Espasa. Barcelona, 2026. 396 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 10,99 €.
Por Aránzazu Miró
Tras una extensa trayectoria de novela histórica, la también periodista Mari Pau Domínguez se interna con esta última novela en el género negro. Tras unas recientes incursiones en épocas más cercanas, Las arrepentidas vuelve a ser histórica, situada en época del reinado de Alfonso XIII –tras las historias de tres de las esposas de Felipe II–; esta surge de los rastreos realizados para su novela No habrá otra primavera; en esa Apasionada vida de Carmen de Icaza, como se subtitula, mantiene como siempre el protagonismo en el quehacer de las mujeres, y aunque situado ya en un siglo XX más actual, el enlace –porque las novelas de Domínguez la van llevando, en los procesos de documentación, de uno a otro tema de interés– es la institución semi-religiosa conocida como Casa del Pecado Mortal de la calle del Rosal de Madrid, uno de esos endiablados lugares donde –hasta casi todavía ahora– se ha venido encerrando a mujeres embarazadas de manera inconveniente hasta el momento del parto y el regreso a su vida anterior –si eso es posible– sin noticias del hijo, que se volatiliza como si hubiera muerto.
Esa calle del Rosal de Madrid desaparece, con sus edificaciones, en el proceso de demolición y construcción de la nueva Gran Vía madrileña que inauguró Alfonso XIII. Ese momento es, en la novela que narra la vida de la escritora Carmen de Icaza, su primer hito como periodista al atreverse por iniciativa propia a hacer reportaje de semejante historia, y el lazo que Mari Pau Domínguez recoge para en esta nueva, Las arrepentidas, contar la historia de una aristócrata allí recluida; y la de su hijo desaparecido –robado diríamos ahora–, pero que en realidad fue vendido, y la de su amor fuera del matrimonio, y la de su huida, y la crónica social que como buen género negro denuncia no solo todo este entramado social y mafioso sino la corrupción del pelotazo urbanístico que supuso esa reforma urbana.
Porque esta no es una novela histórica, sino una novela negra con toda su crítica social; por supuesto con muertos, más allá de todos aquellos que suceden por causas naturales, y con la aparición del periodista entregado –hombre, sí, por necesidades del guion, pero admirador de Colombine, o sea, Carmen de Burgos, de nuevo una mujer héroe– con el que todo encaja y acaba bien. Muchas perdices, a mi juicio demasiadas, las que comen todos al final y las que quieren que encajen durante el proceso, en una novela que resulta enrevesada y poco equilibrada. Unas partes iniciales que se demoran en el tiempo y en la historia con mucho de emoción y sentimiento de desarraigo, pero también buena empatía humana, hasta que la trama policíaca se despliega y se entrelaza con demasiadas casualidades y situaciones poco fidedignas.
Un niño robado, al que su madre no pudo abrazar, o sí, depende del momento en que se cuente, pero que portaba entre sus ropas una medallita de plata que servirá para su identificación. Medallita que, por supuesto no había aparecido antes, y que yo, lectora, confundí con un camafeo que sí se esconde. Como los diálogos, que no fluyen ni resuelven, cosa que se soluciona con una coletilla final: al final llegaron a un acuerdo, se nos dice. Y así son muchas las situaciones que se resuelven o coinciden. Demasiadas peripecias para convencer.