Opinión

Acogedora capital cultural

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 26 de diciembre de 2008
Para el estudiante, el estudioso, el profesor o el hombre civilizado en general Madrid goza siempre de una atracción irresistible. En estos días varias exposiciones hacen de la capital de España un lugar de visita obligado.

El Museo Thyssen-Bornemisza nos presenta la exposición ¡1914! La Vanguardia y la Gran Guerra. Aquí no sólo aparecen las grandes obras plásticas más representativas de los padres fundadores ( conditores ) de las vanguardias europeas ( Marsden Hartley, Franz Marc, Otto Dix, Egon Schiele, Brancusi, Boccioni, Ludwig Meidner, August Macke, Fernand Léger, Mario Sironi, Gino Severini, Jacop Epstein, Giacomo Balla, Wassily Kandinsky, Pavel Filonov, Ossip Zadkine, Marc Chagall, Paul Klee, Ernst Barlach, Ludwig Kirchner o el potentísimo Max Beckmann ), sino que se explica perfectamente las circunstancias históricas que dieron lugar a las Vanguardias, el transfondo social e histórico de las Vanguardias, el humus humano de las Vanguardias. El Arte profetiza con un lustro de anticipación lo que se cierne siniestro sobre Europa. Ve en la guerra, la muerte masiva y la destrucción sucesos que Europa ya no puede soslayar. Incluso algunos, los futuristas ( Boccioni, Carrá, Russolo, Balla, Severini, Bonzagni y Romolo Romani ), ya están aducidos gratamente cuatro años antes de la guerra por el espíritu diabólico de la Gran Guerra: “Queremos glorificar la guerra – única higiene del mundo -, el militarismo, el patriotismo y las bellas ideas por las cuales se muere”. El arte queda contaminado y desgarrado por la locura social. Este hecho nos podría llevar a algunas conclusiones. Se rompe con la tradición cuando la realidad humana se hace tan dantesca que ser complaciente con la belleza podría ser traición. Pero cuando la realidad no se entrega a un holocausto insoslayable, no seguir la tradición que invita siempre a la vida y a la belleza sería efectivamente plagio. ¿Cómo puede haber epígonos aún de aquellas auténticas Vanguardias cuando éstas nacieron de una excepción histórica, de una coyuntura singularísima? ¿Hay algo más trasnochado y desfasado que las mamarrachadas de Barceló y sus amigos?

Enfrente del precioso y exquisitamente organizado Museo Thyssen-Bornemisza, nuestro grandioso Museo Nacional del Prado presenta dos soberbias exposiciones. En una, “Entre dioses y hombres”, encontramos más de un centenar de esculturas clásicas del Albertinum de Dresde. Desde los preciosos caballos preclásicos de principios del siglo V, cuyas cabezas recuerdan a los niños los caballos del ajedrez, al Missorium de plata del emperador cristiano Teodosio. En medio hay unas dosis de belleza tal ( efebos, distintas representaciones de la diosa Afrodita, entre las que destacan dos versiones de la Venus de Medicis, tritones, niñas, muchachas, ménades, Dianas, Apolos, etc. ) que el visitante sale de la exposición rejuvenecido e impregnado de una alegría cercana al gozo religioso. La psicología que vemos fijada con enorme economía de rasgos en los “cabezones” de Constantino y Majencio nos invitan a pensar que en escultura es muy difícil superar a los “Antiguos”, incluso a los “pampálaioi”.

Y en la otra, una espléndida colección de cuadros de Rembrandt evidencia la enorme modernidad que tenía aquel pintor holandés, y cómo llega a ser fuente de tantas corrientes posteriores. Personalmente me ha dejado cautivado el cuadro de pequeñas dimensiones que representa la huida a Egipto de la Sagrada Familia. En mi memoria siempre late con fuerza la imagen del cuadro de Joaquín Patinir sobre el mismo tema que se encuentra en el Tyssen, al otro lado de la calle, y veo ahora que también Rembrandt lo tenía presente. Es evidente que lo conocía. En el cuadro de Rembrandt, del siniestro Este ( la derecha superior del cuadro ) avanzan las tinieblas amenazadoras, anhelosas por engullir toda luz. Sobre un alcor, una casa tiene encendidas las luces de las habitaciones, y la luz que sale por sus ventanas parecen los ojos de un animal que naciese de esa noche negra. Abajo, a la izquierda, al Oeste, los personajes de la Sagrada Familia y algunas vacas rodean a una gran fogata con abundante combustible encendida. El Niño se encuentra muy cerca del fuego, mirando extasiado la luz abrasadora. Mientras haya luz en el mundo las alimañas de la noche no nos podrán hacer daño. Pero lo fuerte en Rembrandt es el retrato, y la penetración que el artista posee para bucear en la psicología del personaje, incluso en la suya propia, cuando hace su autorretrato disfrazado de Zeuxis, el pintor griego que sabía fundir las sombras como nadie y que pintaba las cabezas de sus héroes ligeramente desproporcionadas por lo grandes. La cara de cada personaje de Rembrandt nos está contando una historia interesante. No nos interesa el cuerpo desnudo de Betzabe, sino su rostro lleno de enigmas.

Salimos del Museo Nacional del Prado. ¿Cómo no solazarnos un poco ahora bajo la alta desnudez invernal de los almeces del Jardín Botánico? Recorremos un poco los laberínticos senderos del jardín carolino, los huertos y sus estufas, saluti oblectamentoque civium, y llegamos a su invernadero, en donde encontramos una magnífica exposición sobre la “Ars Mechanicae” del Medioevo español. La exposición se divide en cinco partes: La herencia romana y el mundo visigodo, el agua, la industria, la construcción, y, finalmente, los caminos terrestres y marítimos, en donde el ingenio de la España musulmana – tan española como la otra - destaca especialmente.

Como siempre, los provincianos dejamos nuestro muy querido Madrid completamente estupefactos.

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