O una caña. Da lo mismo. Son las frases, los gritos que más se oyen ya este fin de semana de julio en los chiringuitos y bares que inundan playas y pueblos de este bendito país, que ve como millones de personas viajan en un peregrinaje desenfrenado para tratar de olvidar problemas y penas que les persiguen.
Olvidar, eso sí por unos días, porque después vendrá la dura realidad, que existe de verdad, y de la que no queremos ni oír ni comentar, como sucede con la tragedia de Venezuela o con las decenas de conflictos que tenemos en este mundo, que se nos convierte cada vez más en una Sodoma y Gomorra que no sabemos si terremotos, bombas o justicia divina, nos trae cada día noticias de hambrunas y muertes.
Este fin de semana ya sabemos que son miles los muertos por el seísmo venezolano y decenas de millares los desaparecidos con imágenes que nos sobrecogen, eso sí unos momentos, porque queremos disfrutar y con el tinto rojo de verano olvidar el rojo de la sangre, que nos tenía que avergonzar por no haber puesto los medios para solucionar, por ejemplo, construcciones de viviendas que han caído como castillos de naipes, mientras otros, como siempre políticos, se llenaban los bolsillos de dólares o joyas, justificándose en mentirosas mediaciones.
No nos extrañe, pues, que la justicia divina convierta en estatuas de sal a esos desalmados o por lo menos ocupen en el futuro celdas, por decenas de años, y que les hagan recordar que el que “la hace la paga”, por muchas prebendas anteriores que hayan tenido.
Menos mal, que como siempre, la Iglesia está ahí, y la Conferencia Episcopal Venezolana en sintonía claro está con la Santa Sede, está coordinado los trabajos de ayuda y asistencia procurando que pocos políticos “metan la mano”, y así numerosas diócesis y parroquias de ese bellos país se han transformado en centros de acopio, en espacios de oración y lugares de acogida para los damnificados y con atención también para sacerdotes , muchos de los cuales también han sufrido perdidas materiales y personales, mientras, eso sí, continúan prestando servicios a sus comunidades.
Así que, queridos lectores, menos tintos de verano, menos cañas, menos Mundial y más solidaridad, y por favor olvidémonos de una vez por todas de esa desgraciada frase: “ande yo caliente, ríase la gente”.
Por cierto, no olviden tampoco a los personajes que manchan a nuestra sociedad y que ellos sí que siguen brindado, no con “tinto de verano” sino con champán, que hemos pagado todos con nuestros impuestos.