Opinión

Distinto a cada instante

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 28 de junio de 2026

Se conocen suficientes descripciones de la poesía. Todas son permitidas por resultar inagotables. Estos días últimos, uno ha pensado que, sencillamente, si es que puede darse ese amago de sencillez sin adulterar lo especial que tiene, la poesía es la amplitud de su posibilidad. En ella, en lo que alcance su ancho margen, cada uno tendrá que buscar lo que mejor corresponda a sus vicisitudes, a sus desesperaciones o a sus demostraciones de fuerza y rebelión contra la realidad y el mundo, que siempre siguen y les importa poco o nada lo que tengamos que reprocharles al respecto. Pero lejos de las frustraciones, esa propia búsqueda, ese dar con los erizos verdes que, por gracia y revelación, tanto acaban significando, es la que nos va adentrando y convenciendo, aunque el camino nunca dejará de hacerse a tientas, algo que tampoco debería cambiar.

Refiriéndonos a los cambios en los libros, a la famosa expresión juanramoniana de que los libros, en edición diferente, dicen cosas distintas, ha sucedido que, sí, con este ejemplo traído, ha pasado a renovarse su lectura, pero la intención y la atmósfera dejadas hace veintidós años eran tales que no han sido necesarios retoques o ajustes que parecerían convenientes después de varios libros, además de un evidente refinamiento que ya estaba patente entonces. Así procede el pájaro, regresa al catálogo de su editorial, pero con el atuendo mejorado por su edición en la colección “El pájaro solitario”. Una noticia así encontraría resonancias en muchas otras reediciones dentro del mercado editorial español. Lo que ocurre es que estas suelen ser de autores muertos y asentados en el canon, por lo tanto, la del primer libro —notorio, pues hay dos muestras anteriores— de Juan Antonio Bernier, merece su aparte y alegría por situarse de nuevo en primera fila y compensar las muchas tibiezas que supuestamente llaman la atención dentro de las novedades.

Este libro de poemas, insisto, leído en su primera edición ya resultaba primoroso en su diferencia e inauguraría el minimalismo marca de la casa, la predilección plástica y el apunte, casi aforístico, que combinaban una lírica espartana, apretada y ajustada, que podía sedimentarse en varias interpretaciones, como un nuevo simbolismo, mencionado de esta manera por Bagué Quílez.

Así procede el pájaro es el paseo walseriano que prefiere lo netamente sensitivo. Sea por Córdoba o el lugar que se preste a las menciones paisajísticas, y estas se desarrollan también en la mente —léanse los poemas de la parte última, especialmente L’Orangerie o Flecte ramos—, Bernier va mostrando la turbación solitaria, estética y dichosa, de la inspiración. Sus poemas son válidos por las certezas que adquieren de lo anómalo y lo extraño y, en principio, lo demasiado nimio como para dedicarle unas palabras. ‘Procuro no pensar. Quisiera devolverle/ la familiar mirada con que el bosque nos mira’.

La poesía de Juan Antonio Bernier es, como ya se ha comentado anteriormente, virtud de la mirada. Cada libro, un retiro en el que desquitarse de lo que truena, y es fácil en la literatura que se formen más borrascas que destaquen los claros de bosque. Lo escrito en estos versos confirman lo lejos que seguirá llegando lo que ven sus ojos, y allá donde se posen, la firmeza consecuente de sus raíces.