Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona. Tusquets. Barcelona, 2026. 288 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 10,99 €.
Por Teresa Sánchez
La obra Kiev. Una fortaleza sobre al abismo, de Elena Kostioukovitch, es un libro hecho a retazos de recuerdos, historias y memorias y donde la capital de Ucrania se convierte en el escenario de un teatro en el que se representa el paso del tiempo. Una mezcla de la memoria de la autora y la memoria colectiva sobre la historia de la ciudad y del país donde se relata su presente y se recuerda su pasado.
De este modo, el libro no pretende ser unas memorias al uso, ni el canto a una ciudad, ni el recorrido por la vida de la autora, ni una reflexión política, pero, a su vez, es todo eso. La obra se convierte en una miscelánea de recuerdos que se van entretejiendo unos con otros hasta formar un todo con sentido. La autora va y viene de un tema a otro, invitando al lector a acompañarla en el recorrido por la historia de una ciudad que sigue construyéndose poco a poco.
Uno de los principales aciertos de la obra es la calidad en la escritura de la autora quien, pese al tono ensayístico, se aleja de cualquier frialdad académica gracias a la presencia de sus memorias personales, por lo que todos los recuerdos o los hechos históricos que narra tienen una conexión con lo íntimo y lo personal. La obra, escrita con una prosa elegante y conmovedora, consigue aunar lo personal con lo histórico, junto con la observación de la ciudad en sí misma, y hacer que todo ello se funda armoniosamente, con un ritmo narrativo fluido y atrayente.
El libro está contado como el que recuerda un paseo por la ciudad. Cada uno de los elementos, ya sea una plaza, una calle o un monumento, funciona como catalizador para contar una historia del pasado o del presente y donde se transmite la idea de que la ciudad puede y debe entenderse más allá de la guerra actual, como un lugar lleno de recuerdos y de historia compartida que forma parte de su belleza. De este modo, Kostioukovitch convierte el espacio urbano en un auténtico archivo, donde cada rincón conserva las huellas del pasado configurado la identidad de Kiev. El recorrido por la ciudad trasciende, de este modo, la simple descripción de sus lugares más icónicos y se configura como una reflexión sobre el vínculo entre el pasado y el presente, poniendo de manifiesto que comprender Kiev requiere reconocer la complejidad de su devenir histórico y el papel esencial que desempeña la memoria en la construcción de su identidad.
Uno de sus aspectos más emotivos es la incorporación de la historia familiar de la autora, que aporta una dimensión íntima y personal al relato histórico. El asesinato de sus bisabuelos durante la masacre de Babi Yar constituye uno de los pasajes de mayor carga emotiva, que refleja cómo las tragedias colectivas continúan proyectando sus efectos a lo largo del tiempo, configurando la memoria y la identidad de quienes las experimentan.
En la misma línea, la historia de su abuelo, quien participó en la recuperación de las obras de arte tras la Segunda Guerra Mundial, amplía la reflexión hacia el patrimonio cultural, presentado también como una víctima de los conflictos armados.
La literatura ocupa igualmente un lugar central en la obra. Kostioukovitch sostiene que la identidad de un país no puede comprenderse únicamente a través de la historia y de los acontecimientos que la conforman, sino que hay que extender la mirada más allá. La riqueza de los escritos de autores como Nikolái Gógol y Mijaíl Bulgákov pone de manifiesto las múltiples influencias que han configurado su identidad a lo largo del tiempo. Estas referencias literarias no solo embellecen el relato sino que permiten entender mejor cómo ha evolucionado históricamente la ciudad y cuáles han sido las tensiones culturales que han marcado su devenir.
En resumen, estamos ante una obra profunda y hermosa, que reivindica la memoria como instrumento necesario de supervivencia y que busca que nos preguntemos sobre nuestra identidad, nuestra historia y nuestros recuerdos. No hay mejor manera de terminar que con los versos que Bulgákov dedicó a Kiev en una de sus obras: «La ciudad es bella, la ciudad es feliz. A orillas del río Dniéper, entre castaños y manchas de sol» (pág. 116).