Opinión

Ronda de tarde

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 05 de julio de 2026

Algo había sucedido para que un viernes cualquiera se diferenciase del resto. No es que lo inevitable del fin de semana, y la cantidad de festividades que el verano inaugura, premiaran con un distintivo. Si uno se echaba a la calle, podía notar cómo todo marchaba al ritmo de los relojes, como siempre; cada lugar con sus horarios sin que se cerniera sobre ellos un laberinto de cambios, en absoluto. Nada podía romper lo contemplativo. Lo que sí destacaba era la luz que dejaba un resplandor reverberante en todo. Le mandé una fotografía del alero de una iglesia a la marquesa de S. Ni idea de cómo estuvo tan ágil para responderme con otra de los tejados que hay frente a su piso. Parece que estabas preparada, le escribí en el chat. ¿Para estar haciendo nada?, ya sabes que sí, me respondió.

El halo amarillo que coincidía en ambas fotografías infundía cierto coraje, y era complicado advertir el porqué cuando las repasaba, mientras subía las escaleras mecánicas. En una de las calles de entrada al barrio de Malasaña, se repetía. Es el que hacía que los lugares se revistieran de un mayor lujo y elegancia, no por parecer inaccesibles o para una clase determinada, pensé, sino por saberse reconocidos a la mirada de cualquiera, al servicio de la pura impresión, cortés con los desprevenidos y firme en su caída por las fachadas y adoquines.

No había nada que fuera a traducirse como impropio, como especial que mereciese más, y sin embargo uno no podía dedicarse a otro asunto que devolverle las señas, entrando y saliendo de un par de librerías y esperando a que, más cerca ya de la plaza, el halo se repitiese, aceptando la recompensa que entrega el juego desconcertante de no esperarnos un plan determinado, de ir presenciando el avance de la tarde y nosotros con la idea fija de que ese escenario no tiene nada de novedoso, y es un pensamiento exacto, pero a cada paso lo aguarda una calle que desaparece y retorna bajo el vislumbre. La albúmina de los tintos y las cervezas mantenían en la plaza ese torrente de conversaciones y ganas de contarse que prevenían de las distracciones. Los bancos que rodeaban el arco y las estatuas de Daoiz y Velarde estaban vacíos.

El barrio tenía otro tejido, de la misma manera que las fotografías intercambiadas entre la marquesa de S. y uno eran ya otras, ajenas, un punto irreconocibles si se comparasen. Nada generaba mayor agitación que cada vuelta a las esquinas, más desiertas si uno se encaminaba a la parte que desembocaba en Chamberí. Cualquier tejido era susceptible de la sed que esas horas y el calor invitaban a que se remediase. Uno tenía previsto la visita a un bar de vinos de muy reciente apertura, el Olo, pero la impaciencia porque levantasen la persiana hizo que diese otro par de garbeos a las manzanas próximas. Atravesé el edificio Princesa, previo trávelin por las cristaleras del gimnasio, con la clientela en toda su devoción; por la recogida del quiosco y su prensa y artículos de regalo, y una vez en el amplio corredor, pasando por delante de los conserjes que vaciaban cajas de cartón y barrían las rampas y escaleras. El jardín trasero, exclusivo de los propietarios, sacaba las flores de sus adelfas como llamas. Por la calle de San Hermenegildo, de una de las viviendas a mi derecha, una pieza de jazz al máximo volumen por su balcón abierto.

Algo más se fue congregando en el aire del barrio que no renunciaba a ser silencioso, cerca de las ocho, como si pudiera dejar ver a las claras que la calle buscaba una perpetuidad, más abstracta que sugerida.