6.5/10
El fenómeno de la emigración masiva es uno de los mayores problemas que tiene Europa y cuando nos limitamos a las grandes cifras hacemos desaparecer la épica y la tragedia, limitándonos a un debate genérico de cifras macro. Pero detrás de las cifras hay dolor e ilusión, chicos jóvenes que lo dejan todo en busca de un sueño a menudo imposible. Porque llegar es difícil, la muerte acecha en el desierto o en el mar, pueden ahogarse o ser asesinados por policías corruptos de países norteafricanos o por las propias mafias. Y cuando logran llegar aquí, en realidad no tienen nada. Se convierten en personas fuera del sistema. Acabarán mendigando o sobreviviendo con trabajos denigrantes, peor que en sus países de origen. Viaje al país de los blancos nos permite dejar atrás los prejuicios y contemplar un caso real donde tras el horror la bondad gana a la estadística.
Always forward, never backwards (siempre adelante, nunca atrás) es el lema de Ghana y el que impulsa a nuestro protagonista, Ousman Umar, un adolescente analfabeto de un pequeño pueblo de ese país africano que tiene todo lo que necesita para ser feliz, excepto las respuestas adecuadas para entender cómo los blancos son capaces de hacer volar un enorme avión metálico sin recurrir a la magia. Su padre es el marabú del pueblo y Ousman vive rodeado de cariño y aprendiendo el oficio familiar. Su mejor amigo es Musa y juntos recorren su pequeño gran mundo rodeados de naturaleza espléndida y ríos cristalinos. El ser humano crece por su curiosidad y por ello Ousman decide que quiere conocer el «país de los blancos». No sabe que entre esa frase y la realidad les separa una odisea terrible, pero tiene determinación y convence a Musa de que le acompañe. Comienza un viaje que durará cinco años, donde las penalidades sufridas serán inenarrables (él mismo no será capaz de articularlas adecuadamente), y su destino es un lugar donde descubrirá que nadie le quiere. En cierto modo, ahí comienza un nuevo viaje.
La historia (real) que nos cuentan en Viaje al país de los blancos es conmovedora y cualquiera que tenga un gramo de empatía en su piel sufrirá con Ousman y las penalidades que padece. Pero tanto el guion (Guillem Clua) como la dirección (Dani Sancho) son flojillos y previsibles. La película está dividida en tres capítulos y cada uno de ellos responde a un momento vital del protagonista. Ese planteamiento está bien conseguido. En ellos descubres su vida en la infancia y su recorrido al llegar a España. Echo en falta conocer mejor su viaje de cinco años ya que se describe de manera muy somera, sin detalles, y considero que es parte fundamental de la historia. Lo mismo que el Ousman analfabeto que de repente es un hombre culto, conferenciante, y no se muestra esa parte de superación personal excepto en una corta escena en una clase de una ONG. Otro elemento molesto (esto es culpa mía por ver la película doblada) es que la versión original es en catalán, pero la que yo vi era en castellano, con la sensación de que quienes hablaban no eran personajes sino locutores ampulosos mal sincronizados con los labios. A veces detalles menores reducen la calidad de una película y es una pena, porque la historia de Ousman es apasionante, es una Odisea con todos los ingredientes necesarios, lo tiene todo para triunfar. Un viaje calamitoso, peligrosísimo, donde la muerte le acecha cada día. Luego una llegada a un país donde no habla el idioma y no sabe escribir, con todo lo que eso representa en el tortuoso camino de la burocracia. La maldad y la bondad rodean a un chico que lleva dentro demasiados traumas provocados por esos cinco años de camino, traumas que los europeítos blandurrios acomodados en sus benzodiazepinas y desasosegados por su cortisol no pueden siquiera imaginar. Y cuando la bondad emerge todo lo demás pasa a un segundo plano. Una espléndida Emma Vilarasau da forma a esa bondad en la persona de Montse, una mujer real que superó el miedo y la desconfianza y decidió que debía ayudar. Y lo hizo a fondo. Como dice el Talmud, cuando salvas a una persona salvas a la humanidad entera, porque dentro de cada uno de nosotros hay un universo. Montse es real, es una de esas personas —pocas, poquísimas— que no se resigna a ver los toros desde la barrera y actúa, y en ella podemos observar la bondad en estado puro, una bondad no impuesta sino decidida desde el corazón. Cuántos beatos meapilas jamás harían nada por alguien como Ousman. Pero es que la bondad no depende de ritos o liturgias sino de convicciones interiores, de estar en el lado correcto de la vida. Yo, por cierto, soy como esos a los que critico y tampoco bajo al ruedo, me limito a observar desde arriba, donde no hay que mojarse más que con monsergas.
Otro aspecto que sube el nivel general de la película es su música. La compositora francesa Laetitia Pansanel-Garric introduce un piano muy bien articulado en cada escena, poniendo la intensidad dramática y el ritmo narrativo. Particularmente logrado en los momentos de tensión o zozobra, jugando muy a favor de las imágenes.
Viendo esta película basada en hechos reales es probable que pensemos que todos los inmigrantes subsaharianos se mueven por las mismas convicciones e intereses. Pero no es así. Cada uno de ellos tendrá una distinta motivación para jugarse la vida por llegar al país de los blancos. El caso que aquí nos ocupa es el de un chico que no necesita salir de allí, tiene una vida estable, amor, cariño, casa y vive en un entorno privilegiado en plena naturaleza. En otros casos habrá pobreza, guerra, persecuciones, hambre, y mucho más a menudo un enorme hastío vital por la falta de futuro. Lo que es seguro es que la determinación que ellos tienen para venir a nuestro espacio de prosperidad es mucho mayor que la que nosotros podamos tener para impedirles llegar, porque ellos vienen huyendo de sus propias vidas y nosotros les recibimos con guantes de látex y mascarilla.
Quienes dicen que las fronteras son artificiales, que ningún ser humano es ilegal o que La Tierra es de todos los seres humanos seguro que no han pensado que los psicotrópicos que han ingerido antes de proferir semejantes sandeces también son artificiales, como lo es la casa en la que viven, que según ese discurso también será de todos. Porque es ese buenismo de manual de primero de activista lo que genera más rechazo en la sociedad real, la que hace la compra en el súper buscando las ofertas y va a trabajar cada día en metro. En Europa —aún— se vive mejor que en Africa, y ante tamaña evidencia no habrá muros lo suficientemente altos. Por ello es necesario tener mecanismos de control que eviten el colapso. La capacidad de absorción está cerca de atorarse, y llegado el caso, el buenismo no evitará que comiencen procesos extremos que toda sociedad inteligente debe prever para evitar. En Francia no lo supieron hacer y observando su resultado es posible que hasta los más laxos e ingenuos entiendan que si no proteges tus fronteras tu país deja de existir como tal. El caso real de Ousman nos hace ver que si una persona se integra se convierte en parte de la sociedad activa y próspera y sus valores serán los valores del país de acogida, que será el suyo propio. La integración es la única manera de que el modelo funcione. La sociedad multicultural solo funciona con mucho cannabis. Cuando los inmigrantes no se integran y viven en guetos sin mezclarse con el paisanaje local siempre serán elementos extraños que crearán problemas y estallidos, más graves cuanto mayor sea su número. Su sueño incumplido será nuestra pesadilla y el fin del estado de bienestar. Como nos cuentan en la película, el caso de Ousman es un milagro, y como tal, extraordinario.