«Sí. Eres el hueso de mi madre,
pero tu voz ya no es su voz tampoco (...)
¿Y tus cabellos...; dónde tus ojos?
¿Dónde el brillo de la luz que me alumbrara?
Están secos como frutos sin estío.
No los veo ni me guían ya tus ojos.»
—Madre. Carmen Conde.—
Si uno de esos extraterrestres desclasificados por el FBI aparcara la nave en doble fila y nos observara un instante, en sus informes describiría un cierto estupor ante la vida que nos hemos dado en el primer mundo, y la otra vida purgatoria que hemos concedido a sureños de todos los colores, como si el norte hubiera condenado al sur a ser objeto de toda su frustración y sed —deseo confuso— de Poder.
Guerras, dictaduras, estados fallidos con fallidos gobiernos de extremas acciones e ideas; mesiánicas esperanzas de limpieza étnica o religiosa y todos los desastres que en nombre de la paz —por no decir del desfalco—, sufren los habitantes de las históricas rutas de la seda, del opio, del petróleo y de las tierras raras. Tan raras, como la extraña costumbre del adulto por exportar el mal de su corazón, por hacer un bien a todos los hombres y mujeres de irregular voluntad. Así ha sido siempre; lo llamamos Historia, fenomenología inhumana, Orden mundial, monarquía, república, anarquía, dictadura, poderío, crueldad, abuso, conquista, reconquista y cambio de prisioneros en un puente bombardeado; relato del vencedor, crónica y cantar de gesta, películas, libros, documentales con la misma versión oficial, tan gloriosa y, a la vez, tan distinta al testimonio de los millones de muertos, que abonan los prados de todo el mundo y luego caen en la palma de la mano de un dios en el exilio.
Sin embargo ante los ojos de un hijo, el extraterrestre seríamos nosotros; y así lo hace saber la nueva generación en su rebeldía, cuando observa y sólo ve a seres raros, verdes, aburridos, cansados, iracundos, asomados perennes al balcón de la pantalla, moralistas del deber, expendedores de normas sin sentido, adictos al estatus monetario, sumidos y sumisos a una callada tristeza, tan autoinmune como la mutación de un virus, tan enfermiza como la relación posesiva de un patrón con su esclavo.
¿Fue siempre así? No, no siempre. La mirada del hijo nos recuerda cada día, que no siempre hemos sido tan insoportablemente correctos, tan insoportablemente estrictos, tan cargados de razón y soberbia, tan entregados a la dictadura de la imagen y al ‘qué dirán’ los conocidos, la familia, los jefes, los interesados a quienes pareciera que les debemos una versión diabólicamente perfecta de nosotros mismos, incólume, completa, incorrupta; pues el hijo recuerda haber sido amado, haber sido objeto de una preferencia amorosa, primordial; recuerda haber entrevisto en los ojos de sus padres un brillo, ya perdido, que lo hacía dormir tranquilo en el silencio del hogar. En cambio ahora, por desgracia, sólo recibe dinero, ropa, cánones morales, valores, contravalores, monsergas, frialdad, desaprobación, medida, queja, decepción, expectativas de fracaso; tensión, hipocresía, competitividad e infierno de guerra importada, interiorizada en el frente de trabajo e inoculada en niños —nuestros niños— espectadores desganados, hechos a la amarga orfandad de padres ciegos ante el candor, ya invisible, de una criatura que se aleja.