Opinión

España y los contrastes

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 02 de julio de 2026

Nadie puede olvidar que el país está en ruinas, que se cubre de verdín nuestra esperanza y se oscurece el ardiente sol de nuestros días. Hay una amenaza bien armada tras un velo de sonrisas impostadas. El resentimiento que escupe su bilis pestilente por la boca séptica del diputado es el aire nuestro de cada día.

Los listos de la clase acusan a los EE. UU de contribuir al desvelamiento de la miseria patria, evitando ese adjetivo porque no conocen más patria que su bolsillo aunque se proclaman “gente”, como antes se proclamaron “clase”. ¿Sucedáneos de un pueblo desaparecido? ¿Por qué nacen de España estos mandriles envilecidos? No es ya que le nazcan a España, sino que nacen de España. ¿De dónde venimos para llegar a ser esa dolorida sombra de la nada? Se dice siempre que somos un país de contrastes: ¿lo somos? ¿por qué? Es cierto que abunda en España la medianía de domesticados defensores de la democracia que se limitan a pedir el voto y a señalar la corrupción con una esperanza ingenua, como si el curioso acto de enterrar votos en las urnas pudiera arrebatar su vida gris a los gusanos. Se presentan como sensatos adalides del término medio estadístico cuando la única sensatez clama ya por un verdadero contraste. Las palabras graves son ya las únicas válidas, aunque conviene expresarlas en formas tranquilas.

El espectáculo del estado a la deriva es el último acto de un drama que se hace largo y que conoce ciclos. Es posible que estemos pasando de un ciclo apolíneo a uno dionisíaco, como dicen algunos: de un momento balsámico a otro tormentoso. Mantenemos, pese a todo, una misma dirección y sentido. Caminamos con un ritmo irregular hacia la nada.

Pero somos un país de contrastes. Se levantará una muralla y hallaremos fuerza suficiente para enfrentar esta nube de ceniza. Repetida únicamente como farsa, nuestra historia no tolera esa guerra civil que promueve tanto afligido parlamentario. Y ésa, que es su desgracia, será nuestra fortuna. Nadie se alista bajo banderas sin épica que prometen para mañana un progreso anodino de falso bienestar, una sociedad organizada como un parque temático sin substancia. Es falso, además, que se pague la traición con crecimiento, que se abone con bienestar el escarnio de los símbolos que creíamos a salvo. Y si lo fuera habría que despreciar las monedas que nos arrojan como para abrevar puercos.

No hay masa degradada capaz de matar el organismo sano del país de los contrastes. Se alzará la contrafigura radiante de esta mueca sin mañana porque ignoramos el claroscuro y viajamos sin mediación de las tinieblas a la luz, como corresponde a una larguísima tradición bien asentada: la tradición que concibió la virtud fundada en la colisión de pasiones aparentemente opuestas. Me refiero a esa tradición que obtiene la moderación por efecto del contraste entre dos emociones impetuosas. Esa tradición es el enemigo último de la sombría atmósfera que nos abruma: es el cristianismo histórico del que España está siempre despojándose para investirlo de nuevo. El cristianismo constantemente nuevo es el catolicismo de siempre.

Frente al moderado que busca el centro en la promiscua composición de ideas progresistas y conservadoras produciendo una dilución en la que ninguna idea está presente con toda su potencia, el cristianismo histórico radicaliza las posiciones y las conserva en su pureza. Por ejemplo, hace al hombre la más altiva de las criaturas y a la vez el más abyecto de los pecadores. Concibe la valentía como un fuerte deseo de vivir que toma la forma de una insensata disposición a morir. Los lectores de Chesterton reconocerán aquí las paradojas del cristianismo, me limito a afirmar mi esperanza en la supervivencia de esa paradójica religión entre nosotros. No hallaremos el equilibrio en la modestia que diluye el puro orgullo y la pura postración, sino en la simultánea afirmación de la humildad extrema y el orgullo más exaltado. Toda mi esperanza radica en esa disposición a dar lo mejor frente a lo peor, a partir de lo peor y al mismo tiempo. Al fin y al cabo el aroma de las rosas contiene siempre en el fondo su puntita de escatol.