta en los partidos políticos, en el amado líder, en los clubes deportivos y en los amplios o reducidos vicios, casi siempre inconfesables. El colectivismo individualista suele estar integrado por seres con corporeidad y mentalidad intrascendente, encapsulados a una sociedad organizacional. Apenas contempla la idea y el sentido del orden –donde se establece la relación entre el pensamiento y la conciencia que sabe diferenciar entre el bien y el mal-, afectando en mayor medida a los ámbitos de lo político y lo jurídico. En cuanto a la cultura –se sabe que para las ideologías todo es cultura-- se compone de un maremágnum de distopías desparramadas por la sociedad, que dificultan tener una conciencia social recta. La falta de una idea de orden en la sociedad, ha sido una de las causas de que haya aumentado la arbitrariedad decisionista, en aparente contradicción con el organizacionismo, a la vez que está provocando una enorme corrupción político institucional y atrayendo a la política y a las instituciones a potenciales delincuentes o a ineptos fracasados en su función laboral.
La tesis kantiana de que la ley es la que determina lo que es bueno, se convierte en una justificación para que el poder esté adaptando la moral a su conveniencia. El poder progresista actúa sin necesidad de seguir el prius de los contenidos morales. En general, las leyes serán aplicadas a tenor de las decisiones tomadas por la impolítica, que, a su vez, al sancionar las normas por las autoridades públicas, son la mayor fuente de derecho, convirtiéndose en una fuerza contra la libertad humana. Cuando el bien y lo recto dependen de los deseos políticos, se debe a que no se cree en ellos como inmutabilidad necesariamente aplicable. De hecho, el poder político y la burocracia están creando a su conveniencia la legislación, que servirá para extender la amoralidad en el administrado, al que no le quedará más remedio que ajustarse a la decisión ideológica-política. Ante esta situación, cuando las ideas están angostadas, cuando lo trascendente no sirve para poner en marcha una sociedad, lo único que dinamizará el conjunto social será el interés personal.
Curiosamente, a pesar de que no se crea en el orden moral, la base en que se asientan las organizaciones, además de su función y utilidad, se halla en los valores. Muchos de ellos desfigurados por la manipulación, tosca o refinada, pero siempre útiles para defender las medidas adoptadas. Quiere decirse que, junto al descrédito real de los valores y en mayor medida de las virtudes, subsiste un formalismo vacuo, aunque muy necesario, para mantener las apariencias y hacer pasar la opinión general por la verdad –veritas in dicto non in re consistit (la verdad consiste en el decir, no en la cosa) --, un rasgo propio de la hipocresía de un sistema que tiende a acabar con la realidad.