Este año se cumple el 150 aniversario de una de las primeras novelas de Benito Pérez Galdós. Entre marzo y mayo de 1876, fue publicada por entregas en La Revista de España la novela Doña Perfecta.
El argumento es sencillo: don Pepe Rey, un ilustrado ingeniero procedente de la moderna capital, llega a Orbajosa, tradicional ciudad de provincias, para casarse con su prima Rosario. Tan pronto como surge el amor entre los jóvenes primos aparecen las desavenencias del pretendiente con su tía doña Perfecta y con el penitenciario don Inocencio, quienes ven en Pepe Rey a un ateo que pone en riesgo la paz de la villa edificada sobre una tradición moral y religiosa que juzgan incuestionable. Las desavenencias desembocarán en tragedia.
El narrador insiste en que la ciudad de Orbajosa es ficticia, pero sospecho que esta ciudad es trasunto de una localidad real. Los paisanos presumen del cultivo del ajo y el protagonista, al comienzo de la novela, se apea en el kilómetro 171. Estos dos datos coinciden con la descripción del municipio conquense de Las Pedroñeras.
Más allá de esta curiosidad, podría objetárseme, a la vista de que el argumento es el casorio de unos primos, el carácter obsoleto de la novela. Si bien es cierto que el matrimonio concertado entre parientes ha pasado en Occidente de ser la norma a ser la excepción –aunque a algunos de los que tenemos primas repugnantemente guapas aún nos resulte halagüeña tal perspectiva–, la novela sigue siendo actual en muchos otros aspectos. El conflicto entre el deseo carnal y el amor filial, el recelo de lo nuevo por sernos desconocido, el menosprecio de las tradiciones ajenas o la imposición de los padres a los hijos de un destino que aquéllos hubieran querido para sí mismos aunque haga infelices a éstos son algunos de los temas de la novela. Todas estas desventuras nos interpelan porque las vicisitudes de las pasiones humanas no han cambiado. Si la apelación a la actualidad no basta, siempre queda recordar que cualquier obra de Galdós merece ser leída sólo por su estilo, pináculo de la literatura de la generación de 1868, la cual –a mi juicio– nada tiene que envidiar en aspectos formales a nuestro Siglo de Oro.
Mas no escribo este artículo para entrar en el argumento o los temas de la novela, sino para advertir el escandaloso parecido de uno de sus personajes secundarios –don Cayetano Polentinos, cuñado de Doña Perfecta– con el polígrafo santanderino don Marcelino Menéndez Pelayo. La similitud va más allá de la bibliofilia de uno y otro. Don Cayetano, en una reunión nocturna en su biblioteca con Pepe Rey, dice: «No doy un paso por el laberinto de la Historia inédita sin tropezar con algún paisano ilustre. Yo pienso sacar todos esos nombres de la injusta oscuridad y olvido en que yacen. ¡Qué goce tan puro, querido Pepe, es devolver todo su lustre a las glorias, ora épicas, ora literarias, del país en que hemos nacido!». Tres lustros más tarde, Menéndez Pelayo, en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, confiesa que su ánimo «augura mejores días, y hasta sueña, con ver en plazo no remoto levantarse de nuevo en este erial en que vivimos, algo que se parezca a pensamiento propio y castizo, no porque servilmente vaya a calcar formas que ya fenecieron, sino porque adquiriendo plena conciencia de sí mismo, conciencia que sólo puede dar el estudio de la historia, y entrando, por decirlo así, en total posesión de su herencia, que ha desdeñado como harapos de mendigo cuando era patrimonio de príncipe, empiece a realizar de un modo consciente y racional las evoluciones que desde hace más de un siglo viene realizando con temeraria y ciega inconsciencia».
Este olvido de nuestras glorias literarias y científicas que convierte en erial lo que fue una fertilísima tierra se debe, como indicará posteriormente don Marcelino en sus advertencias preliminares a la segunda edición de su Historia de los heterodoxos españoles, a la ruptura con nuestra propia tradición: «El olvido o el frívolo menosprecio con que miramos nuestra antigua labor científica, es no sólo una ingratitud y una injusticia, sino un triste síntoma de que el hilo de la tradición se ha roto y que los españoles han perdido la ciencia de sí mismos».
Esta situación, indica Menéndez Pelayo en su discurso, «no se cura con importaciones atropelladas, con retazos mal zurcidos de lo que ya se desecha en otras partes, ni menos con el infame recurso de renegar de nuestra casta y lanzar sobre las honradas frentes de nuestros mayores las maldiciones que sólo deben caer sobre nuestra necedad, abatimiento e ignorancia». Esta precaución también es expresada por Cayetano Polentinos, quien afirma que su vida dedicada al estudio de la historia tiene por fin «convertir los ojos de esta generación descreída y soberbia hacia los maravillosos hechos y acrisoladas virtudes de nuestros antepasados», para, un poco después, clamar: «¡Ojalá se emplearan exclusivamente nuestros sabios en la contemplación de aquellas gloriosas edades para que, penetrados de la sustancia y benéfica savia de ella los modernos tiempos, desapareciera este loco afán de mudanzas y esta ridícula manía de apropiarnos ideas extrañas, que pugnan con nuestro primoroso organismo nacional!».
Si los españoles seguimos despreciando nuestra historia, se incrementará la desorientación cultural y moral que venimos padeciendo tanto tiempo y que nos acerca al abismo de la desaparición nacional. Advierte don Marcelino en su discurso: «Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte; puede producir brillantes individualidades aisladas, rasgos de pasión, de ingenio y hasta de genio, y serán como relámpagos que acrecentarán más y más la lobreguez de la noche». En este punto, don Cayetano es más pesimista: «Creo que dentro de algún tiempo ha de estar nuestra pobre España tan desfigurada que no se conocerá ella misma ni aun mirándose en el clarísimo espejo de su limpia historia». Ante el esperpéntico panorama político del verano de 2026 –perdonen este final tan valleinclanesco–, al españolito medio no le duele España porque su supina ignorancia emborrona el espejo que le devolvería su grotesca deformación moral.